En la entrada del
Museo de Arte Contemporáneo de Massachusetts, donde la artista Teresita
Fernández realiza una exposición personal con obras de gran formato, la
recepcionista ofrece al visitante la oportunidad de tocar una maqueta en
miniatura de una de las instalaciones que verá en la galería, Lunar (Teatro). La obra consiste en un
mar de esferitas de cristal colocadas en el piso de un espacio delimitado por
unos escalones, que desembocan en el corredor por donde camina el espectador, y
una pared de fondo con una secuencia de ventanas altas a todo lo largo, que
ofrecen una vista del paisaje de North Adams.
Fernández había empleado estas esferitas en numerosas ocasiones, debido a su capacidad para reflejar los alrededores. En este caso, el reflejo del techo, ventanas, e incluso el paisaje exterior, hacen de lo visto una imagen de la vastedad en lo minúsculo. Desde su posición baja en el corredor, el espectador percibe ese mar de cristales como una continuación de la luz procedente del exterior adentrándose en el edificio. Este efecto se asemeja al logrado por algunas obras arquitectónicas de Frank Lloyd Wright, en particular la casa en Fallingwater, que traducen al lenguaje constructivo moderno la estética tradicional japonesa como una de continuidad y flujo. No es casual que Fernández mantenga un estrecho diálogo con la cultura de Japón, donde vivió por unos años y ha regresado a menudo.

La tensión entre opuestos, como el interior y el exterior, lo minúsculo y lo gigantesco, que se manifiesta en esta obra, es, de hecho, uno de los temas centrales de la muestra, que Fernández ha titulado Así en lo alto como en lo bajo, inspirada en un poema de la tradición védica. Dicha tensión se traduce en un contrapunteo entre materiales, formas y motivos iconográficos, pues, aunque de apariencia abstracta, la obra de Fernández es esencialmente simbólica.
La instalación que inicia el recorrido de la exposición y se esparce por las paredes de un corredor perpendicular, Sfumato (Épica), está formada por cientos de piedras de grafito sólido adheridas a la pared, debajo de las cuales Fernández dibujó una sombra alargada; de esta manera, lograba un efecto óptico atractivo como de trampantojo. La forma del conjunto es como la de una constelación que acompaña al visitante en su traslación por el espacio. Irregulares en sus formas individuales, las piedras se funden en una onda homogeneizante en la horizontal, pero el peso vertical de las sombras produce un efecto visual que atenúa el movimiento. Asimismo, la obra destaca la paradoja implícita en que la masa de la piedra de grafito sea lo que otorgue dinamismo a la forma, mientras la ligereza de la sombra dibujada contribuye a su pausa.
El efecto de tensión de fuerzas visuales que se mueven en direcciones opuestas tiene un correlato en Sol negro, otra gigantesca instalación compuesta por tubos traslúcidos de policarbonato, coloreados en negros, amarillos, naranjas. Fernández cuelga los tubos del techo de forma descendente desde la galería del tercer nivel hasta el primero, o viceversa. En cualquier caso, la obra crea una sensación contradictoria, pues por un lado pareciera una especie de cascada de franjas oscuras y brillantes en movimiento, mientras que por otro sugiere una forma arquitectónica, ya sea un techo si se mira desde abajo, o una escalinata, desde arriba. Al igual que Lunar (Teatro), donde la transparencia de las ventanas permitía el efecto de continuidad, en Sol negro los tubos traslúcidos integran el techo a la imagen de la pieza vista desde el primer piso.
Estas tres obras constituyen el centro medular de la exposición. No solamente por su carácter expansivo y gran escala, sino también porque ellas ilustran con claridad el planteamiento artístico de Fernández en esta muestra, entendido como el replanteamiento del género del paisaje mediante obras que demandan una experiencia perceptual distinta, la de un espectador ambulante. Más que la contemplación de una imagen fija, Fernández propone una experiencia viso-motora, un recorrido corporal que se conjuga con un recorrido visual. En el texto del catálogo, Denise Markonish señala que los visitantes “[…] se mueven por las instalaciones de Fernández y las experimentan tal y como se experimentaría una pintura de paisaje, componiendo una imagen por pedazos a partir de su compleja secuencia de materiales, luz y espacio”1. Sin embargo, las obras no difieren mucho de las instalaciones y ambientes habituales en exposiciones monográficas de museos o en bienales internacionales.
A estas tres instalaciones se suman una serie de obras bidimensionales sobre la pared (paneles cromados de diversos tamaños) y dos esculturas que dialogan entre sí, Bonsái y Rorschach. Ambas consisten en formas escultóricas cromadas en oro y nailon fundido con una base rectangular. Con ellas, Fernández ilustra nuevamente la tensión entre opuestos: la mancha plana y simétrica de Rorschach adquiere forma volumétrica y semeja unas formaciones rocosas; es una abstracción de paisaje. En cambio, el bonsái aparece como maqueta en miniatura del paisaje doméstico cultivado de la tradición japonesa. En la exposición, su miniaturez se acentúa al ser colocado junto al inmenso panel Dorado (mar de obsidiana). En estas obras, Fernández continúa desarrollando un tipo de producción que se apoya en la formidable fuerza expresiva y belleza de los materiales minerales (grafito, oro), sin dejar que éstos opaquen el sentido simbólico de sus imágenes. No faltan alusiones a motivos significativos como montañas, escaleras, paisajes. En cierto sentido, son obras de una realización técnica impresionante, con un fundamento estético seguro.
Nacida en Miami, Fernández estudió artes en la Universidad Internacional de Florida y en la Universidad de Virginia. Su ascendente carrera recibió un gran impulso al ser nombrada por Barack Obama para la Comisión Nacional de Bellas Artes, siendo la primera persona de origen latino en ocupar un cargo allí. Con esta exposición personal en el Museo de Arte Contemporáneo de Massachusetts, Teresita Fernández afianza su posición sólida entre los artistas contemporáneos norteamericanos.
NOTA
1. Denise Markonish, “Nothing rests; Everything Moves; Everything Vibrates”. En: Teresita Fernández, As Above So Below (North Adams, Massachusetts: Museum of Contemporary Art, 2014): 68.
ELVIS FUENTES
