El pasado septiembre, la Galería D’Museo presentó la exposición Edgar Sánchez. Esencia del paisaje, que reunió un conjunto de obras de la producción más reciente de este artista, en la que actualiza su visión de la temática del paisaje.
Edgar Sánchez (Aguada Grande, estado Lara, Venezuela, 1940, y Premio Nacional de Artes Plásticas en 1998) es uno de los pintores venezolanos de mayor reconocimiento, debido tanto a su trayectoria creativa de más de cinco décadas como a sus importantes aportes en el campo de la docencia. Dueño de una sólida cultura y sensibilidad, Sánchez ha realizado notables aportes al arte venezolano en el campo de la figuración y en el desarrollo de una técnica pictórica de planos superpuestos que se construyen a través de un entramado de líneas, puntos y manchas breves. Esto ha dado a todo su trabajo un sello particular y le ha permitido realizar indagaciones plásticas en torno a la textura y el espacio del cuadro, en temas diversos que abarcan la figura humana, los rostros y el paisaje. En sus últimas series, en las que se recrea el ámbito urbano, es interesante destacar cómo los planos de color crean transparencias sucesivas, que desdibujan las formas y configuran un todo velado por una mirada que pudiéramos llamar subjetiva. La ciudad queda envuelta, entonces, en una atmósfera onírica, en la que los transeúntes se funden con los edificios, los anuncios y las calles.

En la exposición que comentamos, Sánchez se distancia de la temática citadina y va al paisaje natural, inspirándose en los parajes que contempló durante su niñez, transcurrida en las fértiles tierras del estado Lara, en el occidente de Venezuela. Una cierta nostalgia, una mirada poética y un tono memorioso se dejan sentir en estas piezas, en las que el artista ha recreado los colores que marcaron los atardeceres de su infancia. En este sentido, Sánchez ha declarado su intención de alejarse del prejuicio de mantenerse en la contemporaneidad y asumir una vuelta al pasado, como una fuente inagotable de imágenes y emociones, que pueden ser transvasadas en un cuadro.
Siguiendo una de las tradiciones más amplias y profundas de la pintura venezolana como lo es el paisaje, Sánchez ha realizado una serie de piezas en las que los protagonistas son el entorno natural, la vegetación, el relieve, el suelo y el cielo. Su mirada no es, sin embargo, retratística, sino, por el contrario, propiamente plástica. A través del audaz cromatismo, del uso de la luz y, en general, de la calidad desdibujada y brumosa de sus planos, el artista logra impregnar al paisaje de un tono muy personal. El paisaje, entonces, se torna un pretexto para tratar de asir la materia del recuerdo, en su intensidad sensorial y en su alejamiento radical de lo concreto y lo palpable.
Las piezas que conformaron la muestra presentan cambios sustanciales respecto a sus series de paisajes anteriores. En primer lugar, la asunción franca del tema que retrata el entorno natural, en contraposición a la reiteración de temas relacionados con la urbe, de su trabajo inmediatamente anterior. De esto se deriva que la figura humana sea suprimida, con miras a focalizar la representación en la vegetación y el relieve. Por otra parte, los formatos se han hecho más pequeños, y los colores tienden a los tonos pasteles.
La curadora de la exposición, María Luz Cárdenas, enfoca la importancia del aspecto técnico de Sánchez en el logro de un espacio atmosférico y sutil. Para ella, “el artista redefine la técnica del puntillismo, trabajando capa sobre capa. Fragmenta. Superpone. Solapa los planos del cuadro y propone una noción expandida del espacio como texto pictórico. Dentro de la totalidad del cuadro, las manchas y brumas se comportan como unidades en sí mismas, plenas de asociaciones que activan la memoria. No son obras decorativas, son tramas de la naturaleza en el recuerdo”.
En piezas como La arboleda, Sánchez hace gala de su gran conocimiento de la pintura como un ámbito cromático. La mirada se sitúa lejana, permitiendo el despliegue de un cielo naranja que abarca casi la mitad del plano, y que aparece cargado de matices y juegos lumínicos. En la pieza titulada En el valle del río se verifica una tratamiento semejante, pero la intensidad de los tonos ha cedido paso a un sutil contraste de verdes y pardos, naranjas oscuros y azules. En En la montaña, Sánchez logra crear un paisaje valiéndose únicamente de tonos verdes.
Esencia del paisaje fue una exposición que, en cierta forma, era esperada. Este acercamiento poético al paisaje, venía gestándose en mucho de la obra anterior del artista, como la hermosa serie Piel y paisaje o como los paisajes urbanos de los últimos años. Aquí, el artista logró finalmente dar forma a esa pulsión.
KATHERINE CHACÓN
