La investigación, ya sea artística o científica, está muy cerca de la creación. La exposición de Alberto Baraya, Expedición Berlín. Herbario de plantas artificiales. Invernadero de Mutisianas tropicales, en la Galería Fernando Pradilla de Madrid es un buen ejemplo de ello. Una muestra imprescindible para reflexionar acerca de los instrumentos de validación del poder y la apuesta por nuevas estrategias subjetivas como defensa.
El artista colombiano comenzó el proyecto Herbario de plantas en 2002 y lo presentó en la octava edición de la Bienal de Berlín, en 2014. En sus múltiples viajes, lo que él llama “expediciones”, ha ido seleccionando flores artificiales, que posteriormente disecciona, dibuja, cataloga y archiva siguiendo la estructura de una lámina de botánica tradicional. En las láminas, además, se incluye una fotografía del contexto original donde estaba la flor. Los lugares resultan chocantes y llamativos: escaparates de tiendas, casas, restaurantes, e incluso sex shops.

Inspirado en las expediciones de los europeos de los siglos XVIII y XIX y en su afán por categorizar todas las especies vegetales, animales, y las características físicas de otras razas, Baraya alude a la construcción de la modernidad en Occidente como una estrategia de control. No olvidemos que el gesto aparentemente inocente de observar esa “nueva” naturaleza escondía una intención algo más compleja: aquella de cartografiar el territorio y detectar las posibilidades de una dominación política1.
La operación se devuelve ahora desde la mal llamada “periferia” – es un artista colombiano que observa ese mundo globalizado y aparentemente homogéneo– para recoger muestras de lo absurdo del mundo contemporáneo. No es casual que el artista trabaje con productos industriales: las flores, plantas y verduras de plástico se pueden encontrar en cualquier sitio, independientemente del clima. La obra Phalonepsis blanca (2014) incluye una de esas flores artificiales que el artista recogió en un restaurante. La placa contiene una muestra diseccionada, un dibujo hecho a mano de la misma, su clasificación y el sello identificativo. Además, el artista incluye fotografías del contexto donde encontró este extraño ready made. Así, Baraya convierte estos objetos conceptualizados en muestras naturales, justo al contrario de aquellos tratados botánicos de la Ilustración, en los que las flores y plantas se convertían en ideas abstractas de la Academia.
En esa misma línea, Flor erótica blanca muestra una flor de plástico encontrada como adorno de un maniquí en un sex shop. Esta propuesta tan kitsch contrasta con el delicado dibujo a mano de la flor, presentado directamente en la ropa interior de la figura. Tras ese impulso archivístico del que hablaba Hal Foster2, el deseo queda irremediablemente deshecho.
La investigación continúa con la serie Taxón de verduras y antropometrías, pero esta vez con personas que el artista encontró durante una de sus “expediciones” a Berlín. Las fotografías, acompañadas de un instrumento para medir el cráneo, revelan un guiño a la antropología clásica, pero desde una mirada escéptica. Las acciones se sitúan en lugares emblemáticos: Museo de América, Museo de Historia Natural, o el monumento en honor de las víctimas del Holocausto. Baraya cuestiona los procedimientos de la etnografía y la antropología del siglo XIX, y convierte esa técnica fría y matemática de medir los cuerpos en un encuentro casual y casi lúdico con desconocidos.
La última parte de la exposición, Invernadero de Mutisianas artificiales, recurre a un display distinto. Se trata de un invernadero que contiene alrededor de cien especies vegetales (por supuesto, artificiales) típicas del antiguo territorio de Nueva Granada. Las especies están directamente sacadas del tratado de botánica de Celestino Mutis, quien encabezó las expediciones científicas financiadas por la Corona española a finales del siglo XVIII. Siguiendo las palabras de Nelly Richard3, la instalación se enmarcaría en una práctica de contra apropiación cultural. Alude de esta forma a cuestiones muy interesantes: el espacio acotado frente a lo inabarcable de la selva o de un territorio inexplorado, las condiciones asépticas del invernadero (no hace calor, ni hay olor), el desorden de la naturaleza frente al rigor del lenguaje y la clasificación. Todo ello sintetiza perfectamente la exposición y la defensa de Baraya de una investigación subjetiva, política y situada en la lucha de la verdad frente al poder.
En este sentido, es muy elocuente la obra de Jean Ranc Carlos III, niño (1724), perteneciente al Museo del Prado, en la que el monarca aparece clasificando flores, como si fuese una actividad inocua propia de un niño. El lienzo responde en su iconografía y en el tema a la construcción del poder y a las estrategias de la Ilustración para legitimar su manera de proceder.
NOTAS
1. En este sentido, es muy elocuente la obra de Jean Ranc Carlos III, niño (1724), perteneciente al Museo del Prado, en la que el monarca aparece clasificando flores, como si fuese una actividad inocua propia de un niño. El lienzo responde en su iconografía y en el tema a la construcción del poder y a las estrategias de la Ilustración para legitimar su manera de proceder.
2. Hal Foster, “An archival impulse”. Octubre, 110, 2004, 3-22.
3. Nelly Richard, “The Postmodern Centro-Marginal Condition”, American Visions/Visiones de las Américas: Artistic and Cultural Identity in the Western Hemisphere, Institute of International Education, Nueva York, 1994.
ANA FOLQUERA
