Sanatorium es una práctica artística híbrida e interactiva, concebida por Pedro Reyes (México, 1972) como un recorrido íntimo, personal y conmovedor a través de un “entorno significativo”. Cada quien transita por ese hilo de conocimiento dispuesto a experimentar experiencias propuestas como terapias sanadoras del ser que inducen a una lúdica no sólo personal sino social. Esto es, a un umbral de cambio.
La notable acogida de esta obra, que tiene un potencial infinito como espacio itinerante que cada quien activa de modo distinto y que ha sido puesta en escena en múltiples escenarios –el Guggenheim de Nueva York, dOCUMENTA 13 de Kassel, entre otros–, no sólo revela la necesidad de juego, de íntima ritualidad, de cercanía y conexión real que tiene el mundo contemporáneo: constituye una excepción en la escena dominante del arte, donde la sociedad del espectáculo y el culto a Baal drenan el potencial de la imaginación artística.
Los diversos ejercicios terapéuticos, tan sencillos como lúdicos, detienen la corriente de lo habitual y replantean las preguntas esenciales –quiénes somos, cómo queremos vivir, qué rastro desearíamos dejar– a medida que vamos por cada una de las habitaciones que sirven como lugares contenedores de instancias interiores.

Sanatorium auspicia una intersección sensibilizadora entre arte y vida propiciando modos de intercambio social que pueden ser anónimos, pero que confieren la sensación de que somos parte de la misma corriente vital, seres en tránsito tan extraordinarios como vulnerables. La honestidad con la que ha sido concebido se transparenta en el Manual de operaciones, que puede ser adquirido por cualquier participante y que incluye una serie de referencias a pensadores capaces de desafiar los paradigmas de su tiempo como Ivan Illich o Jacob Levy Moreno, uno de los pioneros del sociodrama, así como conversaciones con colegas e investigadores determinantes en su concepción. Entre estos, el artista y educador Raphael Montañez Ortiz, quien desplazó el espacio del performance del cuerpo del artista al cuerpo de los participantes en sus eventos de Fisio-sico-alquimia; Antanas Mockus, el alcade de Bogotá (Colombia), que usó la lúdica para transformar la convivencia urbana, y del cual retomó la “vacuna contra la violencia”; o el irreductible Alejandro Jodorowsky, inventor de la psicomagia, que provoca experiencias de sanación a través de la catarsis, término que en griego equivale a “curación”. En suma: dejando atrás la idea del artista como creador de objetos de arte, Reyes propone una práctica que recoge y expande la vía andada por mentes capaces de desafiar paradigmas –además de investigadores médicos– y provoca en los participantes experiencias conectadas a sus historias personales para apostar por el arte como modo lúdico de sanación social. Intento que revive también el legado de Lygia Clark.
Las instrucciones dadas en Sanatorium por este artista inventor del ejercicio Palas por pistolas, que propició ese modo de transmutación de objetos y mentalidades, surgen de una pregunta axial: “¿Puede modelarse otra realidad social a partir de la experiencia de la interacción?”, y de la concepción de la salud como “el modo en que la gente mantiene el sentido de coherencia creyendo que la vida es manejable y tiene sentido”, que debemos a Aaron Antonovsky. La práctica propuesta es un espacio de reconexión con el ser percibido en relación con los otros.
La experiencia debe ser sin duda vivida. Me limito a evocar cómo el espectador, convertido en actor-paciente, es recibido por un estudiante de arte-terapeuta que integra el grupo de voluntarios. Al entrar al Museo de tiempos hipotéticos de vida encuentra una maqueta blanca con espacios que luego contendrán su historia, desde el nacimiento hasta su muerte imaginaria, reconstruida a partir de pequeños objetos elegidos. Reyes diseñó cada espacio para una experiencia narrativa inspirándose en la arquitectura emocional de Goeritz y Barragán.
En Citileaks, botellas de colores anudadas por hilos contienen los secretos inconfesables de los habitantes de la ciudad, que, a cambio de escribir y depositar uno, pueden leer el de algún extraño, en un intercambio tan inusual como liberador. En Epitafios, cada quien juega a vivir su muerte y elegir un epitafio, que talla con un punzón en un papel. En Goodoo, la magia propuesta es intervenir con un muñeco que representa a un ser amado y ejercitar la fuerza de la intencionalidad. En Casino filosófico, el participante escribe una pregunta y elige un dado gigante entre opciones que contienen citas de múltiples pensadores. La frase, ahora oracular, desencadena un proceso personal de reflexión.
En el edificio Metrotech de Brookling, esta clínica trashumante fue visitada por dos mil personas. En Miami recibió en la sede del ICA la marejada humana que llega a la ciudad durante Art Basel Miami Beach. Pero para activar plenamente su potencial sería necesario generar estrategias que trajeran no sólo al restringido público que visita los espacios artísticos, sino tanta gente de barrios distantes, tantos inmigrantes como fuera posible en esta ciudad donde el tiempo atenaza. Sanatorium me remite a esa unidad entre el artista y el otro de la que hablaba Otto Rank. Es una obra donde el correlativo es el amor, ese punto “donde los artistas sienten más fuerte el deseo de la vinculación, el impulso de unir”.
ADRIANA HERRERA
