La investigación emprendida por Ana María Olalde es, quizás, una de las aproximaciones más sutiles a los problemas asociados a la geometría dentro de la pintura contemporánea venezolana, y está marcada profundamente por la formación como matemático. Sin embargo, para la artista lo geométrico trasciende la forma y se deja intuir en el roce con lo etéreo que tiene su trabajo, como parte de una estructura inaprensible. La obra de Olalde, entonces, comunica una concepción del espacio como un ámbito que, si bien está secretamente estructurado, posee la cualidad cálida de todo lo natural.
Como lo señala Susana Benko en el texto del catálogo que acompaña esta exposición, Olalde, desde la década de los noventa, ha hecho de la línea el “elemento protagónico” en su trabajo pictórico. Pero la línea en su obra no es perfecta, delimitada, precisa. Por el contrario, la artista las traza “a punta de pincel”, es decir, a pulso, lentamente, valorizándolas y deteniéndose en incorporar diferentes grosores y saturaciones, convirtiéndolas en un rico trazo vivamente expresivo. Ana María Olalde, además, no utiliza los tonos vibrantes tradicionalmente usados en todo el arte geométrico: sus colores son mezclas terciarias aplicadas matizadamente que rehúyen la creación de planos cromáticos parejos. El color matizado tiene enorme importancia en las realizaciones recientes de la artista, lo cual se enfatizó en el montaje de la muestra a través de una iluminación de luz tenue.

La exposición Paralelas, en cierto modo, compendia las relaciones que se establecen en el trabajo de esta artista entre esta línea cálida y la estructuración de un espacio vibrátil, que no es del todo preciso, y que se expresa a través de formas que surgen, se asoman, entre el juego de luces y sombras, llenos y vacíos, que proponen las líneas yuxtapuestas y en sucesión. Si bien su propuesta podría asociarse con las formulaciones del cinetismo o el op-art, es justamente la cualidad “sensible” (imprecisa, no concreta, dada más al matiz que al color plano) de su trabajo lo que la distancia de las formulaciones de este movimiento.
La concepción de la materia/energía como un campo vibratorio es una de las nociones en las que la ciencia y la espiritualidad parecen coincidir. Y es justamente esta cualidad la que se percibe en las hermosas piezas de Ana María Olalde. Su propuesta recorre lo que arquetípicamente podría definirse como una vía “femenina” y “lunar”, y en este sentido no es determinante, sino sugerente; no se afirma, sino que se insinúa; no proviene de un saber positivo, sino de una intuición bien guiada por este conocimiento (la matemática), que no obstante se permite trascenderlo para llevarlo a nociones más recónditas y misteriosas.
En la obra Centro 3 en 1 de la serie Paralelas (2014-2015), la artista utiliza el juego de líneas yuxtapuestas para crear una sucesión de círculos concéntricos que, por su asociación con la espiral, inmediatamente desata la sensación de un vertiginoso giro. Sobre los tres cuadrados (gris azulado, blanco cremoso y amarillo mostaza), la artista dibuja sus círculos concéntricos hasta el límite del plano, creando una sensación expansiva que nos permite visualizar estos círculos como parte de algo que está fuera de ellos, pero de lo cual ellos son consecuencia. Los ricos matices de los fondos y las líneas subrayan la vibración cálida, “hecha a mano”, de esta pieza. Otra obra de esta serie, el díptico Centro en cruz, juega con la misma idea “mandálica”: esta vez las líneas dibujan cuadrados que se encuentran en un centro y que a la vez parecen expandirse fuera de la superficie sobre la que están pintados. Piezas de menor formato, dispuestas como polípticos, retoman los mismos conceptos, haciendo variaciones de las figuras geométricas “representadas” y el color del fondo.
Dentro del conjunto de piezas exhibidas llama poderosamente la inclusión de la obra titulada Chivos, de 1996. Está formada por una tela alargada sobre la que se han dibujado gruesas líneas marrones paralelas. El diseño está inspirado en una cobija que la artista mandó a realizar en un telar artesanal guatemalteco en los años ochenta. Sobre esta tela se dispusieron ordenadamente cráneos de chivo hechos siguiendo el modelo de un cráneo de chivo natural que la artista había encontrado en Adícora, población costera del occidente venezolano.
La rareza de esta obra radica justamente en la incorporación de este elemento figurativo y natural que viene a subrayar el carácter profundamente natural de la concepción espacial de Olalde, esto es, su vinculación con lo no-abstracto, así como su respeto por lo artesanal, por aquello que la mano del hombre elabora, en todas sus posibilidades creativas.
La exposición también incorporó una pieza de la serie Entrelíneas, realizada entre 2000 y 2008. En esa serie, a decir de Benko, “la sectorialización entre las diversas áreas de la composición está demarcada por fondos de diferente color, así como la diversa orientación secuencial de las líneas”. Con la introducción de estas dos piezas, la artista buscaba hacer evidente la conexión de toda su investigación plástica, asumida desde esta visión personal, íntima y honda de la geometría como expresión sutil del micro- y el macrocosmos.
KATHERINE CHACÓN
