Unos 500 kilómetros al sur de Santiago y en un país altamente centralizado, Concepción logra ser un polo económico y cultural con una escena artística diferenciada, desarrollada los últimos quince años pese a la precariedad del sistema, y principalmente gracias al poder de autogestión y asociatividad de sus artistas. Puede ser por la falta de espacios de exhibición, o porque el contexto urbano y geográfico en sí tiene un considerable espesor histórico y simbólico, que aquí se ha tendido a trabajar fuertemente con el territorio.
Todo este preámbulo es para indicar la particularidad de la obra de Óscar Concha (1964). Su obra se debe justamente a esta trama, así como su lugar en la escena santiaguina: lejos de las preocupaciones del epicentro obligado, de su academicismo y maneras teorizadas, pero cerca de esa visualidad minimalista que lo ha definido; capaz de atravesar diversidad de estrategias, pero más que nada atento a los cambios de la ciudad donde transita. Y, aunque no es alguien que suela estar en el circuito de la capital chilena, quienes han estado alerta a lo que ocurre más al sur saben perfectamente de quién se trata.

Dentro de las tendencias pictóricas surrealistizantes de los años noventa en Concepción, trabajó con una consigna que permanece: menos es más. Era un trabajo desde la huella y el lugar, de demarcaciones y manchas sutiles que significaban ciertos rastros de la naturaleza, la geografía y el tiempo. Luego, centrándose en objetos de su entorno, como elementos de construcción, cañerías e inodoros, fijó sus siluetas como formas gráficas enigmáticas, conectando con lo urbano. Formado en diseño en un instituto profesional, su marca estaba ajena al peso que tenía la pintura desde la escuela de arte universitaria.
Inmerso reflexivamente en la ciudad, al artista le interesa recorrer veredas y calles, observar, sacar la cámara fotográfica y detenerse en ciertos puntos para registrarlos, recoger algo que llamó su atención o conversar con algún personaje significativo del lugar. Éstas han sido operaciones usuales que han derivado en acciones, intervenciones, fotografías, videos, objetos, obras gráficas y pequeños folletos, donde lo pictórico es una formulación más.
La muestra Suelo y muro, integró los resultados gráficos y objetuales de una serie de investigaciones realizadas durante los últimos años en Concepción. Allí aborda problemáticas relacionadas con arquitectura, memoria y patrimonio, tanto desde el contexto del terremoto que afectó profundamente a la zona en 2010 como desde los drásticos y globalizados procesos inmobiliarios de una ciudad que engendró un particular modernismo en los años sesenta, muy en sintonía con la vida de barrio que había en torno al centro y que hoy se está perdiendo.
A través de pinturas minimalistas y fotografías, Concha puso en evidencia lugares significativos o fenómenos urbanos que están afectando a la ciudad en su esencia. En una serie de cuadros hechos con pintura acrílica sobre madera aglomerada, visibilizó el trabajo de embaldosado que encontró en zaguanes de casas antiguas y que registró poco antes del terremoto. Se trató de “Proyecto 20” o un repertorio de diseños abstracto-geométricos que bien podían recorrer desde el art decó al op art y que han ido desapareciendo bajo el efecto de las aplanadoras.
En fotografías, hay detalles decorativos encontrados en el edificio Tucapel y en la Remodelación Paicaví. Se trata de fragmentos de dos clásicos de la arquitectura sesentera penquista, que son al mismo tiempo íconos de una historia social. En grandes imágenes, hay además acercamientos al suelo y al muro de un espacio vacío que dejó un edificio demolido en la intersección de dos céntricas calles. Bajo encuadres precisos, lucen el piso averiado, piedras, cemento partido, hoyos, y las huellas que dejaron las habitaciones en los muros que quedaron en pie.
Junto a las tomas fotográficas o sobre las mismas fotos hay siempre una cartografía, un plano cuadriculado donde están señalados estos hallazgos propios del deambular por la ciudad. Después de estos recorridos, lo que hace Concha es una operación de limpieza sobre algunos escombros o extractos de modernidad. La reproducción geometrizada de ciertos fragmentos de la memoria local pone en valor la conciencia estética y social que hubo en esta arquitectura, ícono de la utopía que sucumbió al neoliberalismo.
El artista cruza ascetismo y ruina, y –al mismo tiempo– espacio urbano y espacio doméstico. Tras la demolición, lo que estaba en el suelo, ahora, sin polvo ni mancha, está en los muros: el diseño encontrado en los vestíbulos y una alfombra que ha sido timbrada con la palabra “zaguán”. El grabado a fuego –que es posible ver en un video con el registro de la acción performática– es nuevamente una señal que nos deja suspendidos más bien en el concepto y la ausencia. El zaguán ya no está, sólo allí su marca y el timbre hecho en metal como un objeto escultórico depositado sobre la mesa.
CAROLINA LARA
