Paz Errázuriz

Tango, 2002. Película análoga, 35mm, copias en papel fibra, gelatina de plata. 40 x 45 cm. (15 ¾ x 17 ¾ pulgadas).

Monografíajun 2015 - ago 2015· Por Juan José Santos

Paz Errázuriz

Transformación y arrebato

Creo que mi trabajo siempre trata de lo mismo y en él existe “un continuo”. Podría llamarlo también variaciones sobre un mismo tema. Capítulos que apuntan a lo mismo. Son espacios cerrados, marginales, de minorías. Están fuera del sistema, fuera del poder. Excéntricos. Es una dimensión que me acomoda porque desde allí me planteo con más libertad las preguntas que siempre me persiguen y desde donde puedo cuestionar temas sobre el poder, el conformismo, la desmemoria, las exclusiones, los abandonos.

Uno se imagina el Chile de los ochenta en blanco y negro. Un país en el que transexuales y prostitutas ejercían su trabajo clandestino con dignidad, en el que tenían el apoyo de sus familias, en el que se maquillaban, se vestían como princesas en la confidencia del burdel. En el que reían, mostraban su alegría por vivir, y lo hacían sin miedo. Uno evoca un Chile en el que los ancianos se acariciaban con las mejillas y se enamoraban al ritmo del baile. En el que un deporte tan marginado como marginal, el boxeo, era protagonizado por jóvenes valientes, que después de dejarse la piel en el ring se sentían en paz, en calma. O uno percibe un Chile de los noventa, aún en blanco y negro, en el que los enfermos del un hospital psiquiátrico mostraran su afecto unos por otros, y no ocultaban su extrañeza, y sus extrañezas, hasta con orgullo. En el que mujeres pertenecientes a tribus olvidadas en tierras aún más olvidadas expusieran su dedicación al mar, su gozo diario, su afecto y su unión con el paisaje.

Y uno cree que eso era así. Y uno acierta. Porque el Chile de los ochenta y de los noventa era en blanco y negro, y los chilenos no temían mostrar su nobleza a la cámara fotográfica, por muy discriminados, apartados, segregados o distantes que fueran. Así lo retrató Paz Errázuriz.

Aunque Paz Errázuriz tuviera estudios de educación en el Institute of Education de Cambridge, y en la Universidad Católica de Chile, y estudios en fotografía en la International Center of Photography, de Nueva York, aunque fuera becaria Guggenheim (1986), Fundación Andes (1990) y Fulbright (en 1992), lo importante es lo que hizo con su confidente, su delatora, su colaboradora. Lo decisivo es lo que hizo junto con su Nikon 35 mm. Lo que fotografió y lo que sigue fotografiando, porque sigue tan activa como siempre.

Monografía: Paz Errázuriz — imagen 1
El combate contra el ángel, 1988. Película análoga, 35 mm, copias en papel fibra, gelatina de plata. 30 x 40 cm. (11 4/5 x 15 ¾ pulgadas).

La manzana de Adán

Qué mejor que empezar con Adán. El primer hombre. Paz Errázuriz sobre todo ha retratado a mujeres. En esta serie, uno de sus primeros trabajos capta la vida íntima de travestis. Evelyn, Pilar, Coral, Nirka, Leyla, Deborah, Andrea Polpaico, Maribel, Chichi, Susuki y Macarena. Hombres de día y mujeres de noche. Entre 1982 y 1987, Errázuriz se integró en las vidas de los habitantes (y los visitantes) de prostíbulos del barrio Vivaceta, en Santiago, y de Talca. Conoció sus trabajos, sus familias, sus secretos. Y los reveló.

Consciente de que no era capaz de poder captar también sus voces, le pidió a la periodista Claudia Donoso que documentara las conversaciones. De esa participación surgió el libro La manzana de Adán, publicado en 1990. Así pudimos conocer mejor a Mercedes, con quien mayor confidencia tuvo Paz, madre de dos travestis: Mercedes Sierra tuvo seis hijos. Los dos últimos fueron Pilar y Evelyn, a los que nombra como Keko y Leo: “El Leo me porfía con que es mujer y cree que me va a hacer lesa. Tiene una chulita chica; en cambio el Keko es bien hombre: la tiene de extremo a extremo. Cuando los llevé al hospital para que me los revisaran, me dijeron que era por falla humana del papá. Cuando el Keko se vistió de mujer, casi lo acabé a palos. Pero no estoy desconforme: si Dios me los dio así, así será. Yo creo en Dios y le tengo terror. No me iba a poner a protestar y acepté porque vi que era cosa perdida”.

Desde entonces, la cooperación entre literatura y fotografía serían una constante en su carrera, con asociaciones de las letras como Pedro Lemebel, Diamela Eltit, Enrique Lihn, o encuentros casuales, como con Susan Sontag, a quien Paz Errázuriz acudió para obtener apoyos y poder así publicar La manzana de Adán en los noventa. El libro, con las fotografías y los textos, se publicó, si bien apenas tuvo eco en un Chile en el que por fin se amanecía en democracia. La reivindicación de este trabajo no tendría lugar sino más de dos décadas después, cuando la Fundación Ama decidió reeditar el libro bajo el mismo título.

Ésta es una historia de transformación. La de hombres que se convierten en mujeres, la de madres que aceptan a sus hijos como hijas, la de la cara maltratada de los marginados que deciden descubrírsela a un Chile en conversión, que pasaba de la dictadura a la democracia. Paz Errázuriz retrata una transformación, en ésta y en todas sus series, pero también ella es receptora de un cambio. La de una artista que vende un solo ejemplar de La manzana de Adán en 1990, y que décadas después ve cómo la Tate Modern adquiere obra de este mismo trabajo. Los artistas chilenos de los años setenta y ochenta no recibieron ningún reconocimiento por parte de sus coetáneos, que siempre preferían mirar hacia fuera. Cuando por fin miraron desde fuera hacia dentro, entonces sí se cruzaban los ojos. En algunos casos, demasiado tarde.

Monografía: Paz Errázuriz — imagen 2
Pilar, Santiago, 1983. Edición 2/3. 54,5 x 64 cm. (21 2/5 x 25 pulgadas).

El combate contra el ángel

“La Furia” David Ellis Venegas sube al cuadrilátero en el gimnasio municipal de Coyhaique. Va a defender el título de Chile en doce asaltos. Faltan cuatro días para la Navidad, que ese año será especial. David celebrará la Nochebuena sin boxeo. Ese combate iba a ser el último, después se retiraría, se lo prometió a su familia. Pero antes, tiene que acabar con Abdenago Jofré. Llegan al undécimo asalto. Las tarjetas de dos de los tres jueces son parejas; la otra favorece a Jofré. Pero “La Furia” Venegas no puede más. Levanta las manos para abandonar el combate. A “Danny” Jofré parece no importarle. Le propina cuatro brutales golpes más. El árbitro los separa y declara nocaut técnico. “La Furia” ha sido derrotado. Habla con los periodistas y camina hacia camerinos. Se ducha y se viste presentable para un asado que habían organizado. Ellis sale de la cena algo mareado. Vomita en la calle. Le duele mucho la cabeza. Lo llevan a un hospital. Allí le diagnostican un hematoma subdural izquierdo agudo. Diez días después, ya pasadas las navidades, David Ellis Venegas, de 29 años, fallece. Tras una investigación, se llega a la conclusión de que esa pelea no debía de haberse celebrado. Un electroencefalograma obtenido un mes antes del combate detectó secuelas de un TEC.

Cuatro años antes, en 1987, un David Ellis Venegas casi novato, con un año de experiencia en el ring, se enfrentaba a un rival benigno, pero implacable. Sentado, con la comba de saltar en el suelo, brazos en jarra, relajado. Aunque su mirada es fija, segura, parece tener la mente en otro sitio. Como deseando ponerse en pie y volver al entrenamiento. Lleva una camiseta de una discoteca, Discoelectro “Shock”. Su contrincante lanza el derechazo. Paz Errázuriz toma la fotografía. Llamará a su serie El combate contra el ángel.

Monografía: Paz Errázuriz — imagen 3
Infarto del alma, 1995. Película análoga, copias digitales.

Tango

Errázuriz no las llama series, sino ensayos. Cree que es una definición más apropiada, ya que implica una mayor libertad, considerando que además sus proyectos fotográficos no son finalizados nunca; muchas veces los retoma. En sus ensayos realiza un trabajo preparatorio investigativo que puede llevar años. Su labor no se limita a las milésimas de segundo atrapadas en un clic de su cámara. Al igual que observar, y apreciar todo lo que dicen sus imágenes, lleva algo más que un suspiro.

En 1988 ensaya en locales nocturnos en los que parejas, ya bien entradas en años, bailan tango. La intimidad de la pareja, conocida o desconocida, las emociones perpetradas tras la concentración en los pasos, las manos que dirigen el destino de los movimientos. La cámara de fotografía invade el ritual sin llamar la atención, como un tanguero más, escurridizo, elegante, sensual. Así se refiere el poeta Enrique Lihn a este trabajo: “La fotógrafa Paz Errázuriz ha conseguido, otra vez, su objetivo: No separarse irónicamente de su objeto ni confundirse sentimentalmente con él”. Para no separarnos irónicamente del trabajo de Errázuriz, ni tampoco confundirnos sentimentalmente, decidí hacer unas preguntas a la artista que, quizás, aportaran más luz en algunas esquinas sombrías.

¿Por qué te interesaron esos temas, fotografiar transexuales, boxeadores, personas marginadas, en un inicio?

Creo que mi trabajo siempre trata de lo mismo y en él existe “un continuo”. Podría llamarlo también variaciones sobre un mismo tema. Capítulos que apuntan a lo mismo. Son espacios cerrados, marginales, de minorías. Están fuera del sistema, fuera del poder. Excéntricos. Es una dimensión que me acomoda porque desde allí me planteo con más libertad las preguntas que siempre me persiguen y desde donde puedo cuestionar temas sobre el poder, el conformismo, la desmemoria, las exclusiones, los abandonos. Creo que me muevo en un espacio de malentendidos donde busco y construyo mi propia historia. Mi trabajo habla siempre de lo mismo; paso por lugares de invisibilidad y de exclusión, por situaciones sin cicatrizar. Sucede que la fotografía ha sido la llave maestra para entrar a todos estos espacios

Monografía: Paz Errázuriz — imagen 4
La luz que me ciega, 2008. Fotografía digital. Copias con tintas pigmentadas sobre papel Canson Baryta.

¿Crees que no obtuviste el reconocimiento que merecías mientras trabajabas en los ochenta y noventa? ¿Por qué motivos crees?

El país no estaba abierto a recibir mi trabajo. Si por “país” se entienden sólo las élites que están en el centro de la cultura, de la política y de la economía, en realidad resulta irrelevante tener en cuenta su mirada. Los sujetos excéntricos también son país, y su “margen” es el centro para muchos y muchas. Los márgenes no son los referidos, como se hace habitualmente, a las condiciones socioeconómicas. Hay márgenes en que todos y todas nos podemos refugiar cuando el pensamiento dominante, el control biopolítico y el disciplinamiento de cuerpos y pensamientos, se vuelve demasiado opresor. En este sentido, al menos el mundo del arte contemporáneo en nuestro país vive en relación con los espacios excéntricos porque son creativos y no limitados como los espacios del centro.

En alguna ocasión te he escuchado decir que en el fondo, también te autorretratas cuando fotografías a otro.

Pienso que todas mis fotografías son un permanente autorretrato, un relato privado que recoge lo que voy reconociendo, que a la manera de un espejo me devuelve la mirada. La fotografía ha sido la llave maestra para entrar a todos los espacios que quiero reconocer.

Muchas veces tu trabajo ha estado vinculado con literatura, Nicanor Parra, Pedro Lemebel, Enrique Lihn, Diamela Eltit, Susan Sontag... ¿Por qué esa relación de tus imágenes con las letras? ¿Con quién o con qué texto te quedas?

Más bien mi vinculación con la literatura ha tenido que ver con la amistad, con la falta de crítica específicamente fotográfica y con la atractiva posibilidad de crear trabajos interdisciplinarios. Con Diamela Eltit realizamos un libro conjuntamente, El infarto del alma. Con Enrique Lihn hice toda la parte visual de su trabajo Paseo Ahumada, con Malú Urriola realizamos el proyecto La luz que me ciega, que estará expuesto en la Bienal de Venecia. El trabajo interactivo me es muy estimulante.

Monografía: Paz Errázuriz — imagen 5
Los nómadas del mar, 1994. Película análoga, 35mm, copias en papel fibra, gelatina de plata. 40 x 45 cm. (15 ¾ x 17 ¾ pulgadas).

Un cierto tiempo

Paz Errázuriz fotografió a su hijo Tomás, todos los meses, durante cuatro años. Finalizó ese ensayo en 1991, antes de la fiebre actual de selfies, blogs con fotos de amigos que se retratan durante años en el mismo sitio y con la misma ropa, de la película Boyhood, o de La gran belleza, en la que el protagonista, Jep Gambardella, se extasiaba frente a las miles de fotografías que un padre le había hecho a su hijo cada día, desde su nacimiento. Un cierto tiempo se adelantó a todo esto, aunque ello suponga únicamente una anécdota. Lo valioso de este trabajo no es su carácter visionario, o la curiosidad que despierta observar el crecimiento de un niño. Lo contundente es su misterio. Atrapar la infancia del hijo, dar testimonio de una transformación, y hablar, sobre todo, del paso del tiempo. De un cierto tiempo.

El infarto del alma

“Paz Errázuriz convierte a su ojo en un don para los asilados. Les regala en su mirada fotográfica, la certeza de sus imágenes. Cuando captura sus poses, les confirma la relevancia de sus figuras, cuando les sonríe, reconoce en ellos lo divinizado de sus conductas corporales. Cuando se inclina buscando el ángulo, les dedica todo su profesionalismo” (Diamela Eltit, El infarto del alma, 1994).

Paz Errázuriz y Diamela Eltit realizaron el trabajo en conjunto El infarto del alma, en el Hospital Psiquiátrico Philippe Pinel, en Putaendo, en 1994. Retrataron, una con su Nikon y la otra con su lápiz, a parejas de pacientes del hospital. “Entre la tuberculosis y la locura se levanta un puente sólido. El ceremonial amoroso [...] pervive hoy como un debilitado archivo en los sujetos más olvidados, más confinados por la cultura” (op. cit.). Ésta es una historia de arrebato. Como en la obra Tango, aquí las emociones entran en duda. Las enfermedades mentales parecen afectar los sentimientos. O eso creemos. En una segunda mirada, descubriremos que en los gestos, en las sonrisas, en los guiños, hay cariño, hay complicidad y hay salud. Mucha salud. 

Nómadas del mar

Le dijo: “Foto, no”. La artista recorrió miles de kilómetros, hasta el extremo inferior de Chile, para conocer a la última alacalufe, Fresia Alessandri. Pero la fueguina rechazó el amenazante ojo de la cámara. Las etnias del sur del país, onas, yaganes y alacalufes, estaban en peligro de extinción (hablamos de 1996), y con la desaparición de estos “nómadas del mar” se perderían sus leyendas, sus habilidades, sus rituales y sus tradiciones. En realidad, quedaban veintiocho alacalufes, pero Paz Errázuriz estaba especialmente interesada en Fresia. Y es persistente. Regresó varias veces en los siguientes años hasta que por fin, entre la complicidad del cigarrillo, de la sal y del viento, Fresia accedió. Porque el ojo no era amenazante, sino cordial. Paz lo consiguió. Una vez más. Y le hizo una foto.

JUAN JOSÉ SANTOS MATEO

Crítico de arte y curador.

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