Diez años han transcurrido desde la primera exposición personal de Eduardo Ponjuán en el Museo Nacional de Bellas Artes. Una década en la que su sistema de ideas alcanzó un singular perfil mientras avanzaba sobre diversas problemáticas existenciales del país, potenciando con las construcciones conseguidas el sentido simbólico de materiales ordinarios1. Vistas ahora en perspectiva algunas de sus exposiciones –Limbo, Koan (2003), Lo tengo en la punta de la lengua (en el museo, en 2004), Opera Rex (2006), Salitre, Sur (2007) y Make a wish (2009)–, se advierten como momentos puntuales de una trayectoria que ha llegado al arte cubano contemporáneo un grupo de obras emblemáticas, junto al peso de su magisterio.
Bésame mucho 2 es el título de la reciente presentación individual con la que Ponjuán, regresó a las salas de la institución, ahora como ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas, reconocimiento que le fue conferido en 2013, por la obra de toda una vida. A diferencia de aquel universo de objetos plenos de lirismo y expresiva materialidad, el ascetismo y la parquedad caracterizaron el espacio de discernimiento filosófico que concibió en esta ocasión. La atmósfera introspectiva que lo dominaba puso de manifiesto su interés por presentar juicios cada vez más condensados y evitar la representación; una declaración de intenciones ya notoria en la muestra El ladrón de los guantes de seda (2013) que se confirmó aquí, y se extiende a su intervención en el Sexto Salón de Arte Cubano Contemporáneo con Prólogo para una Historia del Arte Cubano (volumen II) (2014).

Unmonumental (2013) era la instalación que recibía a los visitantes. Compuesta de dos estructuras modulares, albergaba una decena de nichos que –suspendidos en el tiempo– tenían dispuestos en su interior pequeños objetos ligados a la historia personal del artista. En ella había una invitación al recogimiento, invocando ese tipo de retiro en el que pasamos a calibrar los detalles que definen lo verdaderamente trascendente: un nido, dibujos de diversa naturaleza, la base encontrada de una escultura de Loló Soldevilla, una pequeña foto de su abuela colocada sobre la portada del libro Unmonumental. The Object of the 21 ST Century, una escena con diminutas figuras de Mickey y Minnie Mouse, donde aparecía Wifredo Lam, un tique del Museo Guggenheim. Cada uno de estos elementos fijaba una zona de intimidad y significación a partir de fragmentos de una memoria que era evocada. Ese apartado de naturaleza críptica, edificado a partir de referencias y marcas individuales, era el primer gesto de una reflexión en torno a la impermanencia como sostén conceptual que se abría con la exposición.
En ese espacio interior, sin embargo, no se discurría solamente acerca de lo transitorio de la existencia. Se confrontaban las ideas preconcebidas de las cosas. Las cavilaciones del artista, sus juegos y contrastes, revisaban el sentido de lo que consideramos monumental y de lo que no lo es, desde una escala de valores que subvertía la idea común acerca de éste y otros pares de opuestos: interior/exterior, vacío/lleno, memoria/olvido, definiéndolos cual nociones subjetivas, espirituales. Integrados a esa estrategia estaban los nueve lienzos de gran formato en los que con afán hiperrealista reprodujo a gran escala diversos soportes: hojas rayadas sustraídas a un bloc y a un cuaderno (Hoja de papel rasgado y Hoja de papel arrancado), negativos Polaroid marcados con la huella de café dejada por un vaso (Polaroid I y II), un pos-it blanco (Stick notes), la postal de viaje aún sin llenar (Postal), un disco de 45 revoluciones (45 RPM). Recursos aptos para contener apuntes cotidianos, narraciones, historias, escrituras de vida, y estaban allí deshabitados, plenos de ausencia, dispuestos al registro pero aún sin ánima.
Ese trance poético, que sobreviene tras la abstracción y el discernimiento filosófico, permite imaginar un beso (expresión emocional con implicaciones sexuales, eróticas, afectivas) como pilar y único sostén ante las oscilaciones del mundo. Tal vez por eso, Bésame mucho era –con sus líneas de acero– una traducción en extremo sucinta del bolero de Consuelo Velázquez. En aquel gran pentagrama al final de la sala, Eduardo Ponjuán tenía conexión con el pasado (con su madre y su propia infancia), al reeditar el gesto colectivo que convierte en paisaje las líneas del tendido eléctrico. Anudar los cordones de un par de viejas zapatillas y lanzarlas a los alambres es un ademán rebelde y anónimo que aproxima peligrosamente los cables, coloca tensión en lo que pende y deja al viento y al tiempo multiplicar una y otra vez el contacto de tan singular pareja. Ese toque, ese roce, despertaba una nota espiritual que ponía alma a tanto vacío.
NOTAS
1. Papel de techo, asfalto, mayas, lechada, tanques, lonas y monedas, entre otros.
2. Como el bolero de Consuelo Velázquez, expresión de toda una época y una de las canciones más populares del siglo XX.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
