Ingresar a los espacios expositivos de la Colección Mercantil donde se presenta el más reciente trabajo de Alfred Wenemoser –figura referencial del arte contemporáneo venezolano–, sin duda puede sorprender y desconcertar al espectador desprevenido, enfrentándolo al encuentro de un ámbito inusitado, reinventado y transmutado por el artista, a partir de su propuesta Retrotransformación y otros métodos de percepción (noviembre de 2014-febrero de 2015).
Habitualmente, esta notable colección privada –orientada al arte venezolano de todos los tiempos– se exhibe, por su naturaleza diversificada, en periódicas muestras de perfil temático, antológico o monográfico, aportando así reveladoras claves a la investigación. La actual exposición constituye la segunda oportunidad en la que este espacio cultural presenta el alcance de innovadoras prácticas museográficas, invitando a un creador contemporáneo con el objeto de establecer relaciones dialógicas entre el ejercicio de su propia praxis y la lectura revisitada de su amplio repertorio de obras. En esta exploración al arte producido en Venezuela, apuesta por la construcción de una memoria crítica que visibiliza estas nuevas experiencias y acredita o niega los postulados dogmáticos de una historiografía en permanente revisión.

Alfred Wenemoser (Graz, 1957), artista de origen austriaco radicado desde 1980 en Venezuela, donde se vincula de inmediato a los artistas conceptuales, emprende el desafío planteado proponiendo una instalación que parte de la selección, transformación y acumulación de obras de la Colección Mercantil. El artista retoma con renovadas estrategias la noción expandida de la percepción de la obra de arte, idea o tema que desarrolla a lo largo de su extensa trayectoria, en la cual se ha planteado invariablemente un sistema binario de relaciones entre el artista, la obra y el espectador a partir de densas propuestas formalizadas, según las exigencias planteadas, en instalaciones, acciones o intervenciones, tanto en el espacio museal como en el urbano.
Retrotransformación y otros métodos de percepción consiste fundamentalmente en la capacidad de transmutar, traducir e innovar la percepción unívoca de la obra de arte. Para ello, escoge tres obras específicas de artistas venezolanos –de origen extranjero como él mismo–, escogencia respaldada por una especial admiración en relación con sus reflexiones y la proyección e influjo de sus prácticas artísticas, para trazar el recorrido de la exposición: el artista viajero de procedencia rusa, Nicolás Ferdinandov, el insigne diseñador gráfico y pintor de origen lituano Gerd Leufert y el creador contemporáneo y amigo personal Roberto Obregón.
A pesar de sugerir lecturas emancipadas, la instalación mantiene un sentido que establece un recorrido posible a través de estaciones o momentos diversos. La entrada a la sala se realiza a lo largo de un túnel rectangular que establece el preámbulo a la exposición, una construcción metafórica que implica, como en anteriores propuestas, un sentido de tránsito, un ritual de paso que nos prepara para acceder a un itinerario de umbrales virtuales. De allí en adelante se revelarán las versiones retransformadas a escala mural de las obras escogidas, siempre en relación con las piezas originales, estratégicamente dispuestas. Es así como Crisantemos, la delicada pieza de Ferdinandov, es atesorada dentro de un panel al cual el espectador accede a través de una escotilla encofrada, y despliega su transformación en un inmenso abanico azul trazado en el muro. Al fondo se impone la presencia de Nenia, perteneciente a la serie de impactantes desarrollos gráficos creados por Leufert que remiten esencialmente a lo funerario, y, finalmente, LDR, una pintura de Obregón expandida en una imponente extensión de pétalos de rosas numerados y distribuidos sobre un saturado fondo rojo. La cuarta pieza, Diafragma, obra del propio Wenemoser, es extendida en el piso simbolizando acaso el mecanismo ordenador y modificador de la percepción a la que nos induce el artista. Por último, una acumulación de más de un centenar de obras enmarcadas, extraídas de las bóvedas de la Colección, es reacomodada y reinsertada suspendiéndola del sistema estructural del techo de la sala. Sin distinguir cronología alguna, el conglomerado de dibujos, grabados y fotografías atraviesa una historia desplazada y aleatoria que recorre fundamentalmente la obra de los pintores viajeros del siglo XIX, la escuela paisajística y notables artistas contemporáneos.
Desde sus propuestas iniciales, Wenemoser se ha apoyado en la selección de objetos simbólicos contenedores de una fuerte carga cultural que le permiten aproximar al espectador a la obra de arte, dando como resultado un trabajo, en extremo complejo, de estructuras mínimas que soportan intrincadas ideas filosóficas. A las estructuras y plegaduras de textiles impregnados en cemento de obras anteriores, incorpora ahora acumulaciones de objetos de arte. Y si bien se mantiene esa atmósfera de recogimiento –favorecida por la penumbra que albergaban aquellas instalaciones austeras, monocromáticas y de difícil interpretación, de los años ochenta y noventa–, esa sensación es reformulada en esta reciente propuesta, por cuanto las entradas de luz, así como los reflectores de sala, son recubiertos con filtros amarillos, rojos y azules transmitiendo una atmósfera cálida y expresiva, como la de un claustro concebido para la percepción anímica y sensorial que recoge fragmentos dispersos en el espacio arquitectónico. Como epílogo, y sólo para contados espectadores, incluye una última estación en los depósitos de la Colección Mercantil, con una selección de piezas cerámicas y un video donde los críticos de arte Francisco D’Antonio y Perán Erminy evocan las posibles conversaciones habidas entre Nicolás Ferdinandov y Armando Reverón, dos personajes que vislumbraron, cada uno a su manera, la conciencia y la percepción de lo subterráneo, uno desde las profundidades acuáticas, y el otro, desde la incandescencia de la luz.
Más allá del reciclaje y la apropiación de imágenes como práctica, la exposición de Alfred Wenemoser protagoniza un acontecimiento existencial y reflexivo que estimula, incluso desde la provocación de una representación otra, renovados “métodos de percepción” y, en definitiva, un ritual celebratorio.
RUTH AUERBACH
