Sillas que cruzan las piernas, maletas hechas de piedras, almohadas con alas de ángeles, libros con portadas de madera. Éstos son algunos ejemplares del bestiario de figuras fantásticas creadas por Luiz Philippe, oriundo de Minas Gerais. En la reciente exposición “Maletas Listas”, en la Galería Marcia Barrozo do Amaral, en Río de Janeiro, presenta otra variedad de esas piezas, dieciocho maletas inéditas. Conocido por sus maletas de piedra, el artista preparó un nuevo trabajo siguiendo la misma línea, pero esta vez utilizando antiguos azulejos.

“Colores y diseños y fragmentos que habitan nuestra memoria afectiva. En este viaje, las maletas cargan un poco de cada uno. La casa al revés, son paredes portátiles”, dice el artista, que tiene como objetivo transmitir recuerdos y el peso de la existencia a través de su trabajo. Según él, la idea de las maletas de piedra, que surgió en 1996, está relacionada con la memoria. La piedra no está en el trabajo apenas como materia prima de la obra; todo el peso de su elemento adquiere un significado desconcertante al recibir una única manija de cuero. Las maletas se prestan a las más variadas interpretaciones individuales. “Yo creo que eso sucede a través del humor, del placer, y hasta de cierto alivio que las personas sienten al ver la escultura. Además, el humor es una constante en mi trabajo”, afirma.
Para esta serie, el artista recorrió almacenes de baldosines antiguos para adquirir su materia prima. En el resultado, también alude a las carteras de marca. “La relación con la moda es un corolario natural. Maletas y bolsas sumadas a los colores de los baldosines y mosaicos resultan fatalmente en un objeto seductor, que se confunde, aunque simbólicamente, con el objeto de deseo en la moda. Pienso que el ejercicio de la memoria conlleva una sensación de placer, y ahí los campos se aproximan. La moda siempre estuvo muy presente en mi vida. En los años ochenta y noventa hice muchos trabajos para marcas de moda, como ilustrador y diseñador gráfico”, añade el artista.
En la exposición había también maletas con montajes fotográficos que funcionan como una enorme tarjeta postal o una inmensa fotografía antigua en un álbum. El artista puso manijas en las maletas que representan las islas Cagarras y la Piedra de la Gavia, dos de los monumentos naturales de piedra íconos de Río. De tal manera, las personas estarían llevándose, literalmente, un souvenir de la ciudad maravillosa.
Hijo de una familia muy vinculada con las artes (sus abuelos y sus padres eran coleccionistas de arte antiguo y moderno), Luiz Philippe pasó su infancia viviendo en una industria de hierro que pertenecía a la familia. Durante los años sesenta, su padre, entonces director del Museo de Arte Moderno de Belo Horizonte (Museo de la Pampulha), propició los primeros contactos con el mundo de las artes. En ese período conoció el taller de Guignard en Ouro Preto y convivió intensamente con Frans Krajcberg, con quien mantiene contacto hasta hoy.
Se graduó en Diseño Industrial en 1978 en la Escuela Superior de Artes Plásticas de la Fundación Universidad Mineira de Arte, pero siempre ejerció actividades en el área de las artes plásticas: dibujo, pintura, escultura y fotografía. Durante bastante tiempo vivió y trabajó en un caserón del siglo XIX en Cosme Viejo (Río de Janeiro) que pertenecía a su abuelo historiador, y cuya atmósfera influenció directamente su trabajo.
Muchas veces, las propuestas formales de Luiz Philippe revelan un toque surrealista y fantástico. Son comunes las escenas extrañas, puntuadas con dosis considerables de ironía, como en las situaciones desconcertantes de sus ensamblajes, en los que participan personajes y objetos insólitos. Es recurrente un clima enigmático y encantador, debido a las figuras simbólicas, complejas, imaginativas y caricaturescas. En Pensador, por ejemplo, el personaje tiene una lata en lugar de su cabeza. En El huevo de Colón, el huevo de madera parece equilibrase en el contorno de la moldura.
Pese a ese expresivo sentido lúdico, la obra del artista está en constante reflexión realista. Al definir el arte contemporáneo, la crítica brasilera Katia Canton, en el libro Los sentidos del arte contemporáneo (editorial Contexto), afirma que la práctica artística pasó a asumirse como “un proyecto de negociación incesante con los acontecimientos y las percepciones de la vida”. Esta idea hace parte del núcleo de trabajo del artista, como en las maletas presentes en la reciente exposición, cuya materia prima proviene de recorridos reales, como los almacenes de baldosines. Así, el artista modificó y propuso nuevas combinaciones para la vida cotidiana. Construyó nuevas posibilidades de sentido, a partir de objetos que circulan en el mundo, fuera de aquellas programadas por su función.
Es en este sentido en donde se encaja la visión de Katia Canton al definir el proyecto del arte contemporáneo, que ya no tiene como eje propulsor la “tradición de lo nuevo” propuesta por las vanguardias y neovanguardias, sino la búsqueda de significados, operación ésta que se da a partir de la negociación constante entre vida y arte, arte y vida. Como en la obra del artista, se trata de proyectos en los que los contornos son fluidos, se buscan identidades, alteridades, cuerpos, relaciones entre ética y estética, evocación de memorias personales, demarcación de lugares de resistencia, todo eso en busca de un sentido de pertenencia en un mundo donde lo virtual es una constante.
