En la breve semblanza impresa en la guarda de Mudanza, su primer libro (Taller Ditoria 2010), Verónica Gerber Bicecci es definida como “una artista visual que escribe”, y su trabajo es descrito como “piezas que son textos y textos que son piezas”. Las piezas reunidas en este libro no dejan de ser ensayos –en un sentido estricto–, aunque revisan la trayectoria de figuras como Ulises Carrión y Sophie Calle, que en algún momento de su trayectoria saltaron de una disciplina a otra por necesidades formales (de ahí, el título del libro), y aún, a partir de distintas estrategias estilísticas y formales —que le son inherentes, de cualquier modo, al ensayo— busca deslindarse —aunque sea mínimamente— del territorio de lo literario. Verónica Gerber Bicecci no pretende hacer una taxonomía tajante que separe los objetos —en los términos en los que también pueden hacerlo una narración o una instalación— en la tierra franca que hay entre arte y literatura. Supongo que, en cierta medida, fue gracias a lo obvio que resultan estas tierras francas al representarlas según los diagramas de Venn que decidió utilizarlas como base formal y teórica para el ensayo visual que sirvió como punto de partida para las intervenciones que realizó (con pintura vinílica y grafito) en los patios y las terrazas del Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM.

Supongo que, por lo mismo,
proclive o atenta a los formatos que permiten productos híbridos (más que a la
posibilidad de lo híbrido per se o un
abanderamiento a consecuencia de esto), fue que sintetizó un signo que es, al
mismo tiempo, un diagrama de Venn y un globo de texto como los utilizados en
las tiras cómicas (y en todos sus sucedáneos). Lo que dice, está dicho de todos
modos, y lo que no se dice (o lo que no se alcanza a decir) está dicho de la
misma manera. Algo tiene que ver la poesía concreta brasileña, y tiene como
antecedente su Poema invertido, el ensayo visual y la intervención a partir
del poema plástico de Mathias Goeritz (y las posibles claves para su
interpretación) que hizo el año pasado en el Museo Experimental El Eco. Este
ensayo visual —que es también un proceso de investigación y, por tanto, una
narración— tuvo como premisa el desciframiento del poema, pero rápidamente se
convirtió –gracias en cierta medida a los resultados de la investigación, pero
también (quiero pensar) a pesar de ellos–, en una nueva codificación; una cifra
que revela la cifra (casi diría que la sublima) gracias a los elementos
sugeridos por la investigación (la representación visual a partir de runas o el
tigre del poema del que se sirvió Goeritz). Puede decirse que el proceso de
trabajo —tal y como lo pone en evidencia la artista— es muy semejante en Poema invertido y Los hablantes. Al menos, en lo que nos permite apreciar
de ese proceso, al que convirtió en parte de la pieza. Puede ser que ante la
evidencia de estas zonas negras (entre lo que puede decir del proceso de sus
piezas y que se convierte en clave y parte sustancial de las mismas) haya
surgido la inquietud por representarlas, en una reflexión visual que parte del
diálogo que se tiene con uno mismo, y que apoyó con una declaración atribuida a
Pascal: “El hombre es un diálogo interior”, y que ilustró con un diagrama (que
también es un dibujo) donde está dispuesto un cuadro con la palabra YO sobre un
globo de texto que está sobre un campo circular negro. Es a partir de este
dibujo (y de que anotó que “conversamos, sobre todo, con nosotros mismos”) que
multiplica el número de globos que tienen intersecciones como diagramas de
Venn, en el campo circular negro. Luego, resignada a que “hay muchas cosas que
no nos alcanzamos a decir”, cubrió de negro algunas de las intersecciones.
Amanda de la Garza llamó espacio negativos —en el ensayo introductorio que
acompaña al ensayo visual— a estos campos negros que simbolizan la paradoja que
entraña lo que no se dice (porque no se alcanza a decir o entender). A partir
de esta dinámica formal donde lo que dice (y lo que no) es representado por
campos blancos y negros, proyectó la representación de las interacciones que
resultan de esta conversación –desde la esfera personal hasta la social— para
convertidas en las esculturas-poema (este nombre —que también usa Amanda de la
Garza— no acaba de ser adecuado, al ser demasiado obvio respecto del lugar que
tiene en esa tierra franca que señalé antes). Convertidas en intervenciones,
apelan —al mismo tiempo— tanto a la escritura jeroglífica como a los anuncios
luminosos. Es precisamente por esto que el proceso de investigación (que es al
mismo tiempo un proceso de codificación) es tan importante. Es aquello que, de
no tenerlo, nos hace ininteligible un contenido, o que, al tenerlo, de manera
automática nos permite acceder a su sentido y finalidad. La obra de Verónica
Gerber Bicecci viene acompañada de un manual que no la explica pero que ilustra
su proceso. Esto le sirve para escindir el objeto de su narrativa y preguntarse —y preguntarnos— sobre el sentido que pudiera tener uno sin el otro.
RICARDO POHLENZ
