La obra siempre renovada de Flavio Garciandía, su proyección conceptual, el calibre de su investigación artística, así como el valor y efecto de su magisterio en el Instituto Superior de Arte (ISA), en la década de los ochenta, han hecho de él un obligado referente del arte cubano contemporáneo. La exposición “Quisiera ser Wifredo Lam… (pero no se va a poder)” constituyó una oportunidad para corroborarlo, recomponiendo fragmentos de esa historia ligada a la asimilación critica del kitsch, de lo vernáculo, al desarrollo de su vocación analítica, ofreciendo evidencias de sus manipulaciones, de las disolvencias entre lo culto y lo popular y de su tránsito por diferentes lenguajes.
A esta presentación de Flavio Garciandía le antecedieron otras en el último lustro: “Revolution No. 1” (2009) e “Iba a decir algo muy importante (… pero ya se me olvidó)” (2010). A diferencia de las anteriores, esta muestra en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam tenía un carácter antológico. Más de cincuenta trabajos, entre pintura, dibujo, instalación y video, conformaron la exposición, curada por Cristina Vives, también autora del libro, I Insulted Flavio Garciandía in Havana (Turner, Madrid, 2009), que sirvió de base al proyecto.

Una desenfadada declaración de principios presidía la exposición, a modo de exergo, fijando deberes y derechos ideados por el propio Flavio Garciandía, expresiones plenas de humor e ironía conectadas a un ingrediente semejante dentro esa jungla que es su obra, e implícitas además en esa forma suya de asumir los suplementos verbales. Allí se pasó revista a treinta años de creación concentrándose en algunos de sus momentos puntuales. Una selección que permitió aquilatar el alcance de su producción simbólica a partir de obras claves para entenderla, capaces de ofrecer un acercamiento sugestivo a su quehacer prolífico, a una historia que es realmente más extensa y cuya realización tuvo lugar en distintos puntos geográficos.
La exposición tomó como punto de partida 1973, año en que el artista culminó sus estudios en la Escuela Nacional de Arte (ENA), y se extendió hasta finales de 2014, con piezas realizadas en Ciudad de México, donde Garciandía reside. La disposición de las salas fue aprovechada para estructurar segmentos que perfilaban diferentes momentos distintivos. La primera sección estuvo dedicada a su etapa fotorrealista (1973-1976), y mostraba, entre otras obras, Retrato de Zaida (1973) y Todo lo que usted necesita es amor (1975), óleo emblemático de aquel período a cuya lírica belleza se debe que sea el más reconocido del artista.
Tras esa introducción, un grupo de pinturas de corte expresionista pertenecientes a la serie El Dorado (1976-1980) –y en las que se advertía aún la traza fotográfica (Los emigrantes y Las ínsulas extrañas, ambas de 1980)– contrastaban con las creadas entre 1982 y 1986, a partir de su investigación en torno a lo vernáculo y al kitsch, en donde se apreciaban sus apropiaciones y su habilidad para manipular un arsenal de formas populares: cisnes, chinerías, brillos y refranes, que, integrados a su producción simbólica, afianzaron una nueva identidad y el sentido posmoderno de su obra. Evidencias de lo anterior estaban en los bocetos para libros-objetos de varias series: Catálogos de formas malas, Refranes y El lago de los cisnes; en sus pinturas-esculturas: Cuchillo de palo, Corazón que no siente, Pájaro en mano y Pies de plomo, de 1985, pertenecientes a Refranes, así como en piezas de la serie El síndrome de Marco Polo, de 1986, y el políptico Cuadros de policlínico.
Toda una sala se dedicó a la reconstrucción de Tropicalia (1988-1992) a partir de seis obras y la presencia de plantas ornamentales. Hoces, martillos, palmeras y machetes eran parte de un juego satírico que los convirtió en metáfora política tras hacer de los símbolos ideológicos singulares protagonistas de un carnaval u orgía sexual. Presidida por Frijoles coloraos o Segundo viaje de Ad Reinhardt a La Habana (1994), también sus pinturas abstractas de frijoles (blancos, negros y coloraos) ocuparon una sala. El comienzo de esa serie está conectado con los momentos más duros para la supervivencia de esa crisis que por largo tiempo ha padecido el país.
Desde perspectivas distintas, dos secciones se ocuparon de destacar su trabajo más reciente. Una, presentando Auge o decadencia del arte cubano, proyecto de carácter performático en el que intervinieron, junto Flavio Garciandía, más de 150 artistas cubanos, en el Museo Nacional de Bellas Artes, en 2006, durante la IX Bienal de La Habana. Otra, donde sobresalía –entre distintas novedades– El Cuarto Mundo (el que está entre el tercero y el quinto), de 2014, tela de gran formato en la que –como en otras del grupo– lo abstracto se poblaba de ambiguas figuraciones y emergían alusiones surrealistas. “Quisiera ser Wifredo Lam… (pero no se va a poder)” (re)descubrió los sentidos de la creación de Flavio Garciandía y lo confirmó como artista emblemático.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
