Mathías Goeritz ha sido un artista plural, no por haber trabajado todas las disciplinas y materiales, sino por haber abarcado todos los campos: ideas y realizaciones, obras y educación, crítica y publicaciones, organización y participación. Si todo esto fuera poco, como figura singular en la historia del arte del siglo XX, ha sido precursor del minimalismo y de las acciones. Un acercamiento a conocer y comprender a esta figura pone el acento en que supo decir sin vergüenza alguna cuán importante es la emoción. Excepto su inicial aportación en España, es indiscutible que todos sus grandes desarrollos acontecieron en México. ¿Cuáles son sus grandes aportes y a qué se debe que su aura trascendió internacionalmente? Esto sólo puede responderse habiéndolo conocido y entendiendo los núcleos de su trabajo. En 2015 se cumplen cien años de su fecha de nacimiento y un cuarto de siglo de su fallecimiento. Mencionar y analizar la sucesión de áreas por las que se destaca equivale a realmente recibir el obsequio que hizo Mathías. No hablamos de homenaje, porque los aceptaba con su habitual don de gentes, pero no eran de su agrado. Cuando fueron en vida, decía que eran anticipo de la muerte, o para cuando uno ya estaba muerto. Para entenderlo, hay que ir a la diferencia entre formato y contenido. Los formatos ampulosos –como los de los homenajes–, por más que atienden a admiración, reconocimiento, y señalan los merecimientos, destacan por la presentación, “producen más ruido que contenido”. Es habitual que luego de un homenaje, la gente habla del evento, pero si uno pregunta por las razones que motivaron el homenaje, las respuestas son poco específicas, sobre todo, es difícil detallarlas, como en el caso de Goeritz. Por “introducir en México los nuevos lenguajes cuando dominaba el muralismo…, por las Torres de Satélite, como maestro de muchos arquitectos del presente, por la Ruta de la Amistad…”.
En 1985, la galería Kuper –que había sido su galería desde que llegó a México–, organizó una exposición para celebrar los 70 años del artista. Invitó a participar a los amigos más cercanos de Mathías; aun con sólo el círculo de allegados, las obras fueron numerosas y variadas. El artista –quien todavía estaba muy entero física y mentalmente–, agradeció a cada uno esa noche, y en los días siguientes se comunicó nuevamente por medio de su característico epistolario. Unos años más tarde, el Banco Mercantil de la ciudad de México realizó una gran exposición de Goeritz. En el exterior del edificio, un monumental estandarte de más de 15 metros de alto (en esa época, todavía no se usaban esas proporciones para los carteles en las fachadas) recibía al público con una poesía concreta que le regalaron para aquella celebración de sus 70 años. El propio artista mandó a hacer el estandarte, sorprendiendo hasta a la autora, que se enteró sólo al llegar a la inauguración. Goeritz consideró que era un retrato de él con una metodología estética que le apasionaba. Este poema concreto es la estructura para el presente ensayo1.

Semimístico. Sin serlo en el sentido estricto de la palabra, Mathías Goeritz acuña en “acción” otra vertiente del término misticismo. Sin verbalizarlo, siendo muy privado en lo religioso, respeta otras religiones y realiza obras para catedrales y sinagogas, sin discriminar. Para Goeritz, el arte es siempre el gran medio de comunicación.
Manifestador. Algunos de los numerosos movimientos artísticos que asomaron desde el inicio del siglo XX emitieron sus ideas en manifiestos. Goeritz también consideró imprescindible hacerlo, aunque luego –con su también habitual modestia– dijera que sólo el Manifiesto de Los Hartos tenía algunas frases de valor.
Acreditador. Disfrutaba dar crédito a cada persona, por mínima que fuera su colaboración en un proyecto.
Arquitectura emocional. Desarrolló esta teoría en el Manifiesto del mismo nombre, y lo relacionó con su creación de El Eco. Se considera el aporte de Goeritz de mayor significación, donde explica “–[…] quizá por haber perdido el contacto estrecho con la comunidad– al querer destacar demasiado la parte racional de la arquitectura. El resultado es que el hombre del siglo XX se siente aplastado por tanto ‘funcionalismo’, por tanta lógica y utilidad dentro de la arquitectura moderna”.

“[…] Pide –o tendrá que pedir un día– […] una elevación espiritual; simplemente dicho: una emoción como se la dio en su tiempo la arquitectura de la pirámide, la del templo griego, la de la catedral románica o gótica –o incluso–, la del palacio barroco. Sólo recibiendo de la arquitectura emociones verdaderas, el hombre puede volver a considerarla como un arte”2.
Abarcante. Estudió Historia del Arte y Pintura, introdujo en México a los artistas internacionales innovadores de ese momento, como su adorado Alexander Calder; se dedicó a la enseñanza creando sistemas pedagógicos propios, se amplió constantemente como artista en todas las expresiones, realizó vitrales, herrería, obras con iluminación artificial, murales perdurables y efímeros muy diferentes a los de la época de la Revolución, organizó congresos, creó la faceta cultural de las Olimpíadas de 1968, utilizó muy tempranamente el concreto para hacer escultura, fue editor de artes en la Revista de Arquitectura, hizo crítica de arte, escribió prólogos para catálogos, editó pequeños catálogos y libros; tal era su amplio epistolario, que si se extendieran sus cartas darían la vuelta al mundo varias veces; realizó carpetas de estampa; hizo poesía concreta y participó como arte-correísta, fue jurado de los avanzados proyectos de arquitectura internacional como La Defénse (cuando en Francia se decide aceptar hacer rascacielos pero fuera de París, para mantener el plan edilicio de esa ciudad), armó grupos de creación lúdica-artística; introducía a las gentes para que organizaran exposiciones, encargaran y/o vendieran obras; desde que llegó a México aprendió agradecido con artistas y artesanos todas las técnicas que desconocía, también adoptó la opción de diseñar lo que quería hacer y encargarlo a terceros; sin ser arquitecto concibió edificios y asesoró a arquitectos en diversas ocasiones, con excelentes resultados –como El Eco, Las Torres de Satélite, La Ruta de la Amistad, el Hotel Camino Real de la ciudad de México–; desarrolló personalmente, y con colegas, la escultura monumental y la urbana; fue miembro de la Academia de Artes de Berlín y recibió distinciones de diversas asociaciones –como la Michell Ragon, en Artes Plásticas, Literatura y Arquitectura.

Culto, pintor, teórico, hacedor y heterogéneo, son de claro alcance para el lector. En cuanto a Harto, se relaciona con esa expresión y su Manifiesto de Los Hartos, del que redactó varios, en primera persona del singular y en primera persona del plural, ambos en 1961. De esto surgieron exposiciones; el movimiento y las ideas continúan presentes. “Estoy harto de la pretenciosa imposición de la lógica y de la razón, del funcionalismo, del cálculo decorativo y, desde luego, de toda la pornografía caótica del individualismo, de la gloria del día, de la moda del momento… Estoy harto, sobre todo, de la atmósfera artificial e histérica del llamado mundo artístico, con sus placeres adulterados […]"2.
Expresionista. Fue su primera manera de pintar y también de expresarse en el dibujo y en la escultura. Provenía de esa etapa de las artes en Alemania, aunque cambiaría constantemente, siempre reflexionando acerca de sus orígenes y lo que las Cuevas de Altamira y México le aportaron. “Tú sabes que soy hijo bastardo del expresionismo alemán […] siempre me gustaba exagerar y hacer cosas gigantescas o minúsculas. Lo que siempre me chocó es la pinche medida humana. Para mí, siempre cuenta solamente la medida divina"3.
Constructivista. Mucho más allá de sus etapas expresionista, dada, primitivista, brutalista, Mathías Goeritz decanta en una síntesis estructural que a la vez tiene que ver con las formas y los cuerpos geométricos en el plano y en el espacio. Sin estar estrictamente relacionado con los constructivistas rusos ni con el importante movimiento en Brasil, su experiencia con la Bauhaus, con Max Bill y los demás que emigran, lo orienta hacia un amplio y productivo período de su trabajo que así se caracteriza.
Dadaísta. Como caldo de cultivo, los dadaístas se reunían en la casa de sus padres cuando él era niño; al crecer, lo fascinaron las teorías de Hugo Ball, con ese afán de articular experimentaciones artísticas no conformistas, renovadoras frente a la crisis moral de esa época, que Ball puso en acción en el Cabaret Voltaire.
Objetista y agrupador. No requieren explicación.

Escultor. Goeritz es bien conocido como tal; había incursionado muy poco en la escultura en España, junto con su gran amigo escultor y teórico Angel Ferrant. Su formación en Alemania fue como historiador de arte y como pintor. Ya en México, más precisamente en Guadalajara, cuando se inició el diálogo con el arquitecto Luis Barragán –juntos harían proyectos trascendentes–, éste le dijo: “Qué lástima que eres pintor, en México hacen falta escultores”. Mathías inmediatamente comenzó a investigar para aprender ese hacer. Sus guías fueron Ignacio Asúnsolo y el maestro tallador Romualdo de la Cruz; a ambos los mencionaba siempre reconociendo lo agradecido que les estaba. Éste es el origen de los numerosos encargos y propuestas personales de obras escultóricas de Goeritz.
Centro del Espacio Escultórico. El Espacio Escultórico es uno de los enclaves más hermosos en cuanto a la conjunción entre arte y naturaleza se refiere, y es un exponente de las actividades no individuales de Goeritz. Es una conjunción de trabajo de seis artistas con la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la mayor institución educativa del país, en un espacio ecológico protegido, con la creación de esculturas públicas y monumentales y entornos que propiciaron lo interactivo. Se llevaron a cabo conciertos, encuentros y ballet, entre ellos, en La Corona de Bambi, en el Espacio Escultórico II, 1979/80. Esta era la obra de Mathías. Cada uno de los participantes realizó su escultura ubicada en el sector II del Espacio, además de participar en la realización de los muros inclinados rodeando la lava en el sector I.
Gucadigose. Otra idea de trabajo con colegas que llevó a la realización de un doble proyecto en 1975, en donde jugaron con dos letras del nombre de cada participante: Angela Gurría, Geles Cabrera, Juan Luis Díaz, Mathías Goeritz y Sebastián. También realizaron una versión en monedas de oro, con un cambio en el nombre, donde intervinieron además Generador. Se explicita a lo largo del texto.
Gráfico. Goeritz estaba muy interesado en el diseño gráfico y en las formas de relación entre gráfica y sonido.
Como poeta concreto, realizó numerosos trabajos en varias vertientes. Es uno de los temas fundamentales de su creación individual.

El Eco se denomina el proyecto para el Museo Experimental, en el cual Goeritz habla del espacio y la sorpresa como factores de emoción. Espacio como tal, no para cobijar objetos muebles sino para respirar, para medir visual y corporalmente. Para encontrar allí el eco de los propios espacios interiores del ser humano, sus “ecos” emocionales, sus latidos. Goeritz, que no es arquitecto, tuvo el privilegio de poder disponer de todo el apoyo para realizar El Eco gracias a Daniel Mont –quien falleció antes de que se terminara el edificio–, en cuyo homenaje, el único hijo de Mathías Goeritz se llama Daniel.
Escuela de Altamira. El primer gran ejercicio docente de Goeritz. Impactado por la intensidad de las formas primitivas en las Cuevas de Altamira, comprende la importancia de la percepción sensible, así como admira lo que aquellos seres lograron hacer y transmitir en condiciones limitadas. Es donde comienza a impartir sus cursos; por ellos, lo contrataran para enseñar en Guadalajara; a ellos llegará la Dra. Ida Rodríguez Prampolini, quien será se segunda esposa y la madre de su hijo. Si en Altamira descubre las esencias, también allí se mantienen sus notas expresionistas, y en ocasiones, ciertos rasgos un tanto ingenuos. Sin duda que aquí se gesta el inicio de su misticismo.
Eurítmico. El vocablo tiene que ver con armonía en el espacio y con la percepción dentro del ser humano, todos estos son elementos que Mathías Goeritz ejercita.
Eurístico. Atiende a la investigación buscando soluciones diversas, no necesariamente como soluciones aisladas sino propias dentro del esquema de cada ciencia, que en el caso de Mathías Goeritz derivan en el arte, buscando diagonales y evitando simetrías dentro de cada área estética.
Torres de Satélite. En las numerosas colaboraciones, la ejercida con Luis Barragán y Jesús –Chucho– Reyes fue la inicial y la más profunda. “Éramos un trío que funcionaba sobre aceite. Hasta que…”. A mí me dolió mucho que se rompiera. De todas las cosas que se publicaron, sólo una vez respondí porque Bambi me insistió. Yo no consideraba que debía decir nada, las cosas habían sido claras. Barragán estaba de viaje cuando llamaron diciendo que el presidente Alemán iba a elegir la escultura para el nuevo sector de la ciudad. Le avisé a Luis, y me dijo: “Preséntale alguna de tus obras para que elija. No podemos cancelarle la cita. Qué más hay que decir. Y no dejo de reconocer que sin Chucho, con su maravillosa capacidad para el color, ninguno de nosotros hubiéramos alcanzado los resultados que obtuvimos. No sólo en Satélite, en todo lo que hicimos juntos”1.
Antiquietista. Su voluntad y dedicación al trabajo en arte era inagotable.

Hiperquieto. No requiere explicación para el lector, sólo agregar que también dibujaba constantemente, con una imperiosa necesidad y una cierta ingenuidad, en ocasiones independientemente del tema que estaba trabajando. Sus dibujos expresionistas, los de línea muy delgada –hermanos de la escultura aguja que vio en España–, los primitivos y otros, hasta que comienza la etapa geométrica, y ahí, las figuras escasean. Sea a través del negro o de éste en interacción con otros colores, la voluntad de intensidad se manifiesta.
Cosmopolita. Humanista. Esteta. Tres elementos prendidos de la letra “t” de su apellido que son tanto introducción como corolario de este homenaje sin homenajes. Quedan decenas de tópicos por tratar. Entre ellos, que luego de realizar El Eco, aparentemente Goeritz no vuelve a analizar, publicar o ahondar específicamente en la Arquitectura Emocional, aunque en realidad es una teoría intrínseca a la personalidad del artista, y sin mencionarla, la aplica en todo cuanto hace. Sus últimas dos gran realizaciones son el Centro Comunitario Saltiel, en Jerusalén, también conocido como El laberinto de Jerusalén. Es un proyecto que llevó varios años –el encargo surge en los tempranos setenta y se inaugura en 1980–; incluye muchos de los aspectos relacionados con la Arquitectura Emocional y con los grafismos que provienen de su interés por el diseño gráfico y por la poesía concreta. “Nunca me hubiera imaginado que a esta altura de mi vida iban a surgir proyectos tan grandes donde puedo aplicar todas estas cosas que me emocionan"2. La otra creación de 1990, y también para Israel, es una escultura monumental para honrar la memoria de una familia. Esta escultura para AMT, una obra escasamente difundida, son dos placas de acero realizadas en México y enviadas por barco. Con el reconocimiento de los fenómenos vivenciados y de los rendimientos objetivos –memoria, trabajo, inteligencia, astucia, riesgo, etcétera–, Goeritz ha sabido sumir los cuerpos en espacios emocionales, concretando fenómenos objetivos de significación como son las acciones y las obras con su sola conducta como ejemplo, y con un singular sentido del humor.
Sagaz. En la torre del poema concreto es un final sutil, goeritziano. En sus palabras, “Tengo complejo de torre"3. Aún en vida de Mathías hubo varios textos que lo mencionaban como un provocador. En el sentido benéfico y humanista del término, sí, Mathías Goeritz lo era desde su personalidad intensa, motivadora, con ocasionales altibajos de escepticismo y decepción, de los que emergía con su idealismo consistente. Su sagacidad lo impulsó a la variedad e intensidad de aspectos que concretó en su vida. Este homenaje sin homenajes lleva su impronta.
NOTAS
1. A Mathías –Torre a sus setenta años. 1985. Poema concreto de Graciela Kartofel.
2. Todas las citas de declaraciones de Mathías Goeritz provienen de diálogos con la autora.
3. Graciela Kartofel: Mathías Goeritz. Un artista plural. Ideas y dibujos. Conaculta, México. 1992, p. 91 y pp. 98 a 101.
GRACIELA KARTOFEL
Crítica de arte argentina.

