Exposición Individualjun 2015 - ago 2015· Por Christine Frèrot

Jorge Macchi

Centre régional d’art Contemporain

En el año 2000, el CRAC presentó una exposición colectiva de artistas contemporáneos argentinos con el título “Buenos Aires in y out”. Esta Institución pública, abierta en 1997 y dirigida por el historiador del arte Philippe Cyroulnik, no ha dejado de interesarse en el arte de nuestro continente, y más precisamente, en los creadores del Cono Sur. Aunque el CRAC está situado en una ciudad intermedia del este de Francia, goza de una ubicación estratégica entre dos centros artísticos importantes, Bâle y Estrasburgo. Su posición geocultural se ve además valorizada por la proximidad de la Chapelle de Lecorbusier, en Ronchamp, y los vitrales de Fernand Léger, en Audincourt.

Exposición Individual: Jorge Macchi — imagen 1
Jorge Macchi. Péndulo, 2013. Acero y plástico. 74,4 x 505,4 x 36,8 cm. (29¼ x 199 x 14 ½ pulgadas).

Tras una primera exposición de Jorge Macchi en compañía del francés François Bouillon, en 2001, el CRAC presenta una retrospectiva de envergadura del artista argentino (Buenos Aires, 1963), con veinticuatro obras que incluyen videos, pinturas, instalaciones y dibujos; la primera de esta naturaleza en Francia. En este antiguo taller industrial, la altura de la estructura metálica aparente multiplica el espacio y permite una visión clara de las piezas presentadas y de la museografía. Fuera de la singularidad de cada pieza y de su autonomía, el conjunto construye un haz de coherencias conceptuales que hacen “visible lo invisible” y subraya la relación de complicidad entre las piezas, a pesar de sus diferencias. Con la primera mirada, recibimos el impacto de una obra cuya sutil inteligencia se burla delicadamente de la lógica y la razón de los objetos, pone en riesgo o da jaque a la imposición de lo real y lo cambia de arriba abajo, interrogando todos sus niveles de sentido. Es una obra que desplaza las certidumbres del visitante y lo invita a construir él mismo, con mayor o menor éxito y en medio de la duda, otra historia del objeto, a partir de su desviación o de su fragmentación. En el exterior del edificio, el visitante es recibido por una obra que fue hecha especialmente para la exposición: la palabra “Entrada” escrita al revés en letras negras sobre fondo blanco (2015) le muestra, desde un comienzo, en qué tipo de universo va a penetrar.

Tal vez no sea oportuno hablar aquí de temáticas o evocar argumentos, pero no por ello están menos presentes, en forma más o menos clara, más o menos evidente: la velocidad, el tiempo suspendido, la fragilidad de las fronteras, la ilusión, la soledad, la melancolía, entre utopía y hechizo. La paradoja de una ficción potencial aflora, más o menos consciente, de las instalaciones a las obras individuales, pero no accede nunca a un verdadero estatus narrativo. Si las temáticas pueden ser calificadas de “abstractas”, no están desprovistas, sin embargo, en algunos casos, de un verdadero deseo lúdico. Dentro de los desafíos para los cuales Macchi estira los límites del sentido y busca el diálogo o el equilibrio de las oposiciones, como la permanencia y su desaparición, la fugacidad del detalle, el objeto inoportuno, la memoria y la realidad, etcétera, existen imágenes mentales o soñadas. El artista confirma su presencia en el origen de este trabajo, cuyas dimensiones, ya sea poéticas, intelectuales, estéticas o sociales, se apoyan sobre juegos entre el verbo y la imagen, los cuales tienen la doble especificidad de interrogar los límites imaginarios de lo real.

Dos grandes pinturas inician el recorrido de la exposición, y de inmediato ponen en marcha esa interrogación sobre una percepción desfasada. Memoria externa 05 (2013), donde puede observarse el techo de un auto sumergido, y Memoria externa 07 enfrentan el video Streamline (2006), en donde las imágenes de circulación de automóviles van puntuadas por una banda sonora de otro artista cómplice, el músico E. Rudnitzki. Los videos que se presentan son breves. Entre ellos, Víctima serial (2000), Diario íntimo (2006), en donde desfilan sobre la pantalla palabras tomadas de periódicos o revistas tales como Súper 8 (1997), Segundo (2013,) etcétera. Su duración reducida hace de ellos una especie de haikus visuales, para ser captados en su brevedad referencial, casi invisible. Para Macchi, la dimensión poética y temporal es también sonora pues los sonidos, cuidadosamente retrabajados y mezclados, hacen parte integrante de la obra. Varias piezas atraen la atención: la secuencia de 32 aguadas negras sobre papel, 32 pedazos de agua (1994), que el artista describe como pedazos del Sena, y, al centro de la misma sala, la escultura, también de esencia minimalista, Pendulum (2013), cuya curvatura apoyada sobre dos simpes butacos de plástico desafía todos los equilibrios interrogando las contradicciones (pesado/ligero). La instalación Refracción (2012) ocupa una sala entera y “sumerge” al visitante en la ilusión de una inmersión fractal y frágil de las veinticinco varillas metálicas de 1,70 m apoyadas sobre un muro pintado de color gris a la altura humana.

Con el collage intitulado Liliput (2007), Macchi rompió mapas geográficos y lanzó los pedazos al azar (derecho o revés) sobre la base de papel, creando un nuevo desorden del mundo; en la instalación Horizonte (2002), en donde interroga al infinito, Macchi no cesa de “cubrir “ y “descubrir” los sentidos y las identidades, cultiva el misterio o el enigma, trata “a la sombra como el espectro de la forma, la seña de su disolución”.

CHRISTINE FRÈROT

Jorge Macchi, por Christine Frèrot | artnexus