Exposición Individualmar 2015 - may 2015· Por Christine Frèrot

Carmen Mariscal

L’Arc, Scène Nationale

La fotógrafa mexicana Carmen Mariscal (1968), instalada desde hace varios años en París, cultiva desde siempre en su arte, sea cual sea la forma de éste, una vía poética y metafórica en torno al cuerpo humano. Y es su propio cuerpo, símbolo de un vasto universo íntimo y al mismo tiempo cultural –cuerpo-pretexto –, el que nos revela para dar forma a una especie de “diario” en imágenes en las que asocia algunos objetos personales y otros de origen familiar. La estrecha relación que Carmen Mariscal mantiene entre su cuerpo y la estética se remonta lejos en el tiempo, a su propia historia pictórica (pintura del cuerpo o de frutas cortadas por la mitad, las cuales ella asocia con “órganos”), así como a su trabajo hospitalario en México con jóvenes bulímicas o anoréxicas. Esta es su manera de cuestionar, estigmatizar o exorcizar una y otra vez, con sutileza infinita, la complejidad de sus múltiples herencias y orígenes.

La importante exposición que le dedica la Scène Nationale en la ciudad de Le Creusot reúne obras (treinta y nueve fotografías, videos e instalaciones) que se escalonan a lo largo de más de quince años de trabajo (1997-2015). El eje conceptual que el curador y la artista escogieron tiene que ver con el cuestionamiento a la memoria, a sus recuerdos, tanto los relacionados con su familia (de origen catalán) como los de aquello que la vida le aportó a través de su matrimonio, para ampliar aún más la persistencia de las interrogantes que alimentan sus dudas y confirman sus certidumbres. Es pues su propia vida la que tiene la exclusiva paternidad/maternidad de su obra, la que la absorbe y le permite igualmente desapegarse para lograr una indispensable perspectiva. En ese trabajo de memoria que puede ser una manera de exorcizar el pasado, Carmen Mariscal establece puentes entre las cosas, los hechos y las personas; construye hipótesis existenciales; se empeña en descifrar los secretos; analiza lo real y lo desconocido; decodifica, trasciende y poetiza los afectos; construye universos que son para ella familiares y al mismo tiempo misteriosos. Cada una de sus creaciones es una dramaturgia existencial, y el conjunto de obras que se muestra en esta exposición teje con claridad el discurso plástico, intelectual y sensible que se ofrece al visitante.

Exposición Individual: Carmen Mariscal — imagen 1
Carmen Mariscal. De la serie Recuerdo 1/6, 2007. Fotografía en gelatina de plata. 58,7 x 39 cm. (23 x 15 1/5 pulgadas). Cortesía: Galería Maserre, Barcelona.

Dos grandes salas agrupan fotografías e instalaciones agrupadas en varias series de épocas diferentes como La mariée mise en abîme (La novia en efecto de espejos, instalación, 1997-2014), Souvenirs (Recuerdos, 2007-2013), Alice à travers le miroir (Alicia a través del espejo, 2010), o Jalousie filigrane (Celosía filigrana, 2011) (fotografías), mientras que una pequeña habitación oscura –cuyos muros y suelo están pintados de negro– alberga varios objetos que dan sentido a un conjunto llamado The beautiful place (El lugar hermoso 2015). Ya sea que se trate de Elle et nous (Ella y nosotros, instalación compuesta de cinco cabezas de la artista, en resina, unidas por una trenza rubia, 2010); Umbilicus 1/1 (fotografía de la artista cubriéndose los ojos con las manos, mientras unos hilos que brotan de su ombligo van a unirse a bebés, en resina iluminada, colocados en el suelo (2003-2004) o de L’amour en vertige (El amor en vértigo, un espejo, el vestido de novia de su bisabuela y cinco fotografías de la artista llevando dicho vestido, 1997-2014), el universo de Mariscal evoca el encierro y la privación de libertad, la alienación, el dolor… , relacionados con la (¿su?) condición de mujer y madre. Pero es una violencia dentro de la dulzura, es melancolía, más que amargura, sueño y pesadilla a un tiempo. Rostro cubierto, manos atadas u ocultas, cuerdas o trenzas de cabello que enlazan y aprisionan los cuerpos. Su imagen se desdibuja para perderse y poder reencontrarse mejor. Souvenir (Recuerdo) la muestra cubriéndose el rostro con las manos en dos fotografías en las que aparece, a flor de piel, la deteriorada textura de una vieja pared (2007). En Moi, elle, nous (Yo, ella, nosotras, dos fotografías de 2006, 55 x 40 cm), trenzas de cabello artificial enlazan los dos rostros de la artista, con la mirada baja o los ojos cerrados. En el efecto de espejos de sus retratos (¿autorretratos?), su criterio de lo implícito en detrimento de la excesiva realidad corrobora esa disociación del cuerpo y el espíritu, que es, en cierta forma, lo esencial de su búsqueda creadora. El díptico À travers le miroir (A través del espejo, dos fotografías a color, 2010) –en donde, sobre el rostro de su hija, se observan sobreimpresiones de fragmentos de texto y grabados pertenecientes a una edición del libro Alicia en el país de las maravillas– abre una dimensión más sosegada que envuelve igualmente su obra, la dimensión del amor, visible en la serie Roma, donde la mano de la niña cubre delicadamente su pubis (2010).

La instalación The beautiful place constituye la relectura de un pasado que no es el suyo. Para apropiárselo, ella reconstruye el tiempo con los objetos vinculados a la historia de la casa familiar, estructura de dos torres, una de las cuales fue destruida por un incendio. En el centro de la instalación, una “torre” hecha de sábanas antiguas, iluminada desde adentro  es ocupada por pequeñas esculturas de resina roja suspendidas (inspiradas en los tapones de las jarras de vidrio); en una esquina, una cuna en alambre de púas; en la pared, seis serigrafías sobre acero que representan la torre ausente, en las que se leen las palabras grabadas “miedo”, “elegancia”, “inquietud”, y sobre un soporte mural, una pequeña réplica de la torre en acero. En sus tres videos a color de 2005, 2006 y 2010, la artista aborda también los temas de la repetición, la nostalgia de la infancia y el miedo al vacío y a lo desconocido (Espejo, 3’19, 2006; A través del espejo, 3’40, 2010, y Umbilicus rêve, 2’, 2005). A través de estas obras de naturaleza tan diversa, la coherencia de la exposición nos confirma que Carmen Mariscal es una actriz, así como toda una artista. En efecto, al situarse en el centro de esta escenografía pasional, ella escenifica una y otra vez el desdoblamiento infinito de su imagen, siguiendo los pasos y el rastro de su memoria.

CHRISTINE FRÉROT

Carmen Mariscal, por Christine Frèrot | artnexus