Un círculo integrado a la composición devenía, muchas veces, en marca de autor. Así, quien veía sus pinturas o dibujos podía identificarlos, casi siempre, como de Antonio Vidal; incluso, sin reparar en la firma. Rara vez faltó a la cita puntual con la mancha o la geometría en el lienzo o el papel. Centrado o no, el redondel fue presencia recurrente en la obra de ese artista habanero que, desde los años 50 del siglo XX, rubricó tácitamente un pacto de fidelidad a la abstracción. Como un Monet abstracto, sobrevivió largamente a la ruptura de Los Once (1953-1955), emblemático grupo que contribuyó a la unión del arte cubano, por primera vez en su historia, con el mainstream internacional.
Maestro de la composición, A. Vidal no tenía miedo ni modo de repetirse. Experimentó con el relieve y la textura a través del collage, la pintura matérica, el empaste. Incursionó en la escultura exenta, metálica. Pintó sobre cajas de fósforos, que le permitieron armar diferentes propuestas espaciales. Sobre papel, dejó también la impronta de su poesía escrita, de su afición literaria. Pero ni siquiera entonces resultó literal su obra.
A más de ilustrar libros, degustó la buena lectura y la conversación inteligente acompañada de café, cigarro, mirada escrutadora (dos puntos negros circundados de azul), pausa intencionada y fina ironía que esperaba (al menos) una sonrisa como señal de entendimiento o complicidad.
Su estilo de vida más bien retirado del bullicio social, no le impedía disfrutar la comunicación con el prójimo. Por ello, A. Vidal fue profesor (durante muchos años) de la Escuela Nacional de Arte; recibió en su humilde hogar, superpoblado de papeles y pinturas, al interesado en sus obras o saberes; exhibió con nuevos exponentes de la abstracción cubana sin la barrera jerárquica que suponía su condición de magíster y Premio Nacional de Artes Plásticas. En los últimos años, acudió a inauguraciones y homenajes en silla de ruedas, manejada por Gladys (su otra esposa, además de la abstracción). Todo aquello lo rejuvenecía, lo revitalizaba.
Le sedujo siempre el contacto con el otro, acaso por su antiguo trato con el diseño publicitario y ambiental. Muchos cubanos han visto su obra en la calle, sin (re)conocer su autoría pues no está firmada ni porta el círculo consabido. Por boca de A. Vidal supe, poco tiempo atrás, que era suyo el logotipo de la tienda Inclán, ubicada en los bajos del edificio donde vivo hace unos treinta años. Desde aquella revelación, miro de otra forma mi entorno habitacional, cualificado estéticamente por una huella de Vidal que percibo (y me lo recuerda) casi todos los días.
