Exposición Individualjun 2015 - ago 2015· Por Andrés Gaitán T.

Gabriel Silva

Fundación Teatro Odeón

Después de algunos años de ausencia en exposiciones individuales, surge una propuesta del artista Gabriel Silva en el sótano de Espacio Odeón que tiene visos de instalación, donde hay escultura, pintura y cerámica. Todas estas piezas en conjunto, y cada una por separado, resultan como respuestas a un trabajo continuo que lleva desarrollando en su taller acerca de inquietudes que tiene con la luz, con el tiempo y con el espacio.

Silva nos deja entrever que su producción artística tiene un ritmo y que el asunto pictórico sigue siendo un problema importante que le permite ir a su taller todos los días para continuar con una batalla ancestral que pareciera personal. Sin embargo, el mundo onírico, las constelaciones –que parecen ser una proyección de la vida– y el eco permanente hacia mitologías que se encuentran guardadas en el fondo de una mesa de noche son cada vez más fuertes. Gabriel Silva nos señala con esta muestra su persistencia en la materia pictórica y en la búsqueda de soluciones plásticas a problemas eminentemente humanos. Ha sido capaz de leer su propia obra durante años y de entender que, ya sea haciendo cerámica o coleccionando pequeños árboles muertos o incluso dejando que pasen días y semanas elaborando pequeños jardines, en todo ello siempre saldrá a relucir el problema pictórico y humano. Y que la pintura, y ante todo el respeto que siente por este lenguaje, requieren una madurez que solamente la dan el trabajo y el tiempo.

Exposición Individual: Gabriel Silva — imagen 1
Gabriel Silva. Sin título, de la exposición “Ensayos sobre jardinería y pintura”, 2015. Instalación con plantas y pintura en técnica mixta sobre lienzo.

Amante de la naturaleza, Silva posee una pequeña colección de árboles y de bonsáis. Cada una de estas piezas recibe su cuidado especial en el taller, y les construye en cerámica su propio hábitat sin siquiera pensar en que está desarrollando un proyecto artístico. No es de su interés ver el mundo fragmentado entre el arte y no arte, sino el cuidado y observación que le merece todo lo que hace. Hace unos ocho años se le murió un pino pequeño de su estudio y, según nos relata, una vez seco, lo desenterró y se quedó con el esqueleto de lo que anteriormente fuera un árbol. Después de unos años viendo el esqueleto, se dio cuenta de que su forma es mucho más fuerte si se le da la vuelta, si se ponen las raíces hacia arriba. De esta manera, queda como un ser mitológico que deambula por su taller como si reflejara todo el bajo materialismo de Bataille en una simple pero contundente operación. Y es que Silva procede así con su obra: construye, desentierra, voltea, vela, y no claudica ante un gusto estético sino que deja que su obra persista en el mundo, donde un volcán, una perspectiva inversa, unas estrellas, se fusionan en una sola imagen que va más allá de la mirada casual del espectador.

Seguramente, el problema del tiempo es uno de los componentes más importantes dentro de su obra. Cuando Silva responde por la insistencia de los volcanes en sus pinturas, sale a relucir el tiempo geológico; cuando se le pregunta por los astros, nos habla acerca del tiempo del cosmos; cuando nos acercamos al ejercicio pictórico, habla de la espera y de todas las capas que solicita cada una de estas telas, que siempre verá como inacabadas. No es un tiempo lineal, es un tiempo que se va desajustando a medida que vamos recorriendo el espacio de exposiciones, y que transversalmente nos va señalando cuán pequeños somos ante la naturaleza. Es así como sus pinturas, que parecen inmóviles y juguetonas, empiezan a devenir desestabilizadoras y vertiginosas. Nosotros vivimos en un mundo que valora cada vez con mayor fuerza el día a día, y Silva nos devuelve de una manera poética y angustiante una pregunta sobre el ser humano y el mundo cósmico que habita. Hace con el espectador lo mismo que hace con el pino: nos pone a girar para quedar con los pies apuntando al cielo, y en silencio, porque sus pinturas y sus objetos son tan eternos como silenciosos, nos señala que el tiempo es tan caprichoso, exigente e inacabado como las leyes de la naturaleza o las construcciones míticas. Por ello, puede uno observar con extrañeza cómo las semillas de árboles gigantes y prehistóricos como las secuoyas necesitan el calor de la quema de sus “padres” para poder reventar y nacer. Después de cientos de años creciendo, la única supervivencia posible es quemándose para lograr que sus semillas germinen. No todos somos conscientes ni tenemos el tiempo para analizar estos cientos de años. Para Silva esto hace parte de la necesidad imperante de seguir asistiendo a su taller y de ver que los mitos, el espacio, la naturaleza, son sus acompañantes permanentes y salen a relucir entre las capas y capas de pintura que cada tela lleva consigo.

ANDRÉS GAITÁN TOBAR

Gabriel Silva, por Andrés Gaitán T. | artnexus