El pasado mes de septiembre, Rubén D’hers, joven músico venezolano residenciado en Berlín, realizó en Oficina No.1, galería ubicada en el Centro de Arte Los Galpones, una muestra titulada Quebrada escondida. Esta exposición constituyó no sólo su primera muestra individual en Venezuela, sino que además fue la oportunidad para que el público caraqueño pudiera conocer otra faceta de D’hers como artista visual y sonoro, además de músico. D’hers ha realizado muestras sonoras en anteriores ocasiones en diversas salas europeas con características y cualidades similares.
Quebrada escondida es, como en los casos anteriores, una instalación compuesta de dieciocho instrumentos musicales de cuerda con los que crea una ambientación peculiar a partir de la sonoridad. Para esta ocasión, el artista, además de guitarras (su instrumento habitual, con el que toca en conciertos con su banda de rock y jazz libre), utilizó otros instrumentos propios de esta región latinoamericana como el cuatro (instrumento de cuatro cuerdas como su nombre indica) y la mandolina.

Todos ellos fueron colocados en el piso de la galería, disposición que constituye el aspecto visual de la instalación. No obstante, un trabajo de impecable ingeniería sonora fue realizado a través de la computadora, que, sin duda, según la programación aplicada por el artista, modularía los tiempos de cada sonido emitido por cada uno de los instrumentos. Estos sonidos, a su vez, eran posibles por el accionar de las paletas y sus respectivos motores, que pendían con hilos de nilón encima de las cuerdas de cada instrumento. En un principio, todo parecía indicar que el sonido era resultado de un hecho aleatorio, como si el principio pendular de las paletas formara parte del azar. En realidad, si bien ello es posible, no sucede del todo así.
Rubén D’hers, especialista en composición electroacústica y diseño de sonido, graduado en la Bauhaus Universität Weimar, en Alemania, no deja su obra en manos del azar. Los instrumentos son previamente afinados en el momento de la instalación y son ubicados en lugares específicos, por lo que cada sonido tiene una densidad y una acentuación distintas, según su lugar en el espacio. Si bien el aire pudiera repercutir en el movimiento ondulante del nilón y las paletas, el conjunto sonoro forma parte de una estructura impecablemente racionalizada mediante la tecnología. Lo cierto es que el espectador puede distinguir sonidos aislados, autónomos, e incluso hasta efectos sonoros de instrumentos inexistentes como el violín, por ejemplo, pero asimismo puede escuchar un conjunto sonoro, al unísono, de manera absolutamente armoniosa. Es precisamente este concepto, tan importante en la música, el que impera en esta propuesta sonora: el de armonía. Para ello, D’hers crea música “sin ejecutar” el toque directo del instrumento. Su proceso es netamente conceptual, programando, y previniendo un supuesto “ejercicio táctil” del instrumento realizado mediante herramientas programadas.
El resultado es precisamente el logro de una ambientación sonora delicadamente armoniosa. La sala se convierte en un espacio de “suspensión”, de placer sensorial, una experiencia completamente alejada del caos y de la anarquía que resultan de cualquier desafinación o de cualquier arreglo sonoramente disonante. Todo lo contrario. D’hers es músico y, por tanto, cuida de que la combinación simultánea de varios sonidos dé un resultado armónico. Así lo ha señalado: “Cada uno [cada instrumento] está programado con un acorde diferente. Al activar el sistema mecánico, todos suenan al unísono. ¡Que el espectador juzgue si a sus oídos llega una melodía armónica!”.
No obstante, el público puede paralelamente apreciar un sonido de manera aislada, uno independiente del otro. Ello depende no sólo de cómo se sitúe en el espacio, en cuanto a orientación o según su cercanía o alejamiento de un determinado instrumento. Estos se pueden definir también por las pautas temporales que D’hers previamente ha establecido. Hay instrumentos que se accionan antes o después de otros, así como hay momentos en que todos los sonidos se producen simultáneamente. Ello le confiere a la obra una cualidad polifónica muy singular, precisamente porque se perciben momentos “orquestales” que en la práctica no existen. Esta es una de las hermosas virtudes de una instalación sonora como Quebrada escondida.
Rubén D’hers estudió arte en Caracas, y luego, composición electroacústica en Berlín. Fue cofundador y guitarrista de jazz-rock del grupo musical kRé hasta 2007. Desde entonces desarrolla sus proyectos en solitario trabajando en la sonoridad de instrumentos de cuerda en forma experimental. Actualmente indaga acerca de la generación de sonidos en ámbitos específicos considerados por el compositor canadiense Robin Minard, autor del texto de Presentación de esta muestra, como “espacios sonoros”.
SUSANA BENKO
