El éxito de Brasil en esta era de la imagen es el éxito de los tópicos que ha ido acuñando a lo largo de medio siglo. O más. Y que han terminado por identificar a Brasil como el país por excelencia de la modernidad tropical, representada por el contraste entre la Brasilia utópica de Lucio Costa y Oscar Niemeyer y el barroco delirante de las comparsas del Carnaval de Rio, el bosque de rascacielos de Sao Paulo y las playas interminables de Copacabana, la belleza exuberante de las mulatas y la anoréxica de las top model, el Maracaná desaforado y las favelas que también lo son. En síntesis, si es que es posible en este caso una síntesis: el exceso y la racionalidad del exceso. Y es a esta mezcla tumultuosa y explosiva a la que responde una exposición de arte contemporáneo brasileño celebrada en el IVAM de Valencia, España(Mayo-Julio 2011), que en su mismo título invoca otro atributo inseparable de la imagen del ejemplo por excelencia de la modernidad tropical: su tamaño desmesurado. Brasil - afirma contundentemente - es gigante por la propia naturaleza. La exposición no alcanza esas dimensiones ciclópeas pero es sin embargo lo suficientemente heterogénea como para evocar la enorme diversidad de alternativas y propuestas estéticas que hoy conviven en la escena artística de ese país - continente. Por eso está el conceptualismo duro y puro de los videos Barulho de fundo (Pavilhao da Bienal) (2006) de Renata Lucas, A Arte é Futebol sem bola (2004) de Lula Wanderley, Menarca (2007) de Katie van Scherpenberg y Testemunhas oculares X, Y e Z (1997), una instalación temprana de Adriana Varejao que reflexiona sobre el retrato, la pose, los estereotipos y la mirada. Pero también está el conceptualismo más activista que conceptual, representado impecablemente por la instalación Value Impaired (1988) de Cildo Meireles. O por Mapa mudo (1979), esa potente escultura de Ivens Machado en la que el mapa de Brasil fundido en hormigón armado aparece erizado de cristales de botellas rotas. El subyugante paraíso tropical también puede resultar tremendamente hostil. El neo barroco - o simplemente el barroco fantasioso y recurrente de siempre - está representado por Arrumaçao (2009), una escultura- collage de porcelana de Barrào, así como por las coloridas pinturas murales site specific que Pedro Varela ha realizado expresamente para esta muestra a lo largo de corredores, descansos y escaleras que comunican los distintos espacios del museo. A esta veta tan proteica y fecunda de la cultura brasileña pertenecen igualmente I love you (2000), una instalación de Ana Miguel que extrapola y erotiza dulcemente la imagen de la cama con dosel. O Sem Titulo (2010), una escultura de gran formato, biomorfica y serpenteante, hecha de cerámica, paja trenzada, cuerdas y cuentas, tan rara como atractiva. Y Mientras estamos aquí (2008), una gran escultura con forma de habitáculo con cúpula de Ernesto Neto, cuyos muros de malla elástica transparente están tensados por piezas de madera pulida que evocan la osamenta de los dinosaurios. Inclusive podría incluirse en este apartado Self portrait as Drowned Man, after Hyppolyte Bayard 1870(2004) de Vik Muniz, que, aunque comparte con el conceptualismo el énfasis puesto en la idea tiene de barroco el colorido chirriante y la aglomeración formal. La fantasía surrealista o si se quiere victoriana está representada por El pavo misterioso (2009), un cuadro de Os Gêmeos. El ingenuismo, por el políptico Paisagem imaginante (c.a.1954). La reivindicación de los legados ancestral y colonial, por Portais y bandeirinhas (c.a.1960) de Volpi, por los sarcásticos cetros de Bispo do Rosário, Miss Brasil (s.f) y Miss Espanha(s.f), por Aventuras do poeta Edi Simons (2004), telones pintados por Cabelo y por la espléndida instalación Série Linha (2008) de Wanda Pimentel. Mención especial merecen las obras dedicadas al candomblé y al carnaval: la fotografía laôs, Candomblé (1951) de José Medeiros y los montajes fotográficos sin título ...