En este proyecto, concebido específicamente para el espacio de la galería, el artista pone sobre la mesa, también en sentido llano, material para pensar. A la manera de un laboratorio de ideas, la exposición, curada por María Belén Sáez de Ibarra, explora las posibilidades pedagógicas del arte. La sala se convierte en una herramienta, un lugar para el aprendizaje en el que el público puede especular, decidir qué aprender y qué tanto involucrarse. La intervención se vuelve un rumor que va creciendo, expandiéndose más allá de la galería para operar, por ejemplo, en una panadería del barrio de Chueca. El artista trabajó ahí con un panadero local intentando hacer panes que tuvieran una forma cúbica perfecta. La pieza recuerda a la de Wilfredo Prieto Politically Correct (2009), un trozo de sandía cortado de la misma manera. Si la pieza de Prieto enfatizaba el gesto domesticador de la corrección política al dotar de una forma geométrica perfecta a un fruto, coartando su voluptuosidad tropical en pos de cierta perfección racional impuesta, Paris se interesa en el proceso de investigación y elaboración del pan: cuál harina produce un cuerpo más compacto, qué amasado permitirá que la consistencia sea la deseada, cómo lograr que el cubo no se “caiga” al sacarlo del horno…

Siendo consciente de las bondades comunicativas del arte, Paris se sirve de él como herramienta clave de aprendizaje, al tiempo que crea espacios en los que promueve diferentes experiencias estéticas y sociales. Ha sido profesor, y se nota. Ejerció este trabajo en un medio rural, y se nota también. En su obra hay algo más que la inquietud por generar dinámicas colectivas para el aprendizaje, también está el gesto elocuente de aprovechar cualquier material para conseguirlo. Como en la pedagogía Montessori, las cosas más obvias y los objetos más cotidianos se instrumentalizan y ponen en duda, generando reflexión y diálogo. Ramas de árbol, lápices y botellas son algunos ejemplos. Ninguno de ellos ha llegado ahí cargado de significados para decodificar, sino con la intención de, en conjunto y gracias a los espectadores, reinventarse o ponerse al servicio de alguna idea.
En la muestra se percibe la necesidad de dotar a objetos inertes de algún soplo de vida, no de manera animista, sino mediante el uso que se hace de ellos. Su carga “viva” se da en virtud de sus funciones en los circuitos sociales. Paris convierte telas en sudarios. No como Teresa Margolles, envolviendo en ellos cuerpos sin vida, sino masa en fermentación. Son en realidad telas de panadería con la impronta de la levadura y la humedad de la masa. De alguna manera, hay una huella de vida en esos lienzos. Toda una reflexión sobre el pan y su relación con la vida y la muerte se proyecta a raíz de este gesto sencillo, cargado de poesía. En Arquitectura para pájaros (2015), un cubo de hormigón de 14 centímetros se convierte en una casa o comedero para aves. Es una fría escultura minimalista que pide el calor de un nido.
Las influencias de París son muchas y de todo tipo. Desde Bruno Munari y sus estudios sobre la creatividad hasta las dinámicas de enseñanza de los Companions du Devoir, hermandades que operaban en Francia durante la Edad Media, en las que los jóvenes recibían una capacitación para ejercer oficios tradicionales con base en la vida comunitaria y programas de residencia en distintos talleres alrededor del país. Inspirado también por el método pedagógico de Joseph Jacotot, así como por las tácticas anarquistas empleadas por el sindicato de panaderos argentinos de principios del siglo XX, sus proyectos también retoman el modelo de enseñanza alternativa de las Garage Universities latinoamericanas, en una interesante dialéctica entre saber y poder.
A coro con todas esas voces, los talleres de París rinden un homenaje multifacético y reivindicativo a la actividad creativa en sus múltiples e inagotables facetas.
DIANA CUÉLLAR LEDESMA
