Vida Yovanovich se ha
caracterizado por crear ensayos fotográficos poéticos y contundentes sobre
sujetos y espacios que su mirada acompaña por extendidos períodos logrando
captar una empatía y sensibilidad sustanciales –ya sea sobre la realidad
social, o en condiciones íntimas–, situaciones a las que se enfrenta con una
mirada sin velos alimentada por una profunda sensibilidad.
Sus foto-ensayos son siempre radicales; están al borde de “algo” que no se especifica con obviedad pero hacen palpable la inminencia del presente y el devenir de los sujetos/contextos retratados, en lugares silenciosamente habitados por la muerte, la catástrofe, el abandono, la soledad, entre otras condiciones y secuelas del destino invisto de la existencia.
Usando foto análoga y/o medios digitales, sus fotografías blanco/negro siempre han sido técnicamente impecables. Pero, evidentemente, no son su pulcritud y perfección técnica las que la han situado entre las mejores fotógrafas contemporáneas en México, sino la consolidación de una estética tremendamente poderosa que atestiguan sus composiciones visuales.

Analizando el devenir de su obra, es posible afirmar que esa fuerza y dignidad ante la devastación (siempre presente en sus imágenes) son consecuencia de un solidario y silencioso respeto ante los temas/sujetos con los que ha trabajado; destilando las negociaciones (conscientes o inconscientes) que parten (de) la memoria, la historia, el testigo, la ausencia, el dolor, lo irremediable.
“Grita el silencio”, su más reciente exposición individual en el Laboratorio Arte Alameda, es un proyecto nacido y alimentado durante tres meses de estancia en Austria y materializado durante cuatro años. Obras que acechan la atrocidad de uno de los genocidios históricos que destruyó el existir y sentido de humanidad en la humanidad –el holocausto–, al que Yovanovich se enfrenta a través de su propia insistente presencia dentro de uno de los más letales campos de concentración en la Segunda Guerra Mundial: Mauthausen.
Ésta es la primera ocasión en la que Yovanovich nos entrega un proyecto utilizando como medio exclusivamente instalaciones video-sonoras. Desplazando la inmovilidad de la fotografía análoga que había sido su medio narrativo hasta ahora, en esta exposición la búsqueda estética/ética hace uso magistralmente de la temporalidad del video; duraciones de un acontecer compartible lleno de muerte que nos es puesto delante como un sordo llamado.
En un inquebrantable diálogo entre ocho obras, Yovanovich logra enfrentarnos con temporalidades visuales cuyas cadencias confesadas adentran en el espectador densidades sobre lo indecible. Entre el horror (in)visible que rodea y habita Mauthausen la artista busca rastros, respuestas, “algo” que aún pueda existir entre tanto vacío que emana la memoria del sitio.
Paul Celan afirmó que no había ya nada que escribir después de aquel brutal empeño por extinguir a los otros. ¿Cómo es posible entonces narrar para hacer presente tal atrocidad?
La única respuesta posible por decir en palabras, la encuentro en Jacques Derrida cuando (aun, sin referirse a este hecho preciso) afirmó que una narración (récit) no implica simplemente traer a la memoria el pasado, sino saber que esa recuperación de lo acontecido conlleva una promesa y un compromiso con el futuro. “Grita el silencio” reitera este sentido sobre lo (ine)narrable, tanto como rescata esa promesa y despierta el compromiso respondiendo, como sólo puede hacerse ante aquello que pertenece al abismo de lo inenarrable, usando con agudeza la experiencia-en-duración que permite el video.
Yovanovich da cuerpo y lugar a historias enterradas en una tierra que camina sobre cadáveres creando videos casi-muertos de inmovilidad que resisten el paso del tiempo en una duración-contenida (Memoria que se borra); o bien los 65 pequeños árboles sembrados y cuidados por la artista al paso de cuatro años (Grita el silencio) que esperan en una capilla lateral, como para recordarnos la fortaleza de la vida; como la escucha de testimonios entre tantas lenguas como las que pisaron el campo. Susurros emanados en la oscuridad de un claustro interior por una muro textil curvo bajo la proyección panóptica de uno de los puntos de vigilancia del campo (Torre de control).
Pero entre los aconteceres visuales-sonoros de la muestra señalo la contundencia de la videoinstalación Sálix Babylónica.
Cuatro tomas en loop de un solitario sauce se proyectan a muro completo sobre cuatro paredes. Son filmaciones estáticas del mismo árbol realizadas en cada temporada climática, embelesan –aun sabiendo el contexto y herencia que cargan la imagen, el árbol, el sitio, la historia–; como en una especie de hipnotismo, ese cuatro-veces-árbol jala al cuerpo del espectador al centro de la sala. Cohabitamos el abrumador silencio que Yovanovich recorriera cientos de veces intentando penetrar la memoria material de Mauthausen. Somos testigos de una temporalidad estancada, avergonzada, sí, pero todavía viva. El sauce sobrevive con integridad y determinación.
Después de un lapso
incuantificable de tiempo, inmersos en las evidencias del tiempo y el renacer
de las ramas, notamos que ahí, bajo nuestros pies, está demarcado un cuadrado
señalando las dimensiones de una de las cámaras de gas que exterminaron, al
menos, 200.000 vidas. Pero de pronto, algo se mueve en un(o de los) árbol(es):
un pájaro vuela fuera del interior del árbol con una velocidad y se vuelve casi
invisible. Hay vida en Mauthausen, a pesar de Mauthausen.
MARCELA QUIROZ
