Hace cuarenta años abrió sus puertas el Centro Pompidou, respondiendo al sueño del presidente francés Georges Pompidou, quien antes de morir había dicho: "Quiero erigir un centro cultural que reúna, a la vez, un museo y un lugar de creación, en el que las artes plásticas se mezclen con la música, el cine y los libros". Georges Pompidou no imagino que cuarenta años después, su museo contaría con un espacio de creación, que, además, ha traspasado las fronteras; desde el 2010 cuenta con una sucursal en Metz, permitiendo así que los habitantes que viven lejos de París tengan accesos a las colecciones. Continuando con este interés, uno de los retos de futuro del museo pasa por expandir la marca Pompidou en el mundo. Es así como comenzó con un aprueba piloto en la sede efímera de Málaga, sobre la que Serge Lasvignes, presidente actual del Pompidou, califica como un "experimento exitoso". El Centro Pompidou ultima la apertura de otras sucursales en el extranjero. Aunque no es una decisión definitiva, Lasvignes le dijo al diario El País de España que Latinoamérica "Se encuentra entre nuestra perspectivas de futuro", e informa que el proyecto se encuentra en una fase preliminar, aunque ya tenga a un país concreto: "Me interesa mucho Colombia. Es un país prometedor y con muchos recursos, donde los colectivos de artistas han contribuido a pacificar la vida social". Antes, el Pompidou abrirá una sede en Bruselas en 2018, donde ocupará un antiguo garaje art déco de 35.000 metros cuadrados. Si las negociaciones llegan a buen puerto, también inaugurará una filial en Shanghái, posiblemente en un edificio que se construye actualmente en un antiguo aeropuerto de la ciudad. Asimismo, Lasvignes no descarta renovar el acuerdo con Málaga, que debería concluir en 2020. Precisamente, este aniversario tiene lugar bajo el signo de la descentralización. Por lo que el Centro Pompidou decidió organizar cuarenta muestras distintas en todo el territorio francés, de Marsella a Lille y de Burdeos a Estrasburgo, prestando temporalmente sus obras a los museos regionales. "Democratizar el arte es una utopía movilizadora: nunca se termina y exige una voluntad constante", afirmó Lasvignes al diario español.