En colaboración con el Centre Pompidou de París y el Munch Museum de Oslo, la Tate Modern de Londres presenta una exposición retrospectiva que devela una faceta desconocida del pintor noruego, Edvard Munch: su amor por el cine y la fotografía como expresiones claves de las nuevas tecnologías.
La exposición, El ojo moderno, inaugurada en junio pasado y que estará abierta hasta el 14 de octubre de 2012, habla del propósito de sus organizadores de sustraer a Munch, como imagen y fiel exponente del siglo XIX, para entronizarlo como artista del XX y su anunciada modernidad.
La muestra incluye 140 obras -60 pinturas y 50 fotografías-, así como varias filmaciones y esculturas apenas conocidas del escandinavo, nacido en Loten, Noruega en 1863 y fallecido en 1944. Cada obra refleja su periodo de experimentación en la búsqueda de nuevos medios de captación de imágenes. El cine y la fotografía se manifiestan en algunos de los cuadros a través de diagonales y figuras en movimiento que escapan del plano, como se aprecia en Trabajadores regresando a casa.
No está presente en la exposición su icónica obra El grito, una de cuyas cuatro versiones realizadas entre 1893 y 1910 acaba de ser subastada en mayo por 120 millones de dólares, la suma más alta pagada por una obra de arte, si se aprecian otras como Niña enferma y Las chicas del puente, obras que datan de principios del siglo XX, en las que se puede palpar la profunda tristeza, ansiedad y agitación espiritual que marcaron su vida y obra. Además de su interés y fascinación por plasmar el paso del tiempo y el deterioro humano.

