Es extraña la sensación que se tiene al entrar a las salas del Lowe Art Museum y, a primera vista, percibir que están vacías. Nada en el suelo, y nada tampoco en las paredes, a no ser unas líneas con pequeñas protuberancias que, en una atenta mirada, descubrimos que son dibujos.
La exposición Emptiness de Glexis Novoa (Holguín, 1964,) contempla más de diez trabajos site-specif elaborados con motivo de la muestra. Son dibujos en clave poética neofigurativa realizados sobre las paredes del Lowe Art Museum. Dibujos todos articulados a partir de una línea horizontal que incorpora las paredes desde una curiosa perspectiva mitad pictórica, mitad fotográfica. Una perspectiva que produce un efecto de sentido dicotómico, por una parte, entre la idea, el efecto narrativo de que estamos frente a edificaciones y construcciones monumentales. Y por la otra, la concentración, el efecto implosivo que se ha empleado para representar estas imágenes en formas diminutas dentro de vastos planos blancos. Por tanto, aunque en primera instancia, el espectador se enfrenta a obras de campo visual expandido, luego tendrá que fijar la vista para obtener información de la imagen y, así, completar una lectura de las obras. De modo que la relación fondo-figura, su percepción, debe ejecutarse en dos tiempos y con dos perspectivas distintas. El resultado es una singular perspectiva paisajística, construida a partir de planos panorámicos, formas y objetos donde la presencia humana, aunque se atisba, nunca es explícita.

Emptiness nos sumerge en un mudo de construcciones y ciudades de apariencias utópicas. Ciudades mitad parque de atracciones, mitad Torre de Babel, aeropuertos y puertos, o biblioteca de Alejandría. Ciudades donde abunda la iconografía de las torres. Unas recuerdan la estela constructivista de la torre de Tatlin (Monumento a la Tercera Internacional Comunista), mientras que otras, en cambio, tienen arranques similares a la de Eiffel o a las plataformas petrolíferas. Pero también pueden apreciarse estatuas, vallas con frases que invitan a la reflexión sobre el contexto que las contiene, puentes, muelles o dirigibles.
Es un extraño paisaje citadino, a medio camino entre la realidad y lo ficticio, “habitado” y a la vez desolado, lleno y también vacío, concentrado y a la vez expandido. Paisajes cuya fisionomía remite a un umbral con referencias metafóricas, tanto a los imaginarios de las ciudades premodernas, con halo fantástico y heroico, como también a las megalópolis postmodernas marcadas por lo ocioso, el consumo adictivo y los infinitos entretenimientos.
Novoa ha experimentado siempre una vocación por reflexionar en torno a las ideologías y su concreción en formas históricas de comunicación. Por desmitificar el aura de las ideas, devenidas en objetos de consumo y orientadas hacia el adoctrinamiento masivo de la sociedad. Pensemos en los trabajos de su conocida Etapa Práctica de finales de la década de los años ochenta. Son obras, fundamentalmente, instalativas y de gran formato, donde las frases adquieren una visualidad de carácter pictórico, haciendo un guiño a las experimentaciones gráficas tanto del constructivismo ruso como del arte pop. En ellas, además, se incorpora, en clave paródica, un amplio repertorio de la heráldica sobre héroes y hechos que han enaltecido la historia revolucionaria. Heráldicas empleadas para educar y rendir culto a los valores morales e ideológicos, bajo los cuales debía construirse la utopía del proyecto social comunista iniciado por la Revolución Cubana. La parodia se practica en la teatralización, un poco a la manera del realismo socialista, en el atrezo que hace rimbombante y hasta kitsch el intento de transmitir a los estratos de la cultura popular ideas y convicciones de gran espesor intelectual provenientes de la alta cultura. Y en realidad éste fue uno de los activos estéticos más importantes del realismo socialista porque, como reconoce Boris Groys en Obra de arte total Stalin, “[…] superó la brecha entre lo elitario y el kitsch al hacer del kitsch visual un transmisor de ideas elitarias […]”.
Emptiness revela, en cambio, a un autor dedicado a representar e imaginar ciudades posibles. Ciudades que no son arquetípicas de las proyectadas por los diferentes estilos que jalonaron el pensamiento arquitectónico de la modernidad. En estas “ciudades” miniaturizadas de Glexis Novoa no prima, por ejemplo, la arquitectura racionalista a la manera de Villa Savoye de un Le Corbusier, impecablemente delineada. Tampoco se impone el constructivismo utilitarista del Club obrero Ruzakov de Konstantín Mélnikov combinando planos y volúmenes, ni siquiera elementos de una arquitectura aplicada al estilo de la Bauhaus, donde, de acuerdo con la idea de Walter Gropius, “La forma sigue a la función”. Más bien, en Emptiness se convocan interpretaciones cruzadas sobre todas ellas. De ahí estas extrañas caligrafías urbanas donde las formas, despojadas de su uso común, recuperan una especie de espíritu primario de significación para hablarnos de su memoria en el inconsciente de la cultura moderna.
DENNYS MATOS
