Exposición Individualsept 2015 - nov 2015· Por Hélcio Magalhães

Felipe Morozini

Zipper Galeria

La Zipper Galería, en São Paulo, presentó en junio y julio una retrospectiva de las obras de Felipe Morozini editada en una exposición titulada Dois, que exhibió el universo del artista, con la curaduría de Nazareno Rodrigues y Thais Gouveia.

La muestra revela el proceso del artista, que utiliza principalmente la fotografía y audiovisuales en un diálogo constante que se hace desde las ventanas de su apartamento; éste ocupa un punto privilegiado de observación del caos urbano de la metrópolis paulistana: el Minhocão.

Los curadores seleccionaron dos videoinstalaciones, siete fotografías montadas en cajas de luz y doce fotografías en metacrilato, obras producidas a lo largo de diez años de investigación y producción del artista, en la busca incansable de sentidos por medio de imágenes y escenas que insisten en acontecer frente a sus ojos. Felipe Morozini no es solamente un observador, sino un poeta de la imagen, que parte de los acontecimientos que se le ofrecen. Teje una poética propia, reinterpreta las situaciones exhibidas en sus ventanas, dialoga con ellas y se mete en el ojo del huracán, haciendo parte de la problemática que se ofrece a sus sentidos. La exposición refleja la naturaleza humana en contraste con la ciudad.

Exposición Individual: Felipe Morozini  — imagen 1
Felipe Morozini. Video instalación Sin título, 2014. 2 minutos.

El contexto de la obra de Morozini es el entorno del Minhocão, una vía elevada construida en 1970, parte de la vía este-oeste de São Paulo, que comienza en el barrio de Perdizes, en la zona este de la ciudad, y llega a la Plaza Roosvelt, en el centro, pasando sobre la calle Amaral Gurgel y la Avenida São João. Provocó una acelerada degradación de toda aquella región; el ambiente hostil formado por el contexto urbano degradado se transforma en manos del artista en un espacio fantástico, que convierte en poesía pura la incomodidad, el estruendoso ruido, la enorme contaminación sonora y visual, las señas degeneradas de la urbe. Para eso el artista se deja tocar por los acontecimientos de su alrededor. A través de las ventanas de su apartamento, localizado en la Avenida São João, frente al elevado –inmueble heredado de su bisabuela–, Morozini encuentra generosidad en los múltiples diálogos que le son expuestos, como una pareja que realiza un gran ritual cotidianamente al nacer el sol, en una especie de danza/yoga; despojados de cualquier vestimenta, en lo alto de un edificio, muestran sus cuerpos desnudos en reverencia a la naturaleza. Esos dos cuerpos delicados, embebidos de gran nobleza y sencillez, saltan a los ojos en medio de un escenario gris, de masa de concreto, cubierta de grafitis y perturbaciones de todo orden. Hay una especie de suspensión del tiempo que da lugar a la ceremonia.

Morozini atestigua, desde su ventana, la vida, el amor, la colaboración, las relaciones que se establecen entre él y la dupla, sin que los protagonistas sepan de ese encuentro, ni de la cámara, instrumento con el cual cuenta sus historias. El ejercicio diario de mirar, rebuscando imágenes, posibilita la construcción de múltiples narrativas en las que el artista y los personajes de su entorno se tornan íntimos, intimidad suya que sólo es compartida en el resultado de su labor, pues los fotografiados no saben que participan de la experiencia creativa.

La escala entre personas y edificaciones es importante y potente en la obra de Felipe Morozini, mientras que toda dureza existente en el medio de ese caos es ordenada por el artista, que destaca la liviandad, la humanidad de las personas, e incluso la de los edificios, que también adquieren sentidos como personajes. El artista instaló un farol en la saliente de su apartamento, en el último piso de un edificio que conserva las señas de haber sido elegante, antes del Minhocão. La luz en movimiento escanea la ciudad, las edificaciones, hasta le confiere cierta humanidad al constructo urbano, destaca el refugio de las personas, el lugar de cada uno, pero también la referencia entre lo moderno y lo antiguo, la ciudad que se impone, y no para de crecer; el movimiento intenso de los automóviles que cruzan la ciudad sobre el Minhocão, a pocos metros de distancia de los apartamentos.

El farol que ilumina una de las regiones más perturbadas y contaminadas de la ciudad es un signo de relación, de abrazo a la ciudad, una caricia, un cariño, al tiempo que revela detalles a la observación del artista que roba imágenes e historias vividas en ese mismo caos.

Las videoinstalaciones presentadas en la muestra Zipper Galería muestran al Minhocão nocturno, ocupado por muebles antiguos del artista que son incendiados. Otra ceremonia, promovida por el propio artista, que intenta a cualquier costo rehacer los sentidos de aquel paisaje, del propio Minhocão. Al quemar objetos antiguos Morozini abre espacio para que se establezcan nuevas relaciones, nuevos sentidos, y mira al futuro quemando el caos para abrir camino poético a sus narrativas.

HÉLCIO MAGALHÃES

Felipe Morozini, por Hélcio Magalhães | artnexus