El sentido de la vanguardia, aventuras de la vanguardia, vanguardia…, tres maneras de referirse a Jaime Davidovich y al título de su exposición en el Museo del Bronx. El título completo, expletivo y concentrado como corresponde cuando se trata de este artista conceptual, pintor, instalacionista, preminimalista, precursor del site-specific, videoartista y creador de un intelectual entretenimiento televisivo. Sin ser prejuicioso, todo aquel que llega a una exposición donde sabe que habrá algo de video, o sólo video, está preparado para “ser detenido”, para estar en una o más salas a oscuras, para pelear consigo mismo en cuanto al tiempo por dedicarles a los videos y el tiempo para recorrer la exposición. Con la curaduría de Julieta González, en la expo de Jaime Davidovich se ha resuelto esto de manera coherente y diferente. El video existe en esta expo, es abundante y significativo pero no encierra al espectador. Al respecto, Jaime Davidovich dice feliz: “¡Claro! Para mí el video salió de la pintura. Porque el video es la prolongación de la pintura en movimiento”.

Jaime Davidovich, nacido en Argentina en 1936, enseñaba arte en Bahía Blanca. Cada fin de semana, las horas del tren de regreso a la ciudad capital le mostraban el paisaje monocromático de la inmensa llanura. Eso que él pintaba por entonces en grandes dimensiones, 2 x 2,5 metros, en amarillo y blanco, si era el paisaje diurno, en azul oscuro y negro, si era horizontalidad nocturna. “Yo no tenía espacio en el Buenos Aires decorativo y tradicional de entonces”. Aun en los años cincuenta, la gran mayoría de los artistas que iban a estudiar a Europa desde Argentina asistían a academias anquilosadas como la de André Lhote. Lo que se veía en las galerías era un predominio de dibujo académico y un colorismo agradable. Aun no llegaba allí vanguardia alguna de Europa o de Estados Unidos. Davidovich hace un viaje a Brasil, donde descubre y respira otras realidades. En el museo, en Río de Janeiro, disfruta de originales de Riopelle y de Jackson Pollock, entre otros. Davidovich, entusiasmado, entiende que hay que buscar aperturas.
Llega a Nueva York en 1963, donde se instalará permanentemente. Era la ciudad de los locales, no la de los latinoamericanos. El artista entiende cuán difícil es y decide que no puede pretender ocupar el más mínimo lugar que compitiera con los artistas estadounidenses. Era muy difícil entrar al medio y tenía que abrirse espacios de alguna manera. Las pocas ocasiones en que pudo participar era insistiendo –con consciencia y con viveza criolla– que quería mostrar su obra usando espacios que nadie usaba: escaleras, aceras, partes de ventanas clausuradas. “Era como comer de las sobras. Era imposible competir. Lo mismo les sucedía a los artistas afroamericanos. Yo venía de pintar mis monocromáticos, líneas y líneas de aquellos paisajes de extendidos y planos”.
En mi casa, media hora antes de que comenzara la transmisión de la televisión, yo ya estaba sentado observando esas rayas –las barras de conexión–, que a mí me maravillaban. El televisor estaba ubicado en un lugar alto, arriba de un mueble, como un altar. Yo estaba mesmerized, ¡para mí era algo mágico! Línea/s del paisaje extendido y plano, barras de la televisión, pegar las cintas demarcando espacios no usados por los artistas, ubicar su obra en las zonas donde no se exhiben obras de arte, generar y trazar caminos no existentes, hacer obra efímera y trabajar con materiales extra pictóricos son todas consecuencias conceptuales de Jaime Davidovich, un artista con un agudo sentido del humor, un humor crítico, alejado de la actividad estética hipermercantilizada. Dos exposiciones simultáneas con contenidos diferentes, en el Museo del Bronx y en la Galería Henrique Faria. ¿Del museo a la galería comercial, cómo ubicamos al artista? Los notables obturados en papel, paredes, televisores, en técnicas mixtas, las fotografías intervenidas, algunas obras tratadas con óleo o con grafito, son reflexiones que al público de la segunda mitad del siglo XX, y a nosotros hoy, nos continúan aportando ideas.
La cinta que señala se convierte en la cinta que enmudece, que tapa, que tortura. La otra cara del tape. Ésa es otra de las facetas de un artista que se sigue sintiendo argentino, aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Nueva York. La honestidad de Jaime Davidovich linda con la ingenuidad. Sabemos que hay muchos artistas que hacen un mito de la presencia internacional. No es su caso. Él sabe que nació en aquel país del sur, reconoce que ahí se crió y se formó, no lo niega y sabe lo que fue desarrollando y agregando sin eliminar sus orígenes. La trascendente situación estética, social y política creada por Davidovich expande la ribera conceptual.
GRACIELA KARTOFEL
