Iniciemos con una pregunta a aparentemente obvia: ¿Por qué el título? Micromegas. Un fanzine que acompaña la exposición individual de Pablo Vargas Lugo en el Museo Tamayo Arte Contemporáneo (Ciudad de México) detalla: “Micromegas es el nombre del joven habitante de la estrella Sirio, quien protagoniza la novela filosófica del mismo nombre que Voltaire escribió en 1752. Voltaire imagina a Micromegas viajando con un residente de Saturno hasta la Tierra, donde sostienen un diálogo con un grupo de sabios, pese a que Micromegas y el saturnino son unos seres gigantes en comparación con los seres humanos”.
Tal es pues que en este otro viaje interestelar, Pablo Vargas Lugo y el curador Cuauhtémoc Medina eligieron una intrincada composición de obras del artista (el montaje no responde a términos retrospectivo-cronológicos) con una precisión casi quirúrgica. Su selección funciona como un conjunto de índices de los últimos (primeros) 10 años de vida creativa del artista. Como si fuese en código morse, el recorrido (por su trayectoria) punza nodos entre enlaces consistentes y temporalidades creativas.
Regresando a la narrativa literaria, podríamos afirmar que Pablo Vargas Lugo es un “personaje” en sí mismo dentro de esa trama otra (es decir, el medio artístico nacional e internacional), nutriéndose desde la “trama suya”. Condición relacional que entre sus obras recientes deviene expansible a un tercero –el visitante–, quien ejercita su posición y “derecho” dialógico en acto; paso a paso. Afianzando su posición, desglosando el caminar cotidiano como si fuese obligado y agradecido por tornarse silencioso, firme, cauteloso –incluso, metódico–, y en ello, afinar en plena certeza su recorrido. Exactamente como Vargas Lugo ha dado cuerpo a su trayectoria.

Para seguir la relación título-obra, es preciso anotar que el trabajo del artista devendría/deviene (literariamente, pero también como materia) en sombra o eco del gigante Micromega; pues la “inmensidad” artística de Vargas Lugo se mantiene sutilmente contenida y estéticamente decantada; destinando la conformación de una suerte de azar controlado (casi siempre sus temas parecen rebasar las capacidades humanas). Esta exposición posibilita el entendimiento fáctico de la creación de su “originario” (en el tenor de quien crea un “imaginario”) alterno al(a los) origen(es) a-signados.
La muestra también confirma que Vargas Lugo posee un cuerpo de obra sólido y coherente; albergado formal y conceptualmente en tan distintos formatos y técnicas como requiera la naturaleza de sus temas.
Ahora, es preciso aclarar que la solidez visible entre las obras no equivale a una serialidad adherida por prefiguración; como tampoco obliga al espectador a partir de un seguimiento ordenado estético-cognitivo integral de su trayectoria. En realidad, lo que acontece es, justamente, lo contrario.
Entonces llega la segunda pregunta: ¿Cómo logra Vargas Lugo que ante cada una de sus obras ignoremos u olvidemos (aun si es por unos minutos) el resto?
La respuesta es tan imprevisible como el acontecimiento que detona. Decir que detenerse debajo del Mariposario (2011-2014) se asume como primera reacción a una pérdida de memoria; no sugiere una desconexión temática, conceptual, contextual o técnica, entre su cuerpo de obra. Implica que, a pesar de su ágil entrelazo al andar de los años y diversos procesos creativos, la experiencia estética que cada una de sus obras convoca tiene lugar en cuanto es una para cada sí. En esta de/recodificación, más de un centenar de mariposas identificadas por el artista reinventan sus alas como geométricos y coloridos patrones cuyos fragmentos penden de los árboles en la parte posterior/externa del museo. Como si hubiéramos olvidado o perdido un sin fin de naciones –quizá ya solamente evidenciables por su existencia (in)visible–, las alas-bandera de Vargas Lugo nos (des)posicionan entre una región y cientos de regiones diferentes de nuestra capacidad perceptiva-mnemónica, dejando como registro nuevos códigos visuales que horadan la certezas de nuestros viejos saberes. Cada obra es una especie única, endémica, invaluablemente frágil, pues se ofrece íntegra y completamente expuesta, delatora del cúmulo de genialidad del que se desprende. Es ahí, en ese espacio-tiempo impreciso pero innegablemente localizado, cuando el cuerpo atestigua una presencia otra ante(s de) la suya, condición compleja de convocar sin sobreevidenciar el gesto. Vargas Lugo lo logra cabalmente en obras como Ombligo (2010), cuyo centro –bordado al desnudo– atrae no sólo la mirada sino la inflexión del cuerpo para poder recibir-entregando(se); los registros contables como ejercicios matemáticos/manuales anudados en los diversos Quipu (2014); así como percibe y confiesa sin-falla el eco de la existencia –astronómica y (a)propia(ble)– en la serie de Sombras para cráter (2007).
El proceso cognitivo que anima la obra de Vargas Lugo yace en una imaginativa metodología epistemológica que fluctúa entre el cuidado preciso de un científico positivista y la pasión abrumadora de un coleccionista decimonónico. Sin embargo, la “atemporal actualidad” con que resuelve “corporalmente” cada una de sus detalladas y exhaustivas investigaciones acorta la distancia temporal, disciplinar, perceptiva en/entre la experiencia suya, nuestra, y la de sus referentes. Obras como Jardín de piedras (Caligo eurilochus) (2014) hacen acontecer la cancelación de distancia entre la memoria, la obra y lo recordable; desprendiéndose del tenor crónico que como fuego fatuo ilumina, imperfecto, obras-pasajeras.
Llegados a este punto, la tercera pregunta parece evidente: ¿Cómo saber que una obra es capaz de “acortar” esta “distancia mnemónica”?
De haber una sola respuesta, la obra reunida en Micromegas atendería la literalidad de la palabra que le nombra, asumiendo cada “elemento” (pieza) de la ecuación como cuerpos asentados en una inmovilidad exitosamente asegurada. Cuando, ante esta reafirmación obscenamente tranquilizante que envuelve una pre-resuelta dinámica entre obra y mercado –como entre la “voluntad creadora” (pace Nietzsche) ante las vertientes de la “moda” y los fervores encauzados por un tipo de “juicio” curatorial-coleccionista–, el trabajo de Pablo Vargas Lugo despresuriza tales sintomáticas ecuaciones. Sus obras –a las que acudimos desmemoriados– han logrado acontecer en un continuo estado-reconfigurable de cadencias-por-concentración variables entre explosiones (sub)atómicas, cuya inteligencia sensible proviene de una mente aprehendida en el habitar del cuerpo que crea sólo y siempre, por primera vez.
MARCELA QUIROZ LUNA
