El espectador que se ve confrontado con las pinturas de Giancarlo Scaglia (1981, Lima) percibe inmediatamente la pericia técnica de la ejecución. Pero allí no se detiene la intención. El artista peruano sintetiza un proceso desde mediados de 2011 hasta 2014, luego de distintos viajes a la isla del Frontón, situada frente a Lima.
Después de varios itinerarios exploratorios, Scaglia decide iniciar una apropiación espacio-temporal, e instala su ‘atelier’ en el lugar. Una isla cargada de historia: desde la comercialización del guano hasta la presencia de los restos de la prisión, siendo también conocida como Isla del Diablo. Para desarrollar su obra trabaja, obtiene y traslada los elementos del mismo ámbito con los que compone la instalación.
Son sus obras productos de la reflexión in situ y se corresponden con la situación histórica, social, y también paisajística, de esta isla pequeña, situada en el océano Pacífico. Desde la gran vitrina exterior, los paseantes contemplan intrigados el conjunto. La disposición de objetos varios y piedras en el piso no es sólo insólita. Lo que estaba en su lugar de trabajo lo desmontó y recompuso en París como lo encontró en la isla. La Mesa de trabajo-mapa, de 2014, conformada por la parte superior del soporte de la tabla de cemento con azulejos que sirvió de escritorio, junto a otros restos encontrados, vestigios y bloques que el artista recuperó del lugar.

Las obras que cubren integralmente el muro izquierdo son denominadas dibujos. Hay un fondo negro, obtenido al rodillo sobre papel japonés de cereza con pintura al óleo; ciertos círculos y rayas o grafismos conservan y dejan aparecer la superficie blanca. Son las huellas de escrituras, mensajes de la presencia humana, impactos de bala testimonios de las ejecuciones sumarias y del bombardeo histórico, ya que las piedras en el piso de la galería remiten metafóricamente a la situación de las estrellas en el cielo. Es así como Scaglia sintetiza una obra que traduce la violencia de la que es originaria.
Y como por mimetismo, las huellas de los disparos están contenidas en las gigantescas pinturas sobre el muro, que sobre el fondo negro asemejan paradójicamente estrellas de una constelación.
La recurrente antinomia entre devastación y construcción producto de la acción humana es un mensaje intenso de Scaglia que logró articular el conjunto con distintas técnicas y materiales. Estas pinturas son el registro cambiante del paisaje de la isla y su atmósfera a distintas horas. La ejecución es limpia y lisa.
La instalación es un encuentro misterioso de pinturas –elementos culturales elaborados, y otros en estado natural–.
Y un estrato ‘metafísico’ o superior remite también a la presencia de los tres mundos prehispánicos. El ámbito subterráneo, con su consabido infierno, el de los hombres y el superior. Es la articulación de los mismos que permite la dosis de eclecticismo con la que sobrepasa la apariencia.
El tema de las constelaciones fue también un hito modernista en la poesía latinoamericana y en el arte contemporáneo. Pero Scaglia busca desmontar las jerarquías de la representación. Dibuja la constelación en el lugar tópicamente opuesto al cielo, es decir, el piso. Toma las medidas de objetos en relación con una situación paradójica con lo astronómico. Y, finalmente, las representaciones de paisajes marinos, con símbolos de los elementos metálicos de ritos precolombinos. El mar se abre al desierto costero que campea próximo.
Esta dinámica entre lo identitario y la negación se destaca como otro elemento que mueve el fondo de esta trama.
No agota el sistema de producción así creado. Todo esto forma parte activa también de la proscripción: de lo oficial a lo marginal, de la metrópoli a la periferia en abandono, de lo oscuro a lo luminoso, lo oculto y lo diáfano, pobreza y riqueza de la historia.
SUSANA SULIC
