Exposición Individualdic 2014 - feb 2015· Por Ricardo Pohlenz

Verónica Bicecci Gerber

MUAC

En la breve semblanza impresa en la guarda de Mudanza, su primer libro (Taller Ditoria 2010), Verónica Gerber Bicecci es definida como “una artista visual que escribe”, y su trabajo es descrito como “piezas que son textos y textos que son piezas”. Las piezas reunidas en este libro no dejan de ser ensayos –en un sentido estricto–, aunque revisan la trayectoria de figuras como Ulises Carrión y Sophie Calle, que en algún momento de su trayectoria saltaron de una disciplina a otra por necesidades formales (de ahí, el título del libro), y aún, a partir de distintas estrategias estilísticas y formales —que le son inherentes, de cualquier modo, al ensayo— busca deslindarse —aunque sea mínimamente— del territorio de lo literario. Verónica Gerber Bicecci no pretende hacer una taxonomía tajante que separe los objetos —en los términos en los que también pueden hacerlo una narración o una instalación— en la tierra franca que hay entre arte y literatura. Supongo que, en cierta medida, fue gracias a lo obvio que resultan estas tierras francas al representarlas según los diagramas de Venn que decidió utilizarlas como base formal y teórica para el ensayo visual que sirvió como punto de partida para las intervenciones que realizó (con pintura vinílica y grafito) en los patios y las terrazas del Museo Universitario de Arte Contemporáneo de la UNAM.

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Verónica Bicecci Gerber. Los hablantes. 2014. Foto: Oliver Santana.

 Supongo que, por lo mismo, proclive o atenta a los formatos que permiten productos híbridos (más que a la posibilidad de lo híbrido per se o un abanderamiento a consecuencia de esto), fue que sintetizó un signo que es, al mismo tiempo, un diagrama de Venn y un globo de texto como los utilizados en las tiras cómicas (y en todos sus sucedáneos). Lo que dice, está dicho de todos modos, y lo que no se dice (o lo que no se alcanza a decir) está dicho de la misma manera. Algo tiene que ver la poesía concreta brasileña, y tiene como antecedente su Poema invertido, el ensayo visual y la intervención a partir del poema plástico de Mathias Goeritz (y las posibles claves para su interpretación) que hizo el año pasado en el Museo Experimental El Eco. Este ensayo visual —que es también un proceso de investigación y, por tanto, una narración— tuvo como premisa el desciframiento del poema, pero rápidamente se convirtió –gracias en cierta medida a los resultados de la investigación, pero también (quiero pensar) a pesar de ellos–, en una nueva codificación; una cifra que revela la cifra (casi diría que la sublima) gracias a los elementos sugeridos por la investigación (la representación visual a partir de runas o el tigre del poema del que se sirvió Goeritz). Puede decirse que el proceso de trabajo —tal y como lo pone en evidencia la artista— es muy semejante en Poema invertido y Los hablantes. Al menos, en lo que nos permite apreciar de ese proceso, al que convirtió en parte de la pieza. Puede ser que ante la evidencia de estas zonas negras (entre lo que puede decir del proceso de sus piezas y que se convierte en clave y parte sustancial de las mismas) haya surgido la inquietud por representarlas, en una reflexión visual que parte del diálogo que se tiene con uno mismo, y que apoyó con una declaración atribuida a Pascal: “El hombre es un diálogo interior”, y que ilustró con un diagrama (que también es un dibujo) donde está dispuesto un cuadro con la palabra YO sobre un globo de texto que está sobre un campo circular negro. Es a partir de este dibujo (y de que anotó que “conversamos, sobre todo, con nosotros mismos”) que multiplica el número de globos que tienen intersecciones como diagramas de Venn, en el campo circular negro. Luego, resignada a que “hay muchas cosas que no nos alcanzamos a decir”, cubrió de negro algunas de las intersecciones. Amanda de la Garza llamó espacio negativos —en el ensayo introductorio que acompaña al ensayo visual— a estos campos negros que simbolizan la paradoja que entraña lo que no se dice (porque no se alcanza a decir o entender). A partir de esta dinámica formal donde lo que dice (y lo que no) es representado por campos blancos y negros, proyectó la representación de las interacciones que resultan de esta conversación –desde la esfera personal hasta la social— para convertidas en las esculturas-poema (este nombre —que también usa Amanda de la Garza— no acaba de ser adecuado, al ser demasiado obvio respecto del lugar que tiene en esa tierra franca que señalé antes). Convertidas en intervenciones, apelan —al mismo tiempo— tanto a la escritura jeroglífica como a los anuncios luminosos. Es precisamente por esto que el proceso de investigación (que es al mismo tiempo un proceso de codificación) es tan importante. Es aquello que, de no tenerlo, nos hace ininteligible un contenido, o que, al tenerlo, de manera automática nos permite acceder a su sentido y finalidad. La obra de Verónica Gerber Bicecci viene acompañada de un manual que no la explica pero que ilustra su proceso. Esto le sirve para escindir el objeto de su narrativa y preguntarse —y preguntarnos— sobre el sentido que pudiera tener uno sin el otro.

RICARDO POHLENZ

Verónica Bicecci Gerber, por Ricardo Pohlenz | artnexus