Al mirar su obra aparecen dos puntos que deben ser discutidos. Ambos se miden, no tanto contra la producción en sí misma, ni respondiendo a un análisis que se desprende de la observación y contabilización detallada de su morfología, sino, pensando en las posibilidades que la obra sugiere tener. El primer punto se refiere al paisajismo, y alude a la transparencia implícita en las formas manejadas por el arquitecto. Esa transparecnia da por sentado que la aparición de la arquitectura no altera consideradamente la consistencia del paisaje, aunque califica profundamente su significado. La arquitectura aparece en el paisaje y es visible dentro del mismo, pero su transparencia la hace discreta y menos impositiva que tantos otros objetos edilicios recientes. La transparencia se logra por medio de los elementos lineales y del sentido gráfico que así adquiere: aparenta estar dibujada con líneas que permiten ver a través de ellas; que dejan pasar la luz y la visión. Así mismo está casi siempre levantada sobre pilotes que la aíslan del terreno y la hacen ver como si estuvieras flotando. Pertenece esta arquitectura a la genealogía extensa de los edificios porticados en una multitud de experiencias históricas. De inmediato vienen a la mente los templos griegos y la presencia clara e inteligente de sus volúmenes en el medio abrupto del paisaje, volúmenes que muestran una gran capacidad para prismatizarse y así mimetizarse. Por razones similares vienen a la mente las fachadas porticadas que forraron los foros romanos, las claustros abaciales del medioevo , nuestros patios coloniales religiosos y civiles, los exteriores de la construcción colonial de la climatología caliente (que incluye las iglesias paraguayas), y las viviendas de tantos grupos elementales, no por ello menos elegantes, de los trópicos, tanto de nuestro continente como de otros. En una época como la actual, cuando la tecnología constructiva irrumpe en el medio culto e histórico de la ciudad para cambiarlo sustancialmente y casi destruir su escala y significados, la disponibilidad de arquitectura que cuente con discreción y presencia discursiva, ofrece solución a múltiples necesidades de tipo figurativo. Es indudable que nuestras ciudades han quedado prácticamente desprovistas de edificios que realicen con efectividad la función representativa. Esta última consiste en ilustrar a los ciudadanos al respecto de las tradiciones de su pasado vivo, y de las posibilidades de actuación en términos de esos antecedentes y de las actuales coyunturas. Y también en este sentido la arquitectura de Simón Vélez es paisajista, pues consigo misma porta todo un bagaje de imagen de tierra. Es aparente que, asi sea parcialmente, se deriva de ciertas formas edilicias locales a zonas rurales muy características del país; sus orígenes se encuentran en la arquitectura que en la mayoría de los casos acompaña a la principal y más tradicional ocupación agrícola colombiana: el cultivo del café. La aparición de esa arquitectura paisajista rural en el medio urbano, podría aportar parte de la imagen que hoy está ausente de la ciudad. Aquí se establece un traslapo de significados, similar a lo que ocurre cuando Simón Vélez señala que su intención es hacer arquitectura rural para gente urbana ; arquitectura que aparece en el campo, que tiene en cuenta las determinantes del paisaje natura, pero que está dirigida al habitante de la ciudad, quien, harto de tantas contingencias, va al campo a buscar emoción y reconstitución anímica. Y es que la imagen de la obra de Vélez está siempre hecha de uan forma en el sentido físico, estructural y material de la palabra, pero también incluye una posibilidad de proyección de acuerdo con la cual trasciende y plantea una interpretación que no está necesariamente evidenciada en su forma. Es preciso dejar bien claro que no intento interpretar los propósitos conscientes del arquitecto. Por el contrario pretendo leer las posibilidades que en su obra están implícitas....