En el MADC, un espacio de más de dos mil metros cuadrados estaba ocupado por obras que recorrían los cerca de veinticinco años de producción del artista costarricense Joaquín Rodríguez del Paso. Antes de centrarme en algunas de las obras allí reunidas, me gustaría recordar las palabras del artista a propósito de las indagaciones centrales de su búsqueda: “¿Qué significa nacer, crecer y vivir en una economía periférica? ¿Qué significa hablar un idioma considerado secundario? ¿Vivir en un país subdesarrollado, y últimamente, en un país considerado como paraíso ecológico? ¿Qué significa ser un artista en esta sociedad? ¿Tiene alguna validez nuestra producción, siendo que se nos cataloga como culturas derivativas?”.
Estas preguntas se plantean mediante distintos puntos de vista en las imágenes de su autoría. Es difícil circunscribirlas a una técnica, en vista de su clara voluntad de experimentación a través de medios como la pintura, la escultura, la instalación, el video y la fotografía. De todas maneras, después de circular por los dos pisos del museo, llaman la atención tres líneas de fuerza que proporcionan a su producción un campo semántico: el color, la Historia y el humor.

Ejemplo significativo de esa relación triangular es la serie de pinturas Hotel América, realizadas entre 1994 y 1995. Con un fondo verde y montada sobre una pared pintada íntegramente en lila, el contraste en la relación entre obra y expografía invitaba a la aproximación del cuerpo del espectador. Mirando los detalles, se percibía la imagen de un hombre trajeado como un europeo durante el llamado Renacimiento dialogando con dos figuras humanas semidesnudas sentadas y de frente a un paisaje que se abría a través de un punto de fuga. Más abajo del círculo narrativo que presentaba esta escena, la recodificación de una pintura grotesca donde se leía “América” y “circa 1505”.
A través de esa articulación de signos se hace perceptible la postura ácida del artista en relación con la creación de imágenes europeas sobre América durante la colonización. Joaquín Rodríguez del Paso revisita las imágenes que construyeron culturalmente el territorio americano como espacio paradisíaco y, como dice el título, hotelero y turístico. ¿Podríamos visualizar a los colonizadores de América Latina como los primeros huéspedes de ese vasto territorio? O si no, volviendo a la imagen y mirándola de manera perversa, ¿no sería más interesante verlos como los primeros empresarios responsables de robar la tierra de la población nativa, segmentarla y, poco a poco, transformar los habitantes en huéspedes?
Como otra imagen del artista dice de modo más seco y directo, América se construyó muchas veces a través de “una historia en blanco y negro”, en la cual los blancos fueron, literalmente, cargados por los negros en sus espaldas, y la relación entre colonizador y colonizado tuvo papeles muy bien definidos. Incluso teniendo consciencia de ese recorrido histórico, lo que llama la atención en la exposición es constatar que la mirada del artista no proporciona imágenes dadas mediante la articulación de imágenes literales de las relaciones entre imagen, política y América Latina.
Era difícil contener la risa al aproximarse a Leg godt, de 1996. En las paredes vecinas a la escultura que reposaba sobre el piso, se ubicaban dos frases entre la explicación y la confusión generadas por la imagen: “Henry Moore encontró inspiración en la escultura precolombina” y “Se encontró plástico en algunos sitios arqueológicos mayas”. La obra, hecha íntegramente con piezas Lego, remitía a una de las formas más reconocidas por la historia del arte de las esculturas encontradas en los territorios ocupados por la civilización maya: el llamado Chac Mool.
Si, por un lado, el escultor inglés Henry Moore dialogó efectivamente con las tradiciones escultóricas milenarias no europeas a través de sus formas que representaban figuras en estado de reposo, por otro, al sugerir la presencia de plástico en sitios arqueológicos, Joaquín Rodríguez del Paso ironiza no sólo sobre “los caminos de la escultura moderna” (como diría Rosalind Krauss), sino también sobre la relación entre Occidente, cultura de consumo y América Latina. La historia del arte y su perspectiva generalmente eurocéntrica fue capaz de identificar un tipo de escultura maya, pero no sería capaz, volviendo a las pinturas anteriores, de reconfigurar la clara relación de colonización en algunas de sus aproximaciones historiográficas.
Es importante recordar el título de ese trabajo: Leg godt, o sea, el término danés que dio origen al nombre de la marca Lego, y que quiere decir “jugar bien”. Esta frase es un importante principio esclarecedor del modo como el artista opera distintas capas de imágenes. Ya sea por medio de un trabajo como Mejen-Go, de 2004, donde el mapa de América Central es el soporte para una partida de fútbol de mesa que cuenta con la participación del público, o mediante un trabajo que piensa la relación entre imagen y geometría a través del diseño de cajas de cartón para pizza, la mirada de Joaquín Rodríguez es perspicaz en lo que se refiere a su capacidad de jugar con materiales, formas y palabras, en un juego entre significado y significante que mantiene al público con una sonrisa en el rostro, pero con la actividad mental siempre en diálogo con la memoria histórico-geográfica de Costa Rica y de América Latina.
Volviendo a sus palabras, después de plantear aquella serie de preguntas, el artista comenta: “Obviamente no hay respuestas: sólo propuestas paradigmáticas”. Es ese carácter cuestionador, pero sin el deseo de una respuesta definitiva, lo que potencia su producción y nos hace recordar que jugar con la imagen y la Historia, más que ser algo serio, es difícil.
RAPHAEL FONSECA
