En Beatriz Gil Galería, de Caracas, se presentó entre mayo y junio una interesante exposición de piezas escultóricas agrupadas bajo el título Espacios y círculos, conformada por un conjunto de dieciséis obras del escultor venezolano José Jesús Moros (más conocido como J. J. Moros), artista de importante trayectoria y reconocida sensibilidad plástica.
El conjunto, en su amplia mayoría, estuvo configurado por piezas cuya formalidad se define a partir del círculo, uno de los componentes esenciales del lenguaje geométrico universal, y de manera particular, del artístico. Esta figura milenaria, novedosa, por lo demás, en el lenguaje de Moros, adquiere con el hacer continuado y sistemático del artista nuevas “formalidades”, al tiempo que propone renovadas percepciones. Es así como el círculo cambia, se modifica, se transforma, adquiere inéditas, o tal vez desconocidas, presencias que lo hacen distinto, sin perder por ello su condición de origen.

La capacidad de modificar una forma habitual en una renovada imagen y, en consecuencia, convertirla en un hacer preciso, estudiado, consecuente y sereno ha sido un valor cercano en el proceso creativo de Moros. El trabajo creador de J. J. Moros, en el ámbito de la tridimensionalidad, se inicia en los años ochenta, y a lo largo de todo ese tiempo, y hasta el presente, el artista se ha mantenido dentro del lenguaje constructivista. Al comienzo fue el tallado de la madera, noble material de fidelidad incondicional, recurso ancestral dentro del mundo escultórico; de ese tiempo queda como resultado un valioso conjunto de obras, un significativo componente que le otorga presencia en el ámbito de la creación plástica del país, con referencia internacional de importancia. En ese proceso de consolidación del discurso y de innovación de la visión en el hacer de sus obras tridimensionales de voluntad racionalista y estructurada aparecerán los metales, y de manera particular, el acero. Recurso que le permitirá valorar la pertinencia de la factura, de una ejecutoria impecable con voluntad esteticista. Surgen así los volúmenes de rigurosa ortogonalidad, en la cual tienen una particular presencia, como señales inconfundibles de su hacer creativo, los cortes, las hendiduras, la alteración de una geometría rigurosa en favor de potenciar el valor de lo “afectivo”. Es así como se llega a un favorable equilibrio entre la estructuralidad, el valor formal de lo constructivo y la forma sensible.
En la exposición en Beatriz Gil Galería se exhibió un total de dieciséis piezas, realizadas la mayoría de ellas en acero. En este pequeño pero significativo conjunto destaca el tratamiento especial que le da a la obra cromada; sin embargo, el círculo como forma domina el perfil de la muestra, es el eje central de la presentación. J. J. Moros le otorga al círculo el carácter de figura protagónica; si bien presenta algunas piezas de su obra anterior, centra su mayor atención en la regularidad emotiva de lo circular, en los aspectos simbólicos asociados a esa forma ancestral. No deja de ser elocuente, en consecuencia, el contraste entre la ortogonalidad y la intención de amplitud ilimitada que sugiere la continuidad de la forma circular. Adicionalmente, apunta a la noción de totalidad, incluso de infinitud; en ese sentido, se contrapone a lo ordenado, sistematizado y limitado de lo ortogonal, contrastes que permiten, de algún modo, valorar la obra de Moros desde una dimensión más amplia.
El conjunto de obras presentadas en la muestra sugiere, a la distancia, una unidad formal; sin embargo, en el encuentro cercano, en el mirar consecuente, destacan muchos aspectos de interés, componentes formales que enriquecen su significación. En Círculo beta, una pieza en negro, intervenida por formas asociadas a la obra misma, pequeños círculos o componentes de lo circular crean bajorrelieves, variaciones, antagonismos organizados dentro de la pieza, con la intención de estimular la percepción del objeto, que contrastan y equilibran la fuerza de la obra como totalidad. Siguiendo esta idea se halla Dúo-sustracción, una pieza escultórica que resulta, de nuevo, en forma simbólica, de la intersección de dos círculos blancos en la que las partes que se superponen en ese encuentro dejan sólo el vacío. Este resultado tiene consecuencias visuales, signadas de inmediato por el contraste, mientras que la evidencia de sus coincidencias se transforma en una experiencia reflexiva.
Por su parte, la obra Caligrafía V, cuatro círculos negros, propone elementos semejantes al Círculo beta; sin embargo, el conjunto deja ver relaciones más complejas, como las variaciones dimensionales, compositivas, y, fundamentalmente, las de carácter simbólico, que se dan entre sus componentes. Por último, se hará referencia a la obra que se señala como protagonista de la exposición; en ella coinciden elementos emotivos y simbólicos; la obra Rueda rueda, formalmente no presenta mayores variaciones compositivas en relación con las otras piezas del conjunto, siendo más bien muy cercana al círculo beta; la variación se da en el color, el rojo de la rueda. Sin embargo, en estos tiempos de gran emocionalidad, todo cuenta.
FREDDY CARREÑO
