La edición de ARCO de este año se distinguió de las ediciones anteriores tanto por la sensible mejoría en la calidad de su oferta como porque dio pie a un despliegue inusitado del arte colombiano contemporáneo, tanto en la propia feria internacional de arte como en la mayoría de los espacios expositivos institucionales de Madrid. Y digo que ARCO dio pie porque su equipo directivo –con Carlos Urroz a la cabeza– le concedió a Colombia el estatus de país invitado, y esta distinción movió al Gobierno colombiano a diseñar un ambicioso programa de exposiciones que implicó a cerca de veinte museos, centros de arte y algún espacio alternativo de la capital de España. Fue tal el impacto mediático de esta elevada concentración de muestras artísticas en un período tan breve que una publicación on line madrileña tituló la crónica que le dedicó a la misma “Colombia, capital Madrid”. En la feria, el Gobierno colombiano contrató un megastand que ofrecía información sobre el estado actual del arte colombiano, que complementó y reforzó el trabajo de promoción de las diez galerías de arte colombianas –la mayoría de Bogotá, aunque también de Cali y Medellín– que participaron en la feria. También en ella se rindió un homenaje póstumo a Ana Mercedes Hoyos, y Celia Sredni de Birbragher recibió el Premio Especial “A” de ARCO por su destacado papel en la difusión internacional del arte colombiano y latinoamericano; el Banco de la República, el Premio al Coleccionismo Institucional; y la Colección Barón, el Premio al Coleccionismo Privado. La Fundación Iberdrola de España, obtuvo el Premio al Coleccionismo Corporativo.

En la propia Madrid, el programa ARCO Colombiano cubrió un espectro muy amplio de instituciones culturales, como ya dije. En el extremo más prestigioso del mismo figuró el Museo del Prado, que acogió y acoge La lechuga, una custodia de oro macizo cubierta de 1.757 piedras preciosas, realizada en Colombia durante el período colonial. Y en el otro extremo, el de los espacios alternativos, figuraron Matadero, Tabacalera, e incluso uno tan modesto como el Espacio Trapezio, que expuso a Antonio Caro. Y en medio de este abanico heterogéneo, La Casa de América, La Casa Encendida, el Instituto Cervantes, el Conde Duque y el Centro 2 de Mayo de Móstoles. Ni siquiera el Museo Thyssen y el Museo Reina Sofía se abstuvieron de participar, o por lo menos no rehusaron la obligante invitación del Gobierno español a participar en el programa colombiano. El primero expuso Sin título, una pieza antigua de Doris Salcedo, y el segundo, un ciclo dedicado al cine de Luis Ospina.

Una oferta tan abrumadora y heterogénea como ésta compuso, sin embargo, una muestra significativa de un aspecto del arte colombiano, en la que es posible distinguir ciertas tendencias dominantes. La primera es el indudable interés que despierta el tema de la naturaleza, asumido de manera muy difusa como argumento, e incluso como pretexto. El mero repaso de los títulos de las principales exposiciones colectivas incluidas en el programa prueba la importancia esta tendencia. Releámoslos: Tejedores de agua: el río en la cultura visual y material contemporánea en Colombia en Conde Duque; Naturaleza Nominal, en Centro 2 de Mayo; La migración de las plantas en CentroCentro; “Mutis Mutare”, homenaje a la Expedición del botánico español José Celestino Mutis, en El Ranchito y Desnaturalización. Juan Sebastián Cárdenas –uno de los dos curadores de la muestra Acorazado Patacón, abierta en Tabacalera– explica la importancia de esta tendencia en estos términos: “en el mundo de hoy seguimos siendo proveedores de materias primas […] pero podemos decir que el arte constituye una herramienta crítica privilegiada para explorar las implicaciones culturales de ese fenómeno de dependencia de “lo natural”. Explicación a la que quizás habría que añadir la influencia que está ejerciendo actualmente sobre la escena artística bogotana la fundación FLORA ars+natura, dirigida por José Roca, quien fue además cocurador de Tejedoras de agua y curador de Mutis Mutare. Una cifra que sobrepasaron María Willis y Jaime Cerón, cada uno de los cuales curó tres exposiciones, y ambos cocuraron Mutis Mutare. ¡Un auténtico récord!

Pero si el momento irónico de esta tendencia lo representa de manera exquisita Alberto Baraya con sus herbolarios de plantas y flores artificiales que parodian los de la Expedición Botánica de Mutis, Carolina Caycedo y Carlos Motta representan el momento trágico de la misma. Ambos expusieron en la galería Instituto de Visión de Bogotá: la primera, una impresionante fotografía aérea que denuncia la destrucción del medio ambiente por obra de la minería a gran escala. Y el segundo, el video Nefandus, en el cual el artista se vale de una navegación en canoa por el río Don Diego, en la Sierra Nevada de Santa Marta, para relatar como ése u otro escenario natural igual de paradisíaco fue testigo de cómo los misioneros impusieron la moral cristiana a los pueblos originarios, y con ella, la condena de la homosexualidad.

La otra tendencia tiene que ver con la violencia o, para ser más precisos, con el interminable conflicto armado colombiano, que hoy, gracias a los diálogos de La Habana, parece más cerca que nunca de resolverse finalmente. Pero que ha dejado y deja una secuela de dolor y sufrimientos a los que aluden la pieza Sin título de Doris Salcedo, antes mencionada, las pinturas y las maquetas de Iván Hurtado referidas a la devastación causada por la guerra, expuestas en la galería La Oficina; así como Sudario, la impresionante instalación de Erika Diettes, compuesta de fotografías de gran formato de mujeres víctimas de la guerra sucia, que ocupaba la nave central de la iglesia de San José, en el corazón de Madrid. Cabe mencionar igualmente el libro de Carolina Ponce de León dedicado a la fotografía de la violencia hecha por Jesús Abad Colorado, titulado Mirar de la vida profunda y presentado en el pabellón de Colombia en ARCO.

Aparte de estas tendencias dominantes, hay que mencionar la exposición de Antonio Caro en el Espacio Trapezio y la instalación Unas de cal, otras de arena de Miguel Ángel Rojas, en el Museo Nacional de Artes Decorativas. E igualmente, la muestra curada por Santiago Rueda Fajardo dedicada a la fotografía colombiana de los años setenta, que tiene la virtud de ser fruto de una investigación duradera que ha recuperado artistas desaparecidos de la escena, como Camilo Lleras, Inginio Caro o el primer Manolo Vellojín. Su título es el de una de las obras de Lleras: Autorretrato disfrazado de artista, al que se suma la siguiente aclaración: Arte conceptual y fotografía en Colombia en los años 70.

Cabe, finalmente, destacar dos trabajos magníficos. El primero es de Óscar Muñoz y se titula Atramentos –por el líquido negro usado en la antigua Roma tanto para teñir y pintar como para escribir–, y consiste en una espléndida intervención en uno de los cuartos de baño colectivos de una antigua fábrica de tabaco, hoy convertida en centro de arte contemporáneo. El aspecto un punto ruinoso de los lavamanos y las duchas intensificaba el efecto buscado por el artista con unos dibujos y una videoproyección en los que la letra impresa toma el relevo de los retratos y autorretratos fotográficos que por tantos años protagonizaron su obra. “El libro nos preparó para ‘leer’ las fotografías”, sentencio Marshall McLuhan en un ensayo justamente célebre. Y Óscar Muñoz transita de los unos a las otras para llamar de nuevo la atención sobre una de sus obsesiones: la irremediable caducidad de los medios técnicos de conservar la memoria ingeniados por nuestra civilización.
De marcha… una rumba… No, solo un desfile con estética es el título elegido por el artista de La Paila Óscar Murillo para su megaexposición en el Centro Cultural Daoíz y Velarde de Madrid. El cuerpo principal de la misma escenifica el contraste entre sus cuadros agresivos y digamos brutales y el desfile sin fin de estilizadas cabezas de maniquíes que ofrecen las pelucas que las mujeres del Tercer Mundo suelen comprar en el empeño inútil de igualar su físico con el de las deslumbrantes modelos top ten occidentales. La crudeza de la denuncia formulada por este contraste la acentúan unos parlantes escondidos cada tanto tras unas telas pintarrajeadas, en los que se escuchan testimonios de emigrantes en Londres, tanto de América Latina como de África, que relatan cuán dura ha sido su supervivencia en la metrópolis, a la que fueron intentando escapar de la miseria y la violencia de los conflictos sociales y políticos de sus países de origen. Completa la muestra la proyección en una sala cerrada de la planta baja de un video dedicado a la visita de un lotero de La Paila a sus eventuales clientes. En el espacio de acceso vemos en el suelo tres maniquíes vestidos con el uniforme del Ingenio Río Paila, donde el padre de Óscar Murillo trabajó antes de decidir la emigración a Londres con su familia. Allí donde Óscar Murillo pudo convertirse en artista.
CARLOS JIMÉNEZ

