La exposición “Wormhole: Lina López and François Bucher”, estuvo constituida por el video La nuit d l’homme y un grupo de obras fruto de la colaboración de ambos creadores. La muestra da inicio al programa Black Box de esta institución, iniciativa que será parte del programa anual de la misma y estará dedicada a presentar el trabajo de artistas vinculados a los nuevos medios y la imagen en movimiento.
El protagonista de la exposición en términos espaciales es el video de Bucher La nuit d l’homme, el cual ocupa la primera y más amplia sala de la galería. Esta obra, que data de 2012, participa de un espíritu indagatorio y cuestionador que recorre toda la muestra, y que revisa aquellos mecanismos según los cuales se construye hoy el conocimiento y se entienden las nociones de lo “real” o lo “verdadero” y sus límites. El filme es una narración fragmentada en la que eventos de naturaleza “mística” resultan ser el hilo conductor. Una médium en Polonia emprende una misión a Egipto, guiada por un espíritu que se manifiesta a través de ella, y que se identifica como el dios sumerio Enki (padre de la tierra); un hombre al que contactar en una montaña sagrada de Perú también forma parte de la historia; el fin: salvar a la humanidad de un inminente ciclo de destrucción. Todo ello narrado desde la perspectiva de alguien que ha tenido una iniciación en una ceremonia chamánica en Colombia, y a medida que avanza el relato, va asistiendo a una experiencia en la que se entremezclan ineludiblemente el plano de lo asumido como realidad y el de los eventos considerados sobrenaturales. En este filme de ochenta minutos se fusionan también los géneros de la ficción y el documental, precisamente para involucrar al espectador en esa lógica que revisita las nociones a partir de las cuales creamos nuestra propia idea del mundo.

Obras anteriores de Boucher ya ilustraban su enfoque en una comprensión multidimensional del universo, del tiempo y el espacio. Su referencia a la idea de “la duración del presente” del psicofisiólogo mexicano Jacobo Grinberg Zylberbaum ya informaba de ello. Grinberg desarrolló toda su práctica investigativa en estrecho vínculo con la experiencia esotérica, el chamanismo, la meditación, el yoga, entre otras tradiciones espirituales. Sus exploraciones señalan la maleabilidad del tiempo, la posibilidad de expandir el instante presente –ese espacio donde coexisten lo efímero y lo imperecedero, lo material y lo inmaterial–, nociones presentes en el video y que conectan con la cita de Borges al inicio del filme. Asimismo, Grinberg manifiesta la idea de que energía y materia son intercambiables, con lo cual una mente podría influir en otra sin que medie nada físico y sin importar la distancia entre ellas.
De modo que este video plantea los presupuestos conceptuales sobre los que también van a discursar las obras que se observan en la segunda y más pequeña sala de la galería, a la que el espectador arriba entonces, inmerso ya en la lógica de la propuesta. Es allí donde nos encontramos con Wormhole (Agujero de gusano), la instalación que da nombre a la muestra y que es el núcleo conceptual de la misma. Se trata de un conjunto de piezas de 2014 y 2015, resultado de la colaboración entre ambos creadores.
El término “Agujero de gusano” (Wormhole) hace referencia a un concepto de la física acuñado como “Einstein Rosen Bridge”. Se trata de una supuesta característica topológica del espacio-tiempo, que esencialmente consiste en un atajo a través de estas dos dimensiones. Un agujero de gusano posee dos salidas conectadas a un único conducto, a través del cual podría desplazarse la materia. A partir de esta noción, los autores establecen una conexión entre una tumba egipcia –ubicada en el Valle de los Reyes, en Tebas– que perteneció a Ramsés V y Ramsés VI, y el Banco Mundial de Semillas, recinto puesto en marcha en 2008, situado en Svalbard (Noruega) y conocido también como Arca de Noé. Una fotografía donde se muestran dos imágenes: la entrada a cada una de las edificaciones antes mencionadas es el núcleo de esta instalación. Cada una de las fotos unidas en esta impresión ocupa la mitad del plano y permite apreciar las similitudes formales de ambos espacios, que parecen complementarse perfectamente. Se trata de dos lugares con características y funciones diferentes, pertenecientes a culturas y épocas absolutamente distantes y sin aparentes conexiones entre ellas. La construcción egipcia, por su parte, contiene representaciones del Libro de la Tierra, con temáticas sobre la creación y el ciclo de muerte y renacimiento del Sol, la resurrección y el ciclo de la vida. El banco de semillas, por otro lado, es una reserva subterránea de semillas de millares de plantas de cultivo de todo el mundo, concebida para salvaguardar la biodiversidad ante cualquier catástrofe mundial. Se construyó en una montaña de piedra arenisca, y los granos se almacenan en cajas herméticas a bajas temperaturas, lo cual permite la conservación de los mismos por siglos.
De algún modo, los artistas ponen a dialogar ambas estructuras y las hacen coincidir a partir de la idea del agujero de gusano; los dos se vinculan entonces en un canal común que atraviesa tiempo y espacio, y convergen en una dimensión que nos permite advertir las similitudes de ambas estructuras en su relación con el ciclo de la vida y el entendimiento del mismo. La comprensión de la conservación y el renacimiento está en la base de estas dos instalaciones que funcionan en definitiva como cápsulas de tiempo. Un cuerpo o una semilla constituyen en última instancia el germen de una vida futura, de una nueva existencia, de un ciclo eterno.
La instalación se compone, además, de una impresión fotográfica de un modelo en 3D que describe cómo sería el conducto comunicante entre la tumba y el almacén, al tiempo que en el suelo apreciamos un diagrama que parece estar relacionado con el ciclo en el que el Sol da la vuelta alrededor de Alcione, proceso que toma 24.000 años. El esquema incorpora también referencias bíblicas a las diferentes generaciones del Viejo Testamento y al concepto de la Trinidad (Padre-Hijo-Espíritu Santo). En este gráfico concebido por los artistas sentimos esa misma intención de repensar el modo en el que construimos nuestros saberes, el modo en el que pensamos el tiempo y el espacio como dimensiones lineales, el modo en el que configuramos nuestro criterio del universo y de la historia, y de ese ejercicio discriminatorio entre lo “real” y lo “sobrenatural, espiritual, intangible…” que nos empeñamos en deslindar cada día –desde una perspectiva materialista– ante nuestra relación con el mundo.
Otras dos obras integran también el conjunto: He Who Hides the Hours y Le Temps qui Reste. La primera de ellas combina un reloj de arena y una fotografía de un motivo egipcio, en coherencia con el diálogo establecido en las anteriores piezas. La segunda es una obra de 2014, ya exhibida por el dueto con anterioridad y que resulta ser el colofón perfecto para el conjunto. La pieza muestra un elemento pequeño y ligero en constante movimiento dentro de una campana de cristal. Éste parece ser una mariposa; sin embargo, la ficha de la obra lo define como una semilla voladora. Al indagar sobre esta pieza, puedo leer que hace referencia a un mito sobre el árbol sagrado de los indios Kogi de Colombia, según el cual, en el instante en que el viento toca sus hojas, éstas se convierten en mariposas, y si es la luz la que lo alcanza, sus fragmentos quedarán flotando en el aire.
En términos generales, la muestra propone revisitar los mecanismos de construcción del saber instaurados por una perspectiva materialista del conocimiento que basa nuestra idea de veracidad en el ejercicio de la distinción entre esferas consideradas antagónicas como las del “mito” y la “realidad”. El regreso a las ciencias ancestrales y el asumir una comprensión multidimensional del mundo señalan la legitimidad de una revisión cognoscitiva que reubique el lugar de las disciplinas y los saberes.
La disposición de este conjunto instalativo, el empleo de una luz tenue y dirigida a las diferentes piezas, así como el uso de la campana de cristal, evocan la sensación de estar en una sala de museo de arqueología o historia natural, al tiempo que parece haberse otorgado una carga mágica a estos objetos. Creo que hubiese sido interesante organizar el espacio en esta exposición de modo que la instalación Wormhole fuese también la protagonista espacial de la misma, ya que constituyó su núcleo conceptual. Sin embargo, estuvo ubicada en la segunda y pequeña sala de la galería, mientras que el video ocupaba el mayor espacio; y si bien la idea fue dar preponderancia al aspecto audiovisual teniendo en cuenta el programa Black Box, esta obra no se mencionó ni en el comunicado de prensa ni en el statement de los artistas, que podía leerse como parte de los materiales ofrecidos por la galería con las claves para enfrentarse a la muestra.
No obstante, la exposición resulta una experiencia valiosa e inmersiva; tal vez su mérito puede ser a la vez su mayor riesgo: se exige del espectador mucho tiempo y voluntad de involucrarse para poder desentrañar las múltiples capas de referencias y de saberes condensados en estas obras. No se trata de una interacción visual instantánea con el espectador, tan común en las exhibiciones hoy, es una narración en otro tiempo, que nos da la alternativa de entrar al túnel y recorrer la historia o quedarnos del todo fuera de él. Sin duda, recomiendo lo primero.
