Exposición Individualmar 2015 - may 2015· Por Natalia Gutiérrez

María Elvira Escallón

Museo Nacional de Colombia

María Elvira Escallón es una artista que desde los comienzos de su carrera se inscribe en un pensamiento que acerca. Y hoy, hay una amplia reflexión sobre las maneras que tiene la imaginación de crear pensamientos que acercan, tales como la emulación, la analogía, la simpatía, la empatía, la curiosidad. Todas estas formas de un pensamiento que “acercan lo otro a mí” fueron desterradas por la modernidad, para ser sustituidas por un pensamiento clasificatorio en el cual se asignan lugares de distancia entre las personas y las cosas: “esto está separado de mí”, “esto no soy yo”, “esto hace peligrar mi identidad”. 

Por el contrario, el pensamiento que acerca tiene la virtud de saltarse las clasificaciones e interesarse por otros, como “me interesaría por mí”. Es por esto que las obras de María Elvira Escallón han explorado espacios olvidados y en ruinas, y los ha explorado de una manera documental, pero a la vez los ha podido convertir en espacios como “cuerpos que importan”: por ejemplo, hospitales que esperan, que padecen; edificios que sufren. Y logra hacerlo, porque escoge la vulnerabilidad como punto de vista para describir las cosas. Y la vulnerabilidad crea puentes con el espectador ofreciéndole historias donde cuenta el azar, la desidealización y las paradojas de la vida cotidiana.

Exposición Individual: María Elvira Escallón — imagen 1
María Elvira Escallón. Eclipse, 2014-2015. Pequeño Museo del Aerolito, Santa Rosa de Viterbo.

Entonces, cualquier cosa bajo la mirada que acerca, se convierte en un cuerpo cuya historia merece ser contada. Y es que una de las condiciones del pensamiento que acerca es narrar, contar historias, porque la narración permite conocer a los otros como uno de nosotros; la narración incluye a los otros en experiencias parecidas, espacios que hemos recorrido y lugares donde hemos estado. 

Y aquí empieza todo: el interés que esta artista tiene por las piedras, la lleva a preguntarse por una, el aerolito metálico instalado en el primer piso del Museo Nacional, en Bogotá. Y la curiosidad como una forma de cercanía, le hace preguntarse por el apoyo de esta piedra en el piso, un apoyo curioso porque la piedra no termina en una superficie irregular sino que se apoya en una horizontal muy plana. Al levantarla, se encuentra con que la piedra está cortada, es un pedazo, y desde ese momento se inicia una investigación “detectivesca” que lleva más de dos años. Las pesquisas han conformado un “pequeño museo del aerolito de Santa Rosa de Viterbo”, con archivos de documentos, cartas y fotografías; viajes, y la conformación de un equipo: Juan Peláez como dibujante, y “un departamento de réplicas” para ilustrar esta historia. Es un museo que seguramente continuará. 

Como parte de las acciones de este pequeño museo, la artista le propone entonces al Museo Nacional contar “la singular cadena de eventos” relacionados con la piedra. ¿Y cómo los cuenta? ¿Cómo narran las artes plásticas?, sería la pregunta: pues escogiendo anécdotas precisas donde la piedra revele la mentalidad de un país. Se narra dibujándolas, enmarcándolas, haciendo réplicas del aerolito –de sus fragmentos y del aerolito completo– que se suspende encima del aerolito museal y lo eclipsa. Se narra entonces ficcionando, sospechando, siendo testigo de nuevo de descubrimientos y negociaciones de personas anónimas, trayendo al presente, convirtiendo las anécdotas en acontecimientos visibles. 

Así, por medio de esta narración plástica, nos enteramos de que la piedra es un aerolito metálico que cayó el Viernes Santo de 1810 en Santa Rosa de Viterbo, un municipio al norte de Boyacá. Por medio de los dibujos, que son como una historieta histórica, nos enteramos también de que una niña campesina lo encuentra; se usará como yunque, hasta que, en 1827, dos naturalistas que pasan por Santa Rosa la reconocen como una piedra valiosa y se la compran a esta niña para el Museo Nacional. Nos enteramos también de que resultó imposible trasladarla a Bogotá, pero que desde ese momento, el pueblo instala el aerolito sobre una columna “griega” en la plaza principal. En 1906, Henry Ward, un norteamericano negociante de museos, lo descubre, y así entra este aerolito en una serie de viajes, canjes económicos y de soberanía. 

Ward le propone al alcalde comprarla, y además, un canje por el busto del general Rafael Reyes, quien en ese momento era el presidente de la República, y que había nacido, precisamente, en Santa Rosa de Viterbo. Entonces, el aerolito se desmonta por la noche, mientras el pueblo duerme –se “deslocaliza” de su pedestal–, y emprende viaje a Estados Unidos. En la estación de La Caro, en Bogotá, esta extraña forma despierta la curiosidad de un periodista, que alerta al presidente Reyes, quien impide la salida del aerolito del país. En la negociación económica con Ward, el aerolito se divide: una parte se va con Ward, quien lo divide de nuevo en varios , que están en diferentes museos de Estados Unidos, y el pedazo que queda constituye la pieza número 1 del Museo Nacional. Este fragmento de planeta, entonces, constituye la pieza número 1 del Museo Nacional.

La historia termina con un artículo del periodista Quijano Mantilla, con un bello final: “El gobierno de la República hace muy bien en no dejar que se disponga de lo que sin metáforas, nos ha caído del cielo”.

La historia de este aerolito hace parte de la historia de las mentalidades de un país: recorre la sorpresa, la solidaridad, la ignorancia, la dignidad, la celebración, el olvido, la negociación y, finalmente, esta subjetividad alertada de un periodista que escribe, denuncia y propone cuidar, como una llamada a los artistas, “Lo que sin metáforas nos ha caído del cielo”.

NATALIA GUTIÉRREZ

María Elvira Escallón, por Natalia Gutiérrez | artnexus