Los diamantes ocupan un lugar privilegiado en la cultura moderna y contemporánea de todo el mundo. Proyectados al estatuto de mito a través de voces como la de Marilyn Monroe en Diamonds Are a Girl´s Best Friend, capaces de llevar generaciones a creer que sí, que “los hombres las prefieren rubias”, recientemente se vieron con perspectiva más crítica, pero no menos ostentosa, en Diamonds from Sierra Leone de Kanye West. De cualquier modo, esas piedras preciosas continúan en su sólida trayectoria de capitales siempre rodeados de guardaespaldas y sus vestidos a prueba de balas.

Cuando el artista Benvenuto Chavajay tituló su primera exposición individual –en la Galería Pilar, en São Paulo– Diamante típico, traía a nuestra memoria toda esa carga de significados que la piedra preciosa evoca. Al circular en el espacio expositivo y contemplar las imágenes allí compartidas con el público, quedaba claro que se trataba de un uso más sarcástico de las palabras, y en lugar de la ostentación, nos veíamos confrontados con lo precario de los materiales utilizados en la factura de las obras.
Ejemplo de esa articulación de significados en el trabajo de Chavajay era una obra que se encontraba al inicio de la galería, titulada 4´33” versión 2 (John Cage). Un grupo de más de una decena de trípodes para micrófonos están concentrados y muy próximos entre sí frente a una pared vacía. En el lugar de los aparatos electrónicos, en la parte superior de esos objetos, la mirada del espectador percibía la presencia de pequeñas esculturas que copiaban micrófonos, pero cuyo color terroso no dejaba dudas en cuanto a su factura en barro. Ese material y su fundamento artesanal establecen una relación de contraste con el carácter industrial de los trípodes y con las diversas posibilidades que la tecnología digital puede conferir a la música en la cultura contemporánea. En ausencia de mecanismos electrónicos, sólo nos queda un silencio dialógico, aquel propuesto en 1952 por John Cage.
Sin embargo, como el propio músico estadounidense nos dejó como legado, el silencio per se es una ficción, o sea, aun cuando sus cuatro minutos y treinta y tres segundos de ausencia de sonido en un piano fueran presentados por primera vez, el espacio del concierto se llenó de sonidos de un escuchar atento, serio y sensible. En la misma medida, si los micrófonos de tierra de Chavajay no son capaces de ampliar la voz humana o crear una microfonía, el contraste sugerido por los materiales proporciona una especie de alegoría del tiempo y de las transformaciones tecnológicas que permean la experiencia humana. Se podría, rápidamente, relacionar esa vinculación entre lo artesanal y lo industrial con las diversas transformaciones históricas y económicas sufridas en las últimas décadas en Guatemala, país de origen del artista. Sin embargo, la fuerza de las imágenes presentadas en la exposición nos convida a un disfrute que, aunque consciente del diálogo directo entre el artista y el contexto específico, proporciona lecturas que están más allá de una reivindicación de pertenencia a una región.
El barro es un material importante para ampliar la lectura de algunos trabajos de Chavajay, debido a su presencia en culturas muy diferentes alrededor del mundo. En el período usualmente llamado Antigüedad, culturas geográficamente distantes, y ciertamente sin contacto entre sí, produjeron vasos y esculturas en cerámica. En tal medida, así como Guatemala sufre las consecuencias de un choque tecnológico observado cotidianamente por Chavajay, otros territorios como Hong Kong y Australia también ven el paso del tiempo y la recodificación de técnicas rutinarias llamadas “arte popular”.
Bacuna, una escultura en barro que simula una jeringa, se refiere a esa reflexión cuando trae de vuelta, irónicamente, la dimensión artesanal que alguna vez permeaba toda la práctica de la curación (y no de la medicina) en generaciones anteriores a las nuestras. Pájaro, escultura compuesta de cincuenta lupas de plástico con sus vidrios sobrepuestos con arcilla, parece evocar un mecanismo interpretativo semejante a la obra que cita a John Cage. Si aquellos micrófonos son incapaces de propagar la voz, estas lentes (las mismas utilizadas para estudiar la tierra y los pájaros científicamente) también están destinadas a la opacidad de un entierro.
El maíz, uno de los alimentos diseminados globalmente después de la llegada de los europeos a las Américas, se convierte en metáfora del cuerpo humano en Hombres de maíz. Cada pequeña semilla está perforada por un piercing, y la suma de esos cuerpos de maíz se fotografía desde arriba. En esa imagen hay una especie de visión aérea de la masificación de las modificaciones corporales posibles a través del metal, así como muchos habitantes originales de América tenían sus cuerpos perforados. Volver, de alguna manera, al pasado, aunque con el valor simbólico de una exhibición de transformación corporal como sinónimo de lo contemporáneo. Mientras tanto, en Botones, los granos de maíz se extraen de las mazorcas y se sustituyen por botones o diamantes de plástico, mientras que en Retablo 1 las figuras sacras dan lugar a una aglomeración de elásticos enmarcados en madera. Nuevamente, Chavajay utiliza la repetición de objetos industriales para revisar un alimento o iconografía tenidos como típicos de una cultura.
Mientras la búsqueda de lo típico se ve despedazada y metamorfoseada por el progreso tecnológico, los diamantes siguen “durando para siempre”, como diría Shirley Bassey. Este paso del tiempo no parece ser un problema para la investigación artística de Benvenuto Chavajay. A través de su exposición, el artista parece demostrar que uno de los más preciosos diamantes de la experiencia humana no son esos objetos lapidados a mano, sino las tecnologías transmitidas de generación en generación, tanto sujetos como objetos de la Historia.
RAPHAEL FONSECA
