Exposición Individual29 de diciembre de 2003· Por Issa Maria Benítez Dueñas

Francis Alÿs

Atendiendo al extraño y disparejo programa que ha venido presentando el Reina Sofía en los últimos tiempos, difícil era imaginar que tendría cabida para una exposición como ésta, cuya importancia es evidente tanto por el lugar que Alÿs ocupa actualmente dentro del arte contemporáneo, como por sus propias reservas frente a los peligros de la sobreexposición.

Ya el subtítulo de la muestra Obra pictórica 1992-2003 es un llamado de atención y un primer acertijo para el espectador que se encuentra frente a la obra de un artista cuyos planteamientos no han podido estar más alejados de cualquier concepción tradicional del arte. Este pequeño desfase, algo que parece un casi imperceptible error de imprenta, es razón suficiente para acercarse a ver qué es lo que Alÿs nos plantea hoy como “pintura”.

Exposición Individual: Francis Alÿs — imagen 1
Francis Alÿs. De El profeta y la mosca, 1992-2003. Técnica mixta sobre lienzo. 100 x 120 cm (39 ¼ x 47 ¼ pulgadas).

Toda la exposición está concebida alrededor del libro-catálogo que la acompaña —¿o que la origina?— y que se titula también El profeta y la mosca. La publicación parece marcar un punto de quiebre importante en su trayectoria. El libro, tanto en su estructura como en su contenido, es tan evanescente como los últimos trabajos de Alÿs. Texto e imágenes se entrelazan generando discursos paralelos que en ocasiones se refuerzan y en otras se contradicen entre sí, alimentando así esos espacios de indeterminación tan caros al artista. El texto central, firmado por Catherine Lampert, es constantemente interrumpido sin mayores indicaciones por fragmentos de otros textos de autores que van desde Platón a D. H. Lawrence, Walter Benjamin, Samuel Beckett o el Antiguo Testamento. Las conexiones entre todos estos elementos —texto original, citas, reproducciones de la obra de Alÿs y una variedad de imágenes y fotografías elegidas por el artista— son sutiles y deliberadas y pueden leerse en múltiples direcciones.

Todos estos elementos se encuentran a su vez desplegados por las salas de exposición en dos estructuras básicas: por un lado, larguísimas mesas de madera con una cubierta de metacrilato bajo la cual se ordenan todas esas fuentes visuales reproducidas en el libro junto con los apuntes y dibujos del propio Alÿs. Se trata claramente de una invitación a leer más que a contemplar en el sentido tradicional. Por otra parte, Alÿs ha pintado las salas de exposición en dos tonos haciendo una especie de zoclo de color por todo lo largo de los muros, una práctica común en las casas antiguas. Sobre la parte superior de las paredes que han sido pintadas de gris, Alÿs ha distribuido un amplio conjunto de minúsculas pinturas, cada una con su propia fuente de iluminación imitando los gabinetes de pintura de las residencias privadas. Las lámparas doradas y alargadas sobre cada cuadrito dotan al espacio de una sorprendente sensación de intimidad. No obstante la colocación de las pinturas, está lejos de ser la de una museografía tradicional: encontramos algunos cuadros colgados justo en la unión entre dos muros, piezas que parecen pares han sido separadas y puestas en salas distintas, jugando así con la sensación de déjà vu del espectador, el paseo por la exposición, el tiempo que les dedicamos a los delicadísimos dibujos en papel vegetal que hay en las mesas, a las estampas y cromos, recortes e imágenes varias que los acompañan, se convierten en una experiencia sumamente personal e íntima, similar a la que vivimos cuando leemos. En este punto, y deliberadamente, me parece, no hay mucha distancia entre la muestra tal y como se presenta en el museo y el libro, de ahí que parezca indispensable detenerse en este último como parte constitutiva de la exposición.

La publicación-catálogo, que tradicionalmente serviría como “guía” para la interpretación de la obra, es convertida en una fábula que nos aleja de cualquier explicación definitiva o cerrada del trabajo en cuestión, algo recurrente en toda la trayectoria de Alÿs. Así, y en contra del espíritu del catálogo al uso, El profeta y la mosca conserva el misterio en torno a cuántas y cuáles son exactamente las obras o versiones de sus obras. Su propia biografía artística, un elemento indispensable en cualquier monografía, aquí está representada por un dibujo a tinta, en un extremo se lee la palabra CURRICULUM y en el otro VITAE. Ambas están unidas por una línea sobre la que se balancea un equilibrista. Estamos frente a la poética de Alÿs en estado puro.

Aun así, es posible detectar las líneas generales a las que Alÿs ha querido apuntar tanto con la exposición como con este libro-obra: las caminatas como tema tienen aquí un aspecto meramente anecdótico, en esta ocasión el énfasis está centrado en Alÿs en tanto fabricador de imágenes, dejando entrever ciertos lineamientos teóricos —los soportes, la reproducibilidad, el concepto de obra abierta— que, en lo que parece más un giro estratégico que un fallo, Lampert se cuidará de no desarrollar del todo en el texto. El acuerdo entre artista y crítica está claro, e incluso el tipo de escritura en el límite de la ficción a la que recurre Lampert se corresponde perfectamente con el espíritu del trabajo de Alÿs. Se trata de una exposición de la que salimos con más preguntas que respuestas.

El énfasis en las imágenes de Alÿs por encima de su persona o personaje no está representado solamente en el texto. Dentro del libro encontramos un extraño marcapáginas: la silueta gris de uno de los “hombres del traje” típicamente representados por Alÿs, que con un dedo parece indicar o señalar algo. Una sombra ambigua y omnipresente que nos guía a través de los recorridos físicos e imaginarios que el artista nos propone.

ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS