Dos años de gestación y dos meses de trabajo intenso en el Museo de Arte de la Universidad Nacional han hecho falta para poder ver Juventud sin divino tesoro, la exposición que la artista Vicky Neumann (Barranquilla, 1963) pensó, cortó, pegó, cosió, pintó, intervino, restregó y repensó para los 120 metros de pintura por 4 metros de alto que conforman esta instalación creada para esta sala específica del museo.
La curaduría, a cargo de María Belén Sáez de Ibarra, forma parte de la estrategia del museo de gestionar exposiciones de vanguardia pensadas de manera específica para este espacio. En este caso, como explica Sáez de Ibarra, se quiso plantear el papel de la pintura en la práctica contemporánea como un soporte generador de acontecimientos y vivencias. En efecto, esta pintura instalativa de Neumann se respira como puramente contemporánea: fotografías apropiadas de los medios, de internet y de otros artistas, e impresas en tela o pegadas sobre el lienzo, y una multitud de imágenes caseras, tanto pintadas como impresas, se mezclan sin que tengamos la oportunidad de otorgar una jerarquía a unas u otras. No hay una verdad de la que se nos quiera convencer porque la imagen no nos da acceso a ésta. De forma casi obsesiva, la artista nos sobresatura con imágenes –como ya lo estamos en la vida cotidiana– pictóricas y fotográficas para abordar el tema de la exposición.

De frente y sin tapujos, Neumann nos introduce en el mundo de una juventud a la que le ha tocado vivir en una sociedad enferma en plena crisis de valores y del mercado laboral –entre otras– y la constante destrucción del planeta, a pesar de las alarmas que nos lanza el cambio climático. La artista sitúa a la temprana juventud en el peor escenario posible, para mostrar al espectador las poses y actitudes que ésta toma frente a un mundo competitivo y despiadado. Como bien señala el título, la juventud que Neumann retrata está lejos de una imagen idealizada por la nostalgia del recuerdo de la edad adulta y por la industria de la moda que se empeña en evocar esta nostalgia; al contrario: vemos imágenes de fragilidad al límite de la ruptura y la destrucción. La exposición consta de seis composiciones pictóricas o “momentos” de lienzos pegados directamente a la pared sobre los que se han empleado materiales como óleo, acrílico, esmaltes, aerosoles, plástico, lacas, óleo en barra, fotografía digital, telas, basura, desechos y dibujos, y otra hecha con cartones y dos puertas recicladas, añadiendo así un elemento escultórico a la nutrida mezcla de técnicas empleadas. Si decidimos comenzar por la derecha e ignorar el puñetazo inicial que nos recibe de frente, nos encontramos con un preludio de lo que nos espera: un joven con mirada desafiante sentado en el suelo al lado de una silla rota. Esta silla, como otras imágenes metafóricas que recorren la exposición, aparece reiterativamente para recordarnos el espíritu desesperanzador del mensaje: la cotidianeidad incapacitada por la ruptura de su estructura básica. La composición explosiva que nos recibe al entrar funciona como un gran aparato pictórico en el que encontramos un compendio de los temas de la exposición. En el gran lienzo central observamos un paisaje destruido por los escombros en un vertedero en el que se encuentra un grupo de jóvenes ajenos al caos que les rodea, unos posando alegremente y otros concentrados en fumarse un cigarrillo. La figura del joven fumando, que juega a ser adulto con pose de seguridad en sí mismo, se vuelve recurrente en la obra de Neumann como metáfora de esa tensión entre los juegos de poder y la fragilidad de la juventud. Es importante notar la importancia del paisaje rural invadido por el hombre y el paisaje gris y urbano con arquitecturas abandonadas o a medio construir. A través de estos paisajes se articula, por un lado, la imagen desoladora del medioambiente degradado por el hombre –herencia de generaciones anteriores–, y por otro, la de la presencia vacía y fantasmagórica de la existencia humana. La artista es pesimista en su discurso, y dice poder encontrar esperanza al final, y ésta, la esperanza, nos mira tímidamente desde el cielo azulado de algunos paisajes.
El conjunto de la exposición transmite una exageración del gesto y del drama subyacentes en las historias de los personajes que forman parte de ella, exageración que ha sido buscada ex profeso para recordarnos que Neumann nos presenta una realidad ficcionada que se nutre de una tradición cinematográfica que explora el lado más oscuro y frágil de la juventud. Como si fuera cineasta, y lejos de querer ofrecer una imagen morbosa y amarillista de la adolescencia, Neumann apaga la cámara segundos antes de que las cosas vayan mal, para no forzar un final en el espectador. Como pintora, su energía nos envuelve en cada trazo pictórico, pegote de materia e intervención sobre lienzo.
CARIDAD BOTELLA
