Carlos Caicedo

Cruzando la Plaza de Bolívar, Bogotá, 1965. Fotografía análoga. 25 x 29 cm. (9 4/5 x 11 2/5 pulgadas).

Ensayomar 2015 - may 2015· Por Santiago Rueda

Carlos Caicedo

La intuición extrema y la lluvia bogotana

Una de las particularidades históricas del campo de las artes visuales en Colombia es la ausencia de una verdadera cultura fotográfica, patente tanto en los pocos espacios de formación tanto técnica como académica; en la lenta constitución de un campo histórico o crítico sobre el tema, reflejado en las pocas publicaciones existentes y en la indiferencia hacia la fotografía en las ciencias sociales; y en la escasa valoración cultural de los fotógrafos de oficio –de estudio, reporteros gráficos y editorialistas–. 

Sin embargo, el desarrollo de la cultura digital en las últimas dos décadas ha creado una demanda de herramientas de comprensión e instrumentalización de lo fotográfico, aumentando exponencialmente el interés por este medio. La aparición de algunos programas universitarios especializados, el surgimiento de Foto Museo (1998) y su evento bienal Fotográfica Bogotá, del Festival Fotología (2002-8), y la emergencia de la fuerte y súbita tendencia que José Roca denominó “foto-taxonómica” en el campo artístico, establecieron nuevas condiciones y espacios para la creación, el diálogo y la interpretación crítica. 

Algo rezagadas, algunas de las principales instituciones culturales del país como la Biblioteca Luis Ángel Arango, el Museo Nacional, el Museo de Bogotá y la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, se ocuparon de la tarea urgente de adquirir –antes de su pérdida y desmembramiento– archivos y colecciones fotográficas. 

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 1
Cuando las colegialas caen, década de 1970. Fotografía análoga. Firmada por detrás. 25 x 20 cm. (9 4/5 x 7 4/5 pulgadas).

Tardíamente se empieza a descubrir una historia visual que ha permanecido en la sombra y el silencio, y artistas como Carlos Caicedo, el más notable reportero gráfico de la historia colombiana, comienzan a ser valorados fuera del campo de los especialistas. Caicedo es un fiel representante de la generación de fotógrafos que retrató la modernidad sin modernización de la Colombia de la segunda mitad del siglo XX. Como sus colegas Efraín García, Francisco Carranza y Fernell Franco, nació y creció en el campo, en una familia de escasos recursos. Como tantos otros fotógrafos colombianos de este período, llegó a su oficio de manera casual, gracias a las circunstancias del destino. Su arribo a Bogotá y a la fotografía se debe a una tía suya, quien lo llevó a inicios de la década de los cuarenta a trabajar como mensajero y ayudante en Foto Schimmer, y posteriormente pasó a ser laboratorista en Foto Sady, el estudio de Sady González. Pero es en 1949 cuando Caicedo empieza a trabajar para la prensa colombiana. Sus reportajes del período tratan, por ejemplo, la entrega de las guerrillas liberales del Llano, y progresivamente cubren gráfica a gráfica una buena parte de la historia visual de la nación. Su trabajo, determinado por el encuentro con el instante decisivo, que es su especialidad, trata aspectos tan variados como la crónica roja, la fotografía deportiva, la noticia de actualidad, el registro de acontecimientos sociales y las revueltas políticas. Puede decirse que el cuerpo de trabajo más notorio del fotógrafo está reunido en tres grandes temas que elaboró durante sus cuatro décadas de actividades, hasta su retiro, en 1987: la fotografía deportiva, el uso y los contrastes en los medios de transporte en una sociedad rural que abruptamente se urbanizaba, y las imágenes dedicadas a examinar los acontecimientos que suceden bajo la lluvia bogotana. 

Naturalmente, Caicedo reconoce a Cartier-Bresson como el fotógrafo que mayor influjo ha ejercido sobre él. Con generosidad, admite que su aprendizaje en la reportería se debe también a sus compañeros de trabajo en los diarios bogotanos, Ignacio Gaitán, Alberto Garrido, Castro, Enrique Benavides, Cardona, y por encima de todos, Leo Matiz; en sus propias palabras, “un fotógrafo maravilloso, una mezcla entre reportero gráfico y artista"1.

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 2
Esquiador en la Laguna del Muña, 1972. Fotografía análoga. 25 x 20 cm. (9 4/5 x 7 4/5 pulgadas).

Su talento es aprovechado al máximo en la fotografía deportiva, en la que logra gráficas asombrosas. Como pocos, Caicedo logra captar la milésima de segundo exacta, demostrando una simbiosis y un entendimiento con su máquina notables. La afortunada combinación entre el talento innato y el talento cultivado. Como un prestidigitador, es capaz de predecir lo que va a suceder, pero a la vez sus imágenes son producto de la calculada elección del lugar de la toma. Como afirma el propio fotógrafo: “Lo que primero necesita el fotógrafo es ver la foto sin cámara, como lo hacen los directores de cine. La cámara sólo es el complemento de la escogencia que hace el fotógrafo. Por eso, lo mejor es observar sin cámara, y, cuando se encuentra el cuadro preciso, apuntar y disparar"2.

Quizá la gráfica que mejor ilustra su doble condición de maestro del azar y de riguroso observador sea la del esquiador náutico suspendido en el aire a punto de tocar la superficie del agua. El lugar en el que se ha situado para hacer esta imagen es tan inusual y tan original que sufrimos un extravío perceptual hasta que finalmente comprendemos que esa superficie lisa y aparentemente sólida es la del agua y está a punto de ser quebrada por la dinámica figura que desafía la gravedad. 

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 3
Circuito trágico, Bogotá, 1972. Fotografía análoga. Firmada por detrás. 25 x 25 cm. (9 4/5 x 9 4/5 pulgadas).

Otra imagen que surge del cubrimiento deportivo pero que adquiere un carácter emblemático de la historia colombiana de la segunda mitad del siglo XX es La vuelta a Colombia (1963). En ella, un esforzado ciclista es acompañado por un jinete que galopa sobre un caballo. No hay que olvidar que la llamada Vuelta a Colombia fue un evento que capturó la imaginación de los colombianos por décadas, entre otras cosas porque celebraba el establecimiento de redes viales que unificaban a un país históricamente fragmentado por su geografía montañosa. Así, esta imagen contrasta un tiempo premoderno, el de la tracción a sangre y el del uso de los animales como medio de locomoción, el de la mecanización y tecnificación de la vida, y el surgimiento del espectáculo y los tiempos diferidos. Caicedo rinde un discreto y posiblemente inconsciente homenaje a Eadweard Muybridge y su serie Caballo en movimiento (1878), quien, a través de un sistema de cámaras, pudo captar algo tan fugaz que el ojo humano no es capaz de percibir sin ayuda de la fotografía: las casi inconcebibles posiciones que adopta un caballo al galopar, con sus cuatro patas recogidas en el aire por un instante, contradiciendo las representaciones anteriores, donde se ilustraba, y se creía, que los caballos estiraban sus cuatro patas en el galope.

Esta imagen contrasta con el intenso dramatismo de Circuito automovilístico. Bogotá (1972), donde un automóvil de carreras se vuelca violentamente frente a una multitud totalmente desprotegida. Sorprende, de nuevo, la capacidad de Caicedo para captar las fuerzas y los objetos que desafían la gravedad en una fracción mínima de tiempo, pero también, su capacidad de encontrar y encontrarse en lo inusitado y lo improbable, en el instante anterior al desenlace dramático. 

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 4
Vuelta a Colombia-Cundinamarca, 1959. Fotografía análoga. 25 x 20 cm. (9 4/5 x 7 4/5 pulgadas).

En otra imagen, de su serie Elecciones, Caicedo da muestras de su discreto sentido del humor. De nuevo, los medios de transporte son el tema: una pareja en bicicleta es alcanzada por un taxi en un barrio popular de Bogotá. La bicicleta, un ícono local, la llamada “monareta”, con espaldar silla banana, canasta y campana, sirve a esta apretada pareja, que luce los zapatos más inapropiados para el viaje que realizan. En contraste, el automóvil inservible de la izquierda, con una sola rueda, subraya la inventiva, la precariedad y la dignidad de los habitantes de la ciudad. De nuevo, Caicedo es capaz de sintetizar las conjunciones incidentales de lo sucedido en el reducido espacio del encuadre fotográfico.

Es precisamente en las calles de Bogotá donde el fotógrafo es capaz de lograr gráficas notables. La imprevista y frecuente lluvia bogotana, el fenómeno climático más característico de la capital colombiana, habita un lugar en la imaginería popular y en la cultura visual regional, manifiesto en las ilustraciones del Papel Periódico Ilustrado (1880), en las caricaturas de Pepe Gómez en el Bogotá Cómico dos décadas después, y en la obra de los caricaturistas de El Tiempo y El Espectador activos en las décadas de 1940 y 1950, Lisandro Serrano, Luis M. Rincón, Roberto Pinzón y Adolfo Samper. Caicedo, quien compartió la sala de redacción con estos últimos, adaptó para la fotografía el comentario inteligente y divertido de la caricatura, cubriendo las desventuras de los ciudadanos ante las corrientes de agua que bajan de los cerros que delimitan la ciudad y que inundan en días de lluvia sus calles. 

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 5
Caballitos, década de 1970. Fotografía análoga. Firmada por detrás. 19 x 25 cm. (7 2/5 x 9 4/5 pulgadas).

Para realizar una buena parte de estas gráficas, Caicedo se situaba en las ventanas de las oficinas del diario El Tiempo y desde allí observaba a la gente que pisos abajo sorteaba los caudalosos arroyos que bajan por la Avenida Jiménez, cauce natural de la quebrada que en tiempos anteriores bajaba por allí. Desde allí, y situado como un francotirador, logró durante algo más de veinticinco años –su primera imagen de las lluvias es de 1959– un grupo de imágenes que, como pocas, enseñan las urgencias y emergencias cotidianas de la vida bogotana. Así, aparece la inundación de la Avenida Jiménez en 1959 llevándose todo a su paso, las colegialas que caen, el indigente descalzo y, especialmente, el ciudadano común saltando charcos. En todas ellas se hace patente la innata capacidad de Caicedo para disparar su cámara en el momento en que es vencida la fuerza de gravedad, al menos por un instante. 

El 24 de octubre de 1973, día del censo de población, en el que los ciudadanos debían guardarse en sus casas dejando las calles de la ciudad desiertas, Caicedo realizó una serie de gráficas, pues como reportero de un diario tenía permiso para consignar los acontecimientos del día, registrando de modo directo a todos aquellos ciudadanos invisibles que no enmarcan dentro de las estadísticas ni dentro de la versión oficial de la realidad política, dedicando sus placas a los que viven en la marginación, a los desheredados y los mendigos. Una serie que nos demuestra una vez más que Caicedo pertenece a esa tradición de la fotografía que se hace a pie, caminando. Caicedo evita lo horrible, el registro de la violencia o de la muerte, la exhibición de la miseria humana. A diferencia de otros fotógrafos como Cartier Bresson, que hicieron su carrera viajando incesantemente por el mundo, Caicedo es un fotógrafo que viaja al interior de la ciudad, que recorre por décadas las mismas calles en esta ciudad que, en palabras de Juan Manuel Roca, es tan nuestra como lo es de nadie. 

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 6
De reojo, 1967. Fotografía análoga. 25 x 25 cm. (9 4/5 x 9 4/5 pulgadas).

Tres meses antes, el 23 de julio de 1973, Caicedo fue encargado de cubrir el incendio del edificio Avianca, situado a menos de 200 metros de donde fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948, en el llamado “Bogotazo”, día en que Caicedo es casi linchado por la multitud por fotografiar el asalto a la ciudad. Desde un helicóptero realizó la toma del humeante edificio, en ese entonces el más alto de la ciudad. En su estilo desapasionado, la tragedia se presenta como un acontecimiento mudo, sin víctimas evidentes, en la que podría parecer una ciudad fantasma: “Mis fotos son de detalles, no son fotos importantes, no son retratos de gente famosa. El reportero gráfico nace y se hace. Si no nace, puede llegar a serlo. Si sabe descubrir, bien, y si no, también se hace, porque se acostumbra a ver. Un reportero gráfico debe tener olfato, visión, estar metido en las situaciones y poner mucha atención a los detalles"3.

Las fotografías de Carlos Caicedo ocuparon la primera página de El Tiempo por casi treinta años, con imágenes tan habituales y tan sorprendentes como éstas. Su trabajo fue un modelo y un reto parta colegas suyos como Francisco Carranza o Fernando Cano, quienes trabajaban en el diario El Espectador, la competencia de El Tiempo, intentando lograr día a día, la calidad visual de Caicedo, quien siempre lograba la foto de primera página. 

Ensayo: Carlos Caicedo — imagen 7
Elegancia en cicla, década de 1970. Fotografía análoga vintage. Firmada por detrás. 25 x 20 cm. (9 4/5 x 7 4/5 pulgadas).

Sin embargo, los reconocimientos a su trabajo son vergonzosamente escasos. En 1976 el Museo de Arte Moderno de Bogotá ofreció a Caicedo la oportunidad de realizar una exposición retrospectiva que cubriera sus más de veinte años en el oficio. La exposición, curada por Rafael Moure y asesorada por Hernán Díaz y Beatriz González, fue llevada posteriormente a la Galería La Oficina de Medellín, en 1977. Este interés renace veinticinco años después, en 2001, cuando el Foto Museo le realiza una exposición individual, en la que se muestra un breve recuento de su obra y edita un catálogo de la muestra. En marzo de 2014, el mismo Foto Museo apoya la realización de dos documentales, Carlos Caicedo, la mirada silenciosa y Francisco Carranza: la pasión por un instante, ambos dirigidos por Juan Carlos Delgado. Estos documentos, junto a algunos artículos de prensa, constituyen por ahora lo poco que se ha escrito y dicho sobre el fotógrafo. 

Mientras que colegas suyos de la segunda mitad del siglo XX como Leo Matiz, Manuel H. Rodríguez, Sady González, Nereo López y Hernán Díaz alcanzaron, casi todos a una edad avanzada, ciertos reconocimientos nacionales, Caicedo permanece en un relativo anonimato. Su discreción, su excesiva modestia y el celo ante su intimidad, que lo ha caracterizado desde siempre, han contribuido a que su obra sea apenas visible, como sus personajes de la ciudad, anónimos, y de los que se nos revela apenas nada.

NOTAS

1. En entrevista inédita a Gustavo Molina, octubre 14 de 2005.

2. En entrevista con Daniel Samper, catálogo exposición Museo de Arte Moderno, 1976.

3. Molina, Ibid.

* Todas las imágenes que ilustran este artículo son cortesía del acervo de la Familia Caicedo con autorización de reproducción de Patricia Caicedo.

SANTIAGO RUEDA

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