El arte abstracto, como lo entendemos tradicionalmente en el sentido occidental moderno, ha existido por un siglo. Si tenemos en cuenta tradiciones más antiguas como el arte de principios del Medioevo, el arte islámico o el africano, entonces se remonta a mucho antes. Sin embargo, todavía se mantiene un debate sobre cómo mirar o, dicho en una forma más de moda, “leer” las obras abstractas, qué tipo de significado se les puede atribuir, incluso, si se puede o debe atribuir algún significado. Durante la mayor parte del período moderno, el arte abstracto ha sido tratado en términos meramente formalistas; la idea preponderante es que no hay nada que interpretar o saber; todo lo que pueda derivarse de estas obras se mantiene dentro de términos estrictamente visuales. A pesar de estas incondicionales formalistas, se han dedicado mucho tiempo y esfuerzo para tratar de explicar que gran parte del arte abstracto, en sus miles de formas y contextos culturales, puede en realidad surgir de la inspiración y transmitir un contenido significativo, y la mayoría de los abstraccionistas contemporáneos continúa trabajando dentro del marco de esta sensibilidad.
Por consiguiente, resulta más que interesante el que un artista, como lo hizo Jesús Matheus hace poco, escoja un proyecto que hace hincapié en un enfoque formalista, a la vez que en otras consideraciones extraformales. A lo largo de su carrera, Matheus, quien nació en Caracas (Venezuela), y también ha vivido y estudiado en Brasil, ha buscado con afán los lenguajes figurativos y abstractos del arte en una diversidad de medios, explorando a menudo la naturaleza de la forma y los signos, inspirado en artistas como Joaquín Torres García y sus investigaciones de formas geométricas y figuras talladas. Otro artista que se nos viene a la mente, quizás sin que nos sorprenda, dado el tiempo que Matheus pasó en Brasil, es Lygia Clark, en especial cuando la obra de él recurre a la abstracción geométrica y desarrolla la idea de abstracción geométrica como una actualización de espacio y lugar, concreta o no.

Su reciente exposición en la galería Cecilia de Torres, de Nueva York, exploró estas geometrías esotéricas. La colección de obras, titulada Form. Sign. Place, fue el resultado de un trabajo conjunto entre el artista, la galería y el curador, Juan Ledezma, a quien la galería le pidió que orientara el proyecto. La exposición consistió en un grupo de obras en diversos medios y dimensiones variadas, que iban desde pequeñas obras sobre papel hasta grandes construcciones pictóricas en madera y lienzo. Las propias obras tendían a enfocarse en el cuadrado o el rectángulo, aunque con frecuencia el depurado rigor de la geometría se había suavizado mediante trazos gestuales que podían a veces salir de un campo para “violar” otro, o con sus montajes en papel mixto, sin bordes muy definidos. En todas había una sensación de espacio etéreo o no específico, muy similar a la que se percibe en lo mejor de artistas suprematistas como Kasimir Malevich; incluso, un título recurrente para muchas de ellas era Ideogram. Estas obras también involucraban la idea de la geometría pura como sagrada en su forma, lo que se conectaba de nuevo con la mampostería inca y se repetía con más firmeza en el carácter totémico o estilo fetiche de las estructuras de madera en forma de vigas que también poblaban la exposición, y, de nuevo, se encontraban títulos como Altar y Altar T para reforzar esas ideas.
No obstante, esta exposición, a pesar de toda su conexión con nociones esotéricas de ideas como espacio y geometría espiritual, también se empeñó en que se le observara en el concreto aquí y ahora, en términos muy formales. Aunque constaba de obras de arte individuales, la exposición se concibió de forma que se le percibiera como una sola entidad, una instalación site-specific creada para la galería Cecilia de Torres. Cada obra, impactante a su manera, debía ser vista como parte del gran conjunto, y se hizo teniendo en cuenta un arreglo y una ubicación específicos. Esto podía verse en particular en una obra como Pizarras, un tríptico (de nuevo, una forma de arte muy clásicamente espiritual) que encajaba a la perfección dentro de un arco de ladrillo que ahora enmarca una pared, o en la forma en que las extensiones de madera de muchas de las pinturas creaban una resonancia con las vigas de madera a la vista de la galería, o incluso en la paleta de colores más apagados que el artista ha adoptado y que, desde el punto de vista del ambiente, funcionaba con los blancos y los tonos tierra del espacio de la galería.
Con Form. Sign. Place, Matheus y Ledezma presentaron muchas piezas sólidas y evocadoras, cuyas partes se unieron luego para formar un todo que, aunque no necesariamente más grande, le agregaba una dimensión totalmente nueva a la forma en que uno se conectaba con estas obras. Por un corto tiempo, las polaridades demasiado frecuentes entre abstracción formalista y esotérica, arte individual y arte de instalación, incluso entre el artista y el curador, se resolvieron, y con grandes resultados.
JOHN ANGELINE
