Las trayectorias individuales de Jaime Gili (Caracas, 1972) y Ricardo Alcaide (Caracas, 1967) se corresponden en más de un aspecto. Ambos pertenecen a una generación de creadores venezolanos que han enfrentado el reto de una emigración voluntaria –como una experiencia de distanciamiento e incorporación a los procesos y fenómenos de globalización–, cuyas implicaciones, lejos de confrontar la ruptura con sus orígenes, se han revertido con mayor fuerza en continuas exploraciones de sus identidades locales para aportar sustentación crítica y formal a sus propuestas. Es así como el fundamento esencial de su indagación coincide en la reformulación de los principios de la modernidad y las connotadas consecuencias de su agenda utópica en Latinoamérica, especialmente desde la práctica de la arquitectura. Hasta febrero de este año, ambos artistas exhibieron muestras individuales debidamente diferenciadas en los espacios de Alejandra von Harzt Gallery en Miami.
Ornament and Barricade se titula la exposición de Jaime Gili, una instalación que reúne ocho piezas recientes de diversos formatos inscritas en las premisas de la tradición abstracto-geométrica. En su afán por abrir renovadas vías a la pintura, el artista ha recurrido a una singular metodología de trabajo que especula sobre el improbable diálogo entre significativos protagonistas del arte y el diseño del siglo XX, quienes, en una relación ficcional, son traídos a las costas tropicales de Venezuela. Para su exposición de 2009 en el Kunsthalle de Winterthur reunió a Max Bill con el botánico Henry Pittier –también de origen suizo–, a quien se debe el nombre de un parque nacional venezolano. Luego, en 2012 hizo coincidir al arquitecto Gio Ponti –quien sí estuvo en Venezuela para proyectar la casa Planchart– con el maestro Armando Reverón en las cálidas playas de Macuto produciendo, a partir de ese encuentro, una serie de pinturas que revelarían el juego de contrastes entre dos geografías físicas y anímicas opuestas. La exploración subjetiva que alienta la propuesta de Gili favorece también el desafío por avanzar sobre las premisas planteadas por las vanguardias europeas. Para su actual muestra, elige a Carlo Scarpa, el arquitecto italiano que diseñó el pabellón de Venezuela de la Bienal de Venecia. Sin embargo, como bien señala el propio artista, la pintura goza de un desarrollo lento y pausado que no se limita fácilmente a clausurar series progresivas. En ese sentido, las obras exhibidas son el resultado de la acumulación de una sucesión de proyectos y voces que se aglutinan en el taller londinense del artista para trazar nuevas directrices a la representación.

Pintor por excelencia con una sólida formación iniciada en Caracas para luego continuar en Barcelona y Londres, desde sus comienzos se interesa en explorar la herencia moderna y la tradición abstracto-geométrica, descubriendo en Cruz-Diez, Soto y Otero las claves de su legado, que lo han llevado a experimentar y problematizar inéditas posibilidades. Sus proyectos pictóricos son concebidos mediante intrincadas geometrías apuntaladas en enérgicos planos, ángulos y vértices, que evocan prismas y figuras estrelladas, ejecutadas algunas en blanco y negro, para finalmente desarrollar un cromatismo desbordante que fundamenta el alcance de su destreza no sólo en representaciones bidimensionales, sino también en las intervenciones arquitectónicas proyectadas para espacios públicos y privados.
En la exposición que nos ocupa la obra ha evolucionado hacia una abstracción más analítica incorporando a la tela la totalidad de sus elementos constitutivos. Los distintos planos y líneas paralelas se intersecan mediante trazos diagonales, ortogonales, incluso curvos sobre una superficie pictórica, ahora vulnerada por la acción deliberada y controlada de chorreados y frotados que, junto a una escala tonal de mayor complejidad, ha alcanzado un nuevo nivel de madurez y austera sofisticación. Si bien el montaje resulta clásico en relación con anteriores instalaciones que buscaban dinamizar el espacio previo para crear uno nuevo, la bidimensionalidad del cuadro es levemente trastocada por un pequeño ángulo que separa las pinturas de las paredes y crea un virtual segundo plano. Traspasar las vías de acceso y salida a las obras de sus entrañables referentes le ha permitido, sin duda, avanzar en su propia búsqueda, pero también en relación con las políticas y éticas de la creación. Por ello, Gili alude en el título de la exposición a las “guarimbas” o barricadas caseras que el año pasado protagonizaron violentas protestas en Venezuela, haciendo una analogía con aquello que aprueba o no traspasar los límites de su propio taller.

Displacement, la instalación que presenta Ricardo Alcaide, reúne un diverso repertorio de fotografías intervenidas, esculturas y pinturas que coexisten en un espacio minuciosamente articulado para especular sobre la utopía moderna y la reconstrucción arquitectónica. Vivir y trabajar en São Paulo refuerza su práctica artística fundamentada en el lenguaje de la arquitectura, en especial la de Lina Bo Bardi y sus coetáneos Gio Ponti y Carlos Raúl Villanueva.
A principios de esta década, Alcaide inicia un nuevo cuerpo de trabajo basado en la selección de objetos y residuos encontrados en las obras en construcción para reacomodarlos, desplazarlos y registrarlos en primeros planos de fotografías en blanco y negro. Las estructuras reticulares de esta compilación de modelos y prototipos nos remiten eventualmente a las matrices de nuevas edificaciones. A partir del desecho, Alcaide genera otra posibilidad constructiva que, dentro de su precariedad, mantiene en sus proporciones una cierta referencia nostálgica por los sistemas de orden del modernismo perdido y, a la vez, manifiesta una reacción a los desmedidos desarrollos inmobiliarios de las nuevas megatrópolis, en las que el auge de la construcción y de una economía desbordada contrasta con las viviendas informales, perpetuando las inmensas desigualdades de la sociedad y evidenciando las promesas fallidas de vivienda popular. Sus estrategias compositivas avanzan hacia la elaboración de sencillas maquetas en MDF construidas a partir de sencillos módulos, transitando así desde la representación fotográfica hasta la presentación de estos modelos estructurales, que, no obstante su fragilidad, demandan una profunda reflexión sobre las tensiones que se establecen entre la economía y la arquitectura. Proponen modos de construcción que remiten a la inconsistencia de la utopía moderna y nos refieren a las profundas contradicciones de nuestras realidades. Estructuras que bien pudieran ser visiones de rehabilitación de una sociedad.
Su actual propuesta hace coincidir estas estrategias de producción para de alguna manera trascender la memoria de lo moderno al “intentar reconstruir las ruinas y los restos a través de construcciones ficticias y nuevas composiciones con referencias arquitectónicas”. En esta instalación, el artista plantea una relación dialógica entre la estética formal del modernismo y su imposibilidad utópica. Combina plataformas y mobiliario encontrados con el vestigio de su abstracción, creando correspondencias con un grupo de pequeñas esculturas de bronce y pátina azul intenso, vaciadas a partir de cajas de cartón aplastadas, ahora desplegadas en el piso. Incluye dos fotografías, Land of Order I y Untitled with plastic bag, imágenes icónicas del modernismo de Brasilia y Caracas, intervenidas, la primera, por elementos geométricos, y la segunda, por una bolsa de basura comprimida. El conjunto se completa con lo más reciente de su producción: dos tableros de MDF pintados con laca industrial que bien podrían ser percibidos formalmente como una recreación abstracta y geométrica pero que al aproximarnos revelan las huellas imperfectas de las divisiones de fondo de lo que pudo haber sido una estantería. En una acción deconstructiva Alcaide insiste y metaforiza lo que fundamenta su propuesta: el fracaso de la noción de progreso en relación con la estética moderna.
RUTH AUERBACH
