En septiembre pasado falleció en Caracas el artista Alirio Palacios. Se fue un amigo y un maestro. Nos ha dejado el legado de una inmensa trayectoria porque la obra de Alirio, desde sus dibujos y grabados hasta sus pinturas y esculturas, se caracteriza justamente por su inmensidad: todo en él se concebía y se creaba de manera titánica, desafiante, con el firme anhelo de ir más allá de los límites de los medios con los que trabajaba. Tal vez ésta es una de sus enseñanzas. No se conformó con hacer poco ni en términos medios. Ni siquiera en sus años formativos. Justamente, desde muy joven tenía internalizado el arrojo y la fuerza a veces desmesurada de la naturaleza. Nació con ella, llevó a todas partes este recuerdo y actuó creativamente en consecuencia. Por eso, desde sus tempranas mezzotintas, el negro era el más negro porque buscaba lo más hondo, lo más profundo. Como las veces que vivenciaba la oscuridad absoluta del Delta, de donde él era originario. En esas noches oscuras, tratando de dominar el miedo, los sonidos también eran más intensos y acechantes: el del río, el de las lluvias, el de los cantos de animales e insectos y también, hay que recordarlo, el de las voces de sus ancestros. Todo ello quedó grabado. Y es que desde el negro, en medio de claroscuros y difuminados, las figuras van apareciendo al encuentro con la luz. La fortaleza de Alirio ha sido justamente no caer en provocaciones foráneas ni en modas. Su formación fue rigurosa. Lo fue por decisión propia. A tiempo tuvo la visión –y la previsión– de tomar decisiones determinantes que cambiaban el rumbo de sus procesos formativos. Así, cuando vio que las enseñanzas académicas en Caracas y en Roma se limitaban a la reproducción de modelos en yeso, renuncia a la beca y decide estudiar en China para buscar mayor fortaleza espiritual en su trabajo. Allí reside entre 1961 y 1966. En la Universidad de Pekín estudió durante cuatro años dibujo y grabado. Obtuvo la disciplina adecuada que no había conseguido en las academias occidentales: aprendió a dominar las formas de la naturaleza para luego reinterpretarlas a partir de la memoria al llevarlas al papel. Alirio se destacó precisamente por integrar esta enseñanza oriental a su cultura occidental. Al volver a Caracas en 1966 se dedicó a la pintura. Sin embargo, se quedó sólo dos años. El cosmopolitismo caraqueño más el auge del cinetismo fueron para él un fuerte choque cultural. Siendo un artista buscador de mitos, se da cuenta de que el Delta y China tienen espiritualmente más afinidad con él que la dinámica urbana y progresista de esta ciudad. Entre 1965 y 1970 estudia en Varsovia, sintiéndose en ese momento a gusto con lo que esta ciudad culturalmente le aportaba. Descubre aquí el diseño y le interesa aplicar el dibujo en la creación de afiches. Mientras, pintaba su mundo de vigilias, de sueños, obsesiones y fantasmas. En Ginebra y en Cracovia, entre 1972 y 1975, profundiza sus estudios de grabado, culminando así su etapa formativa. Es cuando siente que ha llegado al perfeccionamiento de este medio. Decide regresar a Caracas, donde se le reconocen su experiencia y profesionalismo al formar parte del equipo gráfico del Consejo Nacional de la Cultura y al encargarle la dirección artística de la Revista Nacional de Cultura. Seguía siempre pintando. Luego, en 1985, es nombrado asesor cultural del Consulado de Venezuela en Nueva York. Montó su taller en Soho, y a partir de entonces alternó estadí...