"Hasta este momento nunca habías pensado en lo que se conoce por existencia. Te explicaré con más precisión. ¿Existe el pasado, concretamente, en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos donde el pasado siga acaeciendo?
–No.
–En los documentos, está escrito.
–En los documentos… Y, ¿dónde más?
–En la mente. En la memoria de los hombres.
–En la memoria. Muy bien. Pues nosotros controlamos todos los documentos y controlamos todas las memorias. De manera que controlamos el pasado, ¿no es así? "
Con estas palabras entre Winston y su torturador, personajes de George Orwell en su libro 1984, Voluspa Jarpa nos invita a su exposición En nuestra pequeña región de por acá, realizada en el pasado mes de octubre de 2014 en el Archivo Distrital de Bogotá. Un intento por seguir ahondando en el significado de lo que representan las versiones de la historia que aprendemos como unívocas e inalterables.

La muestra despliega, a manera de cierre o suma de una etapa, todos los dispositivos para y de la memoria que ha venido utilizando la artista chilena desde comienzo de este milenio para evidenciar de qué manera se impone el recuerdo. Y el olvido. Distribuye en la enorme y compleja sala del Archivo Distrital mobiliario cargado de simbolismo, fotografías históricas, documentos desclasificados, un video y un gran telón de 15 metros de largo.
En una instalación que busca ser narrativa, Jarpa va revelando las pistas –a través de documentos– para descubrir que las muertes de diversos líderes latinoamericanos acontecidas entre los años sesenta y setenta (e incluso 1948, al traer a colación a Jorge Eliécer Gaitán), tiempos de dictaduras y operaciones de gobiernos que se sentían perseguidos por la “amenaza comunista” o por las posturas sociales que representaban, no fueron azarosas y, por el contrario, hicieron parte de un proyecto continental de arrasamiento ideológico. Con un objetivo: “Cómo mantener el control sobre cierto tipo de economías que se quieren instaurar y controlar las materias primas de estos lugares, importantes para Estados Unidos”, explicaba la artista en una conferencia que dictó en Valparaíso, sobre la obra que presentó en Bogotá. Su hipótesis de trabajo es clara: “Está asociada a esta idea de cuándo y cómo se puede manipular el curso de la historia, con qué objetivos, qué produce esto en las sociedades. Si elimino a los líderes naturales de una sociedad, ¿quiénes quedan? ¿Por quiénes se sustituyen?”.
En sus potentes trabajos anteriores, Biblioteca de la No-Historia (2010) y La No-Historia (2011), ejes de su obra, Jarpa le da un sentido a la demencial cantidad de documentos desclasificados de la CIA, volviéndolos libros, libros fragmentados, libros de tachones que son silencios, secretos, libros distópicos, caóticos, libros que se convierten en imágenes confusas, como la memoria de la que hacen parte. Quien los ve, o intenta leer, se lleva una versión de la historia que no le ha sido revelada y a la que difícilmente podrá acceder. Pero, pese a ello, siente que le son un alivio, una revelación que hacía falta para entender ese hoyo negro de la historia nacional. Tan es así, que quien se los ha llevado le ha escrito a la artista su propósito para tenerlos: “Voy a explicarle a mis alumnos lo que ha estado oculto y darle vida a las palabras que han matado”, “Memoria”, “Por mi pareja (que desapareció)”. Jarpa, a su vez, vuelve la suma de estas palabras una suerte de dibujos-manchas, una traducción poética a los propios dibujos que resultan de estos documentos desclasificados.
En Bogotá, sin embargo, esa emocionalidad no se alcanza a sentir con tal potencia, si bien la artista hace uso de prácticamente los mismos recursos de sus obras anteriores (de hecho, el telón de palabras de otros es una de las piezas de la muestra, y su reflejo en la pared resulta poderoso). Quizá tiene que ver con que presenta cinco piezas distintas que buscan estar conectadas, y no necesariamente lo hacen. Abre uno de sus elaborados dossiers de archivos donde reposan, por un lado, los discursos utópicos de los líderes arriba mencionados, y por el otro, las placas con los datos de sus funerales colectivos; le sigue, en la nave central, una pared con los retratos de los líderes y, de nuevo, la imagen de ellos muertos. Al frente está el telón del que ya se habló. En el centro de la sala, varias mesas con archivos abiertos, y en sus muros opuestos, textos ampliados que revelan su contenido. A esta pieza, ya de por sí compleja por la densidad de la información que contiene, se le suma la intención de la artista de citar/controvertir a Donald Judd rompiendo la asepsia del minimalismo al introducirle a uno de sus muebles un archivo imposible de leer (como lo son hasta cierto sentido esos documentos desclasificados). Y finalmente, en la parte posterior de la sala, un video donde la artista está tomando una clase de inglés, pero su fuente de enseñanza son los documentos en cuestión. Así, por ejemplo, una carta en donde el remitente pide información sobre los métodos de tortura empleados en Chile. De tanto repetirlo –el profesor leyendo una primera vez, la alumna repitiendo y siendo corregida una y otra vez por el maestro, y luego, su traducción, lo que hace que tengamos como escuchas que enterarnos a como dé lugar sobre el contenido del documento–, resulta efectivo.
Como se ve, un cúmulo de información inmenso que resulta complejo de asimilar y que, en la enormidad de la sala, paradójicamente se siente distante. En todo caso, al entenderse con claridad que esta exposición resulta un ejercicio de síntesis de un momento de su obra, con seguridad Voluspa Jarpa lo seguirá elaborando hasta que logre transmitir sus inquietudes de la manera más poética posible y donde cada idea esté hilvanada la una con la otra como una pieza de bordado.
DOMINIQUE RODRÍGUEZ-DALVARD
