La galería Instituto de Visión abrió sus puertas al público el pasado octubre con una serie de exposiciones dedicadas a mujeres artistas colombianas de varias generaciones. El espacio se posiciona no sólo como galería de arte contemporáneo sino también como un instituto de investigación que busca las raíces históricas de la situación artística actual y, así mismo, de los artistas que forman parte de este nuevo emprendimiento. Basurero utópico es una exposición retrospectiva dedicada a la artista Alicia Barney (Cali, 1952), que, respondiendo a un carácter de archivo, rescata obras de proyectos llevados a cabo unos veinticinco años atrás. La curaduría, a cargo de María Wills, resalta dos líneas de acción de Barney; por un lado, la del trabajo sobre el impacto negativo del hombre en la naturaleza, y por otro, la denuncia de las condiciones sociales de aquellos que dependen de la misma. Hoy en día, cuando la relación entre el arte, la naturaleza y la ciencia es protagonista de la escena artística nacional, entendemos aún mejor el carácter visionario de esta artista que, desde los años setenta, fue pionera nacional del arte ecológico o arte de la tierra. Sus obras, ejecutadas con un marcado carácter conceptual y en ocasiones minimalista, van más allá de poder ser encasilladas dentro de una u otra escuela formal, teniendo también un sentido social y político al que se le añade un aspecto ritual que confiere a las piezas una vida más allá del puro objeto material.

En el centro de la sala encontramos la pieza Río Cauca (1981-2014), compuesta de tres vitrinas a modo de tanques de agua donde se han insertado tubos de ensayo con muestras de agua del mismo río recolectadas por la artista para evidenciar su contaminación. Los tubos se distribuyen a lo largo de la cuenca del río, marcada por un mapa, que nos sitúa el origen de la muestra. Esta combinación de arte y ciencia fue pionera en su época por ser una de las primeras veces que señalaron que ambas disciplinas iban de la mano, denotando que el trabajo de la artista ocurre no sólo en un estudio sino que la labor de campo es tan importante como la ejecución final y que fue fundamental para articular la intención de denuncia de la obra. Las vitrinas se complementan con un archivo fotográfico del trabajo de recolección de las muestras. Esto supuso un paso definitivo a la hora de entender el archivo fotográfico como parte de la obra de arte. Esta colección de fotos sirve como mapa visual y como evidencia de lo que se llevó a cabo en el río. Ambos aspectos, el instalativo y el de archivo, se complementan para darnos una visión que trasciende lo estético y hace evidente el compromiso de la artista con aquello que quiere hacernos ver. La visión de un pez muerto en el agua es una imagen que nos saca de un golpe del lado más estético de las vitrinas.
Queda claro que las acciones de Barney no se limitan a la pura ejecución de la obra, que la artista trabaja para dejar una huella que se perpetúe en el tiempo. Prueba de esto es la pieza de pared Estratificación de un basurero utópico (1985), en la que, dentro de diez tubos de acrílico, se introduce una sección de estratificación geológica, y por encima, residuos de basura, de tal forma que, al sellar la basura, ésta se descompone haciendo que la tierra sea reutilizable en un período de cinco años. El basurero utópico es hoy realidad en sitios en los que los rellenos sanitarios se manejan de la misma manera: haciendo de la basura mezclada con tierra, una montaña que se vuelve parte del paisaje.
Aunque todas las obras de Barney tienen un aspecto social, La requisa hace referencia directa a los campesinos y la tierra. Compuesta como instalación conceptual de suelo, conjura los poderes de la tierra por medio de triángulos de aluminio y semillas de cobre que representan la hoguera, lo femenino y lo fértil. A esto se añaden mazorcas hechas con muelas que representan los dientes que la artista, de niña, veía que faltaban en las bocas de los campesinos. Las muelas, como reliquias de los mártires del campo, y la simbología detrás de los elementos utilizados en esta instalación, nos muestran una Barney más cercana al poder mágico del ritual como medio para exorcizar los males de la sociedad. Para terminar, los Diarios objeto, como ejercicios de recolección de objetos-basura, añaden a la exposición el tono más cotidiano de la artista, que incluso trayendo a colación lo banal de la existencia, no lo hace con objetos íntimos sino con fragmentos de desechos encontrados en lugares significativos mapeados por medio de estos objetos.
Tachada de excéntrica en el pasado por tratar problemas medioambientales, hoy se nos presenta como la madre de una corriente artística que lucha en las primeras líneas de fuego de la cultura contra el deterioro del planeta.
CARIDAD BOTELLA
