Una faceta poco conocida del poeta y crítico de arte Ferreira Gullar fue revelada recientemente en São Paulo. Se trata de su producción en artes visuales, cuyo resultado se pudo apreciar en la exposición La revelación del Revés – collages en relieve de Ferreira Gullar, en Dan Galería. La muestra reunió treinta piezas tridimensionales en acero (en edición de tres cada una), acompañadas de un refinado libro artesanal, con fotografías de Nana Moraes y poemas del propio autor (cada libro, vendido por R$12 mil, contiene una obra).
Las obras tridimensionales son un desdoblamiento de sus collages en papel, pasatiempo que el poeta mantiene desde hace cerca de veinte años y que ya originó dos libros infantiles, Zoología bizarra y Bichos de la basura. La obra, cuyas tiras de papel saltaron del plano bidimensional retorciéndose y mostrando su envés, acabó siguiendo un recorrido natural hacia lo tridimensional, transformándose en piezas de metal.
Recién electo miembro de la Academia Brasilera de Letras, y uno de los autores del Manifiesto Neoconcretista, Gullar afirma en la introducción del libro: “Estos collages en relieve, que aquí se muestran por primera vez, nacieron por casualidad. En verdad, hace mucho tiempo que hago collages. Inicialmente dibujaba botellas, teteras y copas, recortaba papeles coloreados y los pegaba encima. Ya había puesto los recortes sobre el dibujo para, enseguida, pegarlos, cuando mi gato golpeó la hoja de papel y desordenó los recortes. Los pegué tal y como estaban: de eso resultó que el dibujo era el orden, y los recortes, el desorden”.

En entrevistas y artículos para la prensa, Gullar afirma estar distanciado de la poesía por falta de “espanto”, refiriéndose a un pasaje literario suyo en el que dice que “el poema nace del espanto”. Por eso, la producción visual. Su desencanto se refiere, entre otros temas, a la falta de sentido de una parte de la producción del arte contemporáneo, reafirmando los que muchos autores consideran un estado de “todo vale” en el sistema artístico. El filósofo Jean Galard, por ejemplo, afirma que el medio artístico se transformó en un escenario de búsqueda de singularidades, donde cada artista intenta hacer lo que aún no se ha hecho, y no estrictamente lo que es profundo (libro Sentidos y arte contemporáneo, Río de Janeiro, Asociación Museo Ferroviario Vale do Rio Doce). Así, galerías y museos se habrían transformado en un showroom de novedades. Gullar, incluso, señala la necesidad urgente de definir nuevos caminos definitivos frente a ese pluralismo, citando que Herbert Marcuse, en los años sesenta, ya condenaba el pluralismo como un nuevo totalitarismo.
Para Gullar, cierta vulgaridad impera en el medio artístico contemporáneo: “El arte espera dar alegría, no es para torturar a las personas. Igualmente, cuando se hace algo dramático, una pieza, por ejemplo, no es para torturar. Es para expresar y superar el drama que se está viviendo. El arte es la superación del sufrimiento, de la banalidad. Ahora, que un individuo haga un arte que es la propia banalidad, eso es anti-arte”, afirmó recientemente a la prensa.
Gullar fue uno de los protagonistas de uno de los movimientos más importantes del arte brasilero de mediados del siglo pasado, el Neoconcretismo, del que firmó el manifiesto. Contra el radicalismo geométrico de los Concretistas paulistas, los neoconcretos defendieron la libertad, la experimentación, el retorno a la subjetividad, la recuperación de las posibilidades creadoras del artista y la incorporación efectiva del observador como partícipe de la obra. La propuesta sería eliminar el carácter técnico-científico del Concretismo. Los Casulos y los Contrarelieves de Lygia Clark (1920-1988), de finales de los años cincuenta, aparecen como una buena materialización del Neoconcretismo, ya que son desdoblamientos tridimensionales de los planos de sus obras anteriores, las Superficies Modulares. Los Bichos, creados desde 1960, buscaron la participación efectiva del público, revelando así un nuevo capítulo de la historia del arte, en el que se afirman una dimensión política por parte del cuerpo colectivo y una dimensión fenomenológica por la vivencia de los sentidos individuales y espaciales.
El poeta también fue personaje central de los acontecimientos que hervían con el recrudecimiento de la censura por parte de la dictadura militar, a finales de la década de 1960. Mientras surgía el Cinema Novo de Gláuber Rocha y el teatro comprometido y experimental de Augusto Boal, Gullar enterraba un poema en la arena como gesto radical.
Con esta muestra Gullar también afirma que no pretende situarse como artista visual, expone sólo por incentivo de los amigos. Sin embargo, las obras del acaso terminaron transformándose en obras de arte consistentes, revelando la mirada refinada del crítico que un día fue poeta. Desde sus más de ochenta años de vida, en gran parte dedicados al arte, Gullar parece seguir el camino compartido por otros críticos al final de su carrera, como el brasilero Mário Pedrosa y el norteamericano Clement Greensberg, que también se desencantaron de su época. Sin embargo, con su revolución poética personal, que transformó letra e imagen, Gullar sorprende con un nuevo e importante legado estético: el de creer en la potencia creativa de la vida.
ALESSANDRA SIMÕES
