POST.EJECT – Exoesqueletos del Límite es el proyecto con el que Julián Dupont (Popayán, 1985) presenta su primera individual, curada por Miguel González en Casa Proartes. Dupont dispone una serie de esculturas que trascienden su propia condición de objetos, planteándose como elementos de una instalación total que se funde con el espacio de la sala, como si éste fuera un gran cuerpo y las obras fueran sus órganos vitales. Los elementos niegan sus propias características físicas autónomas, insertándose en un sistema complejo de alusiones, fusionados por medio de una luz que se vuelve materia y atmósfera. El artista crea verdaderos ambientes que parecen el interior de un aparato electrónico, aunque se trate realmente del exterior de un instrumento conceptual.
Formalmente, construye dos ambientes diferentes en las salas de exposición. La luz dominante de las instalaciones con neón envuelve las demás obras y las conecta entre sí, representando quizá el centelleo neuronal de un momento de inspiración (o cómo se vería una metáfora en el cerebro). De esta manera, las esculturas se tornan en visos de temas complejos que aparecen en función de una divagación. En el primer piso, el color verde croma de la obra Exoesqueletos del límite absorbe las otras piezas de la sala: Móvil (baldosas de cerámica con césped impreso en su superficie, sobre papel higiénico), Páramo (relieves en madera de topografías), Performers (tubos de PVC forrados con tejido croma, recostados sobre madera) y Ekathe el conductor (video de indígena mambeando coca yuxtapuesto con un teatro vacío visto desde la tarima). En el segundo piso, el color rojo de la obra Música ingiere las demás esculturas: Cinta andina (gran instalación con cinta pegante), Paradoja infra-leve (escultura en poliestireno e imanes superconductores) y otra versión de Performers, está vez roja.

La totalidad de estas obras instaladas crea un entorno impresionante, verde en el primer piso y rojo en el segundo. La luz colorea de tal forma que cada espacio es una sola obra; ninguna pieza escapa al sistema, y por ello el sistema es desordenado. El barroquismo de la propuesta está determinado por la saturación de elementos, tanto conceptuales como materiales. Desde el papel higiénico (siglo II a. C.) hasta el imán superconductor (1911) hay toda una historia de la humanidad que se recoge en el proyecto; desde el indígena mambeando coca hasta el fino teatro de ópera del video, hay una gran distancia que la propuesta encoge en un momento o pantallazo, que podría relacionarse con el espectáculo (zapping) como con el sueño. Conceptualmente, la especulación filosófica acerca de la noción de límite posee mucha fuerza como metáfora (exoesqueleto del límite), pero el artista transgrede la mesura de una lógica, relacionando cosas entre sí caóticamente. Esta pérdida de mesura, que podría parecer un defecto, es parte sin embargo de cierto pesimismo que el artista representa; la desviación conceptual (divagación) y formal (saturación) es el resultado de una escalada en la que se llega al pico más alto de virtuosismo pero alude a un vacío-de-necesidad de los propios objetos y la carencia de una razón de ser para ellos.
Dupont reconoce que lo “Post-Eject” o lo dado posteriormente a lo eyectado (eyaculado), más que una línea de fuga, es una desestabilización de toda estructura. Su sistema desmesurado de cosas plantea problemas en relación con la espacialidad de las piezas, que se riegan y fusionan con la luz de cada ambiente, absorbiendo al espectador. La materia pierde la superficie por la sencilla razón de que el punto de vista está dentro del sistema, y por ello, todas las cosas aparecen, como aparecen en el sueño o en la pantalla.
Los tubos de neón que hacen parte de las dos instalaciones principales (Exoesqueletos del límite y Música) sugieren un movimiento congelado, un flujo que quedó paralizado, deteniendo también las imágenes que estaban dadas para fluir. Dupont hace permanecer el atisbo, cada cosa es un bit insertado o un viso de algún tema que como artista lo provoca. La cinta marca “Andina”, siendo los Andes territorio indígena, junto con el indígena y los páramos, no son más que relaciones reforzadas de un delirio. Las obras hacen parte de un conglomerado de pequeñas remembranzas, por fuera de lineamientos conceptuales y abiertas a la libre asociación, que, como lo onírico (explotado en el surrealismo), mantiene elementos flotando en el aire (sea por imanes superconductores o nailon invisibilizado).
Hay un aspecto que queda faltando en todo este complejo sistema y gira en torno a la obra llamada Performers, término que se puede traducir como ejecutores-de-acciones; ejecutar y eyectar es enfrentarse a un límite en el que, al ser transgredido, la acción se convierte en regresión, un proceso de hipnosis o sueño. Se podría pensar que todo límite no existe más que en el instante mismo en que es vulnerado, pero reconocer un borde es también reconocer la necesidad de que el espacio o concepto tenga una frontera y, así, poder formular un estado.
BREYNER HUERTAS
