Poco conocida fuera de México, el país que la reclama, Joy Laville, artista británica de nacimiento (Isla de Wight, 1923), está ahora en sus noventa y todavía sigue pintando. Cabe esperar que ella no sea otra mujer artista relegada a las últimas páginas, u omitida del todo, sólo para ser “descubierta” muy tarde en la vida como muchos otros. Esta exposición en Dallas contribuyó al reconocimiento de su obra más allá de las fronteras mexicanas y la ubicó dentro de la corriente dominante. Es significativo observar que Laville ha tenido una carrera estelar e internacional, ha sido incluida en importantes subastas y exposiciones de arte latinoamericano, y museos y galerías la han solicitado durante años. Ha vivido y trabajado en muchos lugares del mundo, los últimos cuarenta años en México, donde tuvo su primera exposición en 1964, y ha recibido todos los premios que el país pueda conferir, incluidos algunos de los máximos honores de la nación para un artista. Nunca se involucró en política (difícil en México) ni fue miembro de ningún grupo ni tuvo interés en ingresar. No encaja fácilmente en categorías estilísticas reconocidas, aunque su obra es tan surrealista, misteriosa y elusiva por su aproximación a la abstracción como la de muchos de sus contemporáneos.

La exposición estuvo acompañada de un excelente catálogo, elaborado por el Dr. Salomon Grimberg, curador y experto en arte mexicano, y otros, que contribuyó a revelar la historia de la vida de la artista y ayudó a los espectadores a entender las experiencias de vida que inspiraron obras llenas de recuerdos y de un sentimiento de nostalgia que cumple papeles claves en su creación. Los colores suaves y discretos podrían ser las primeras impresiones que definen y describen sus pinturas, haciéndolas diferentes y reconocibles con el tiempo, pero no se aplican sólo por el color en sí, ni siquiera por sus asociaciones simbólicas. El color es un objeto tan abstracto como las personalidades y los escenarios singulares que describe. Cada lienzo está elaborado por tonalidades que les conceden a sus matices el privilegio del momento. El color introduce una grata sensación de figuración abstracta y paisajes simplificados, y les da a sus temas un sublime sentido de presencia.
Las figuras, como la del catálogo de la portada, Girl Standing Wearing a Green Dress (Niña de pie, con un vestido verde), de 2008, y Woman and Paintings on a Wall (Mujer y pinturas en una pared), de 2010, eran tan poco densas como sus fondos, apenas revelados, y tan ausentes como presentes. Lo mismo podía decirse de los paisajes, basados en toda una vida de viajes y tan variados como la naturaleza de las diferentes partes de México, Grecia, París, Londres, Canadá y España, países y ciudades en los que la artista ha vivido a lo largo de su vida. Bahía, de 1991, era apenas un paisaje y más un color field de azules y grises reducidos drásticamente a poco más de cinco figuras y sombras. Laville presenta sus temas como si por arte de ilusionismo estuvieran dentro de sutiles tonos de un recipiente casi transparente, distorsionado con hermosa sensibilidad y refinamiento y casi cristalizado entre sueño y realidad. Las formas mismas sugerían el tema, no éste las formas; un enfoque formal a la pintura con franjas de pigmento puro que demarcaban efectos compositivos y emocionales. Estas imágenes vagas e intangibles parecían estar suspendidas en el tiempo y en un ambiente de quietud. Había una moderna susceptibilidad al estilo del romanticismo de enfocar el paisaje e integrar su luz, su atmósfera, sus formas y espacios a una nueva realidad que se refiere a la eterna presencia de la naturaleza y al lugar del hombre en el universo, metamorfoseados en pintura pura. En Toward the Unknown (Hacia lo desconocido), de 2007, una mujer desnuda flotaba en un mar infinito con matices de azul interrumpidos sólo por unas cuantas hierbas marinas en la playa y el distante contorno de una isla. Ella estaba tranquila y solitaria, apenas definida, aunque, de algún modo, segura en su desnudez y en lo que demostraba. Chloe Eating Grapes (Chloe comiendo uvas), de 2004, estaba flotando en el espacio y el tiempo sobre un bodegón con un florero y flores abajo. Toda la obra se limitaba de nuevo a campos de color: azules, grises, morados, y sus suaves tonalidades, que dejaban al descubierto poco acerca del tema y más sobre una aproximación estética a la interacción de matices delicadamente sensibles. Cada pintura era una declaración abstracta, quizás sobre lo que la artista describe como su “deseo vehemente de espacios abiertos” y visiones provenientes de sueños privados y preciados viajes de la mente.
Esta retrospectiva de las obras de Joy Laville presentó más de cincuenta años de sus pinturas suavemente matizadas; el catálogo acompañante les dio a las obras un nuevo significado a través de la historia de su vida contada por familiares y amigos. La selección reveló un limitado repertorio de temas ofrecido mediante una aproximación simple y directa a la pintura, que es, como lo expresó el título del ensayo de Salomon Grimberg, “Su calmada inquietud”.
CARLO DAMIAN
