La obra de Clemencia Echeverri propone recorrer una particular geografía, en la que afloran pueblos que habitualmente no vemos, regiones desconocidas, pero que tienen un elemento común: estar atravesados por la violencia y el desarraigo que ésta genera. La relación con la naturaleza, el reconocimiento de tradiciones culturales presentes en la vida rural, la llevan a acumular conexiones imprevistas, ahondar en archivos no institucionales, en memorias individuales, en no lugares donde lo único que se descubre es la huella espectral de quienes los habitaron. Pues, en la situación que ha marcado al país por medio siglo, son múltiples los casos en que, ante el abandono y silencio a que son sometidas las víctimas de actos de violencia, lo que quedan son el espacio inerme y la memoria de quien la padeció.
Las instalaciones de Echeverri se alejan de la imagen directa con que los medios de comunicación nos familiarizan con la violencia, para enfrentar al espectador con lo que hay detrás, con lo que queda, de lo que no se habla. De allí su apelación a la alegoría que aparta del documento previsible y nos plantea un nivel de acercamiento que busca evadirse de la mera información mediática, para enfrentarnos a la experiencia de los protagonistas anónimos, a la necesidad de elaborar duelos, de cerrar procesos.

Su instalación Nóctulo está formada por cuatro telas que cuelgan del techo y llegan hasta el piso, constituyendo un cubo, sobre cuyas paredes se proyectan las imágenes de video. El espectador penetra en un espacio oscuro, en el que las percepciones son inicialmente auditivas, y de manera progresiva debe adaptarse a la penumbra para descubrir las imágenes.
Nuevamente, conflicto y memoria se encuentran en alejadas zonas rurales de Colombia. La casa abandonada está poblada de sonidos, frases, presencias fantasmales que se diluyen frente al aleteo constante de la colonia de murciélagos que ahora la habita. El tema de la casa como lugar pleno de connotaciones simbólicas ya ha sido trabajado por la artista, poniendo en evidencia cómo la violencia destruye su función habitual de ser zona de protección, de resguardo. Y la casa se vuelve un espacio bloqueado, ocupado por el recuerdo de figuras que han desaparecido o a las que no les queda otra perspectiva que andar errantes.
La pieza está trabajada en dos niveles: la estrategia del murciélago que vuela emitiendo sonidos que el oído humano no puede escuchar, y que le permiten moverse en la oscuridad, y la presencia y el sonido espectrales de los antiguos habitantes. Pero el sonido ultrasónico de los murciélagos es recuperado, se vuelve audible, mezclándose con su aleteo constante. Es como si se buscara rescatar esa memoria de lo que no oímos o no queremos oír, demandando que alguien escuche, que se le dé visibilidad.
El espectador está afuera, el relato surge desde el cubo, buscando rescatar una memoria que nos acompaña pero es difícil construir. Lo que nos va quedando son el espacio oscuro y las voces que reclaman, que nos recuerdan el dolor, el miedo, el abandono. Quien observa no puede penetrar el hermético espacio, sólo puede intuir lo que plantean los fragmentos de imágenes y frases que apelan a sus sentidos, no son sus memorias, pero allí están reclamando ser escuchadas. Y los que pronuncian las frases son ancianos, testigos contenedores de memoria, una memoria que están perdiendo. Las voces se vuelven un eco que cuenta historias, y las frases que se escuchan parcialmente describen situaciones conocidas. El sonido envuelve al espectador pero sin producir una narración evidente, sólo escuchamos trozos que se diluyen.
La pieza central está acompañada de una serie de dibujos sobre papel impreso en los que se registran las manchas de excremento que el murciélago deja en las paredes, y las frases que pronuncian las voces apenas audibles en la instalación “Tenía mucho miedo”; “La llevaron y la desaparecieron”; “Hace 13 años”; “Nunca había visto algo así”; “Por qué nos tenían tan abandonados, no podíamos entender”; “La niña se fue con la guerrilla”. Esos textos manualmente escritos le sugieren al espectador cuáles son las temáticas centrales que se analizan en la muestra.
En ese espacio oscuro, de imágenes que se diluyen, de un sonido persistente que envuelve y mezcla eco de voces, aleteos y sonido ultrasónico de los murciélagos, surge una lluvia de semillas que denotan la presencia de una naturaleza luminosa, mostrada como la posibilidad de reconstrucción, de atisbos de expectativas de cambio. Y es la propia figura del murciélago la quien tiene la posibilidad de penetrar en la oscuridad pero puede volver a salir, esparciendo semillas que ayudan a fertilizar campos yermos.
Echeverri apela a una serie de metáforas con las que deja ver lo no evidente buscando dar visibilidad a una memoria olvidada. No hay la intención de informar al espectador sino de enfrentarlo a una serie de situaciones visuales y sonoras, sin interés narrativo, retándolo a abordar desde otras perspectivas situaciones conocidas, con la particularidad de buscar ir más allá de lo evidente y frente al horror, abrir un anhelado lugar para la esperanza.
IVONNE PINI
