Chile 3014. El Museo
Histórico Nacional. Un niño va de la mano de sus padres, mirando las vitrinas
en las que se exponen los acontecimientos más importantes de la historia de su
país. Se detiene frente a una escena en la que aparecen dos señores dándose la
mano. “¿Papá, por qué se dan la mano esos dos señores, son amigos?”. Su padre
se encorva y tuerce el gesto.
El artista chileno Nicolás Grum presenta su “Museo Futuro”: la puesta en escena de diversos y controvertidos capítulos de la historia reciente chilena. Grum ha escogido hechos polémicos por su ambigua interpretación, o directamente, manipulación, y los ha convertido en dioramas, imaginando cómo sería el “museo futuro”, la forma de presentar la “verdad” en los años venideros. Problemática es decir poco. Como entiende Lyotard, la posmodernidad se identifica por el fin de los “metarrelatos”, la eliminación de la Historia en favor de las historias. Ninguna fuente es ya fiable, con lo que la aproximación a la realidad ha de ser puesta en duda, contrastada e interrelacionada. Continuando (o parodiando) la estética del diorama (popularizada a finales del siglo XIX por el Museo Americano de Historia Natural, en su ambición de presentar la historia nacional de forma didáctica –y autoritaria–), Nicolás Grum modela sucesos como El gran pacto de Chile, el momento en el que Augusto Pinochet da la mano a Patricio Aylwin, nuevo presidente electo, sellando con el apretón el cambio de poderes, la transición chilena, que, como han ido demostrando los hechos, no era sino una alianza para perpetuar diversos elementos más propios de la dictadura en democracia (sin ir más lejos, la Constitución chilena, vigente desde los tiempos del dictador). Otros eventos, menos trágicos pero de “épica popular”, son retratados en la exposición La Pietà del Maracaná, confuso momento acontecido en 1989, en el que el arquero de la selección chilena de fútbol fue alcanzado por una bengala lanzada por la afición del equipo rival, Brasil, y sacado del campo en brazos por sus compañeros. Meses más tarde, el portero confesó que se había autolesionado y que todo fue un engaño. Otro caso más actual es La balserita de Puerto Gala, que recoge las peripecias de Carolina Tiare Pate, una niña que tenía que cruzar en una balsa de plumavit un río para llegar a su escuela. Después de la publicación en prensa de la hazaña diaria de la joven, se descubre que todo fue un montaje urdido por ella para llamar la atención. En total, el artista dispone nueve eventos, ya que algunas obras fueron descartadas, y han sido generadas otras ideas que pueden ser aprovechadas en posteriores ocasiones.

Si hay un elemento común que atraviesa toda la producción de Nicolás Grum, es el humor. En esta ocasión, utilizando como materia prima la intrahistoria chilena, en algunos de sus episodios más equívocos. Pero en la muestra encontramos piezas que sin duda tienen y merecen una reflexión más profunda: en Historia oficial se amplían imágenes de páginas del diccionario Larousse, impreso en 1981 en Brasil. Aparecen tachados u ocultos algunos fragmentos del mismo, y, en otras hojas, algunas definiciones han sido intervenidas en su contenido por motivos políticos. Por ejemplo, removiendo una de las marcas realizadas en esos años ochenta, se comprueba cómo una zona geográfica denominada “Argentártida”, una franja de tierra correspondiente a la Antártida, ha sido tapada por una recreación de la misma zona, pero de propiedad chilena. Hoy nos parece bastante irrisoria y grosera esta manipulación histórica, pero no debemos olvidar que así es como se explicaba la “realidad” en las décadas pasadas. Y esta exposición tampoco ha de ser entendida como la caricatura de una forma de mentir relacionada con el pasado. En la reseña de la muestra publicada por el periódico de mayor tirada del país, El Mercurio, el crítico relataba, al hablar de la ya citada El gran pacto, que lo que se retrataba era “la entrega del bando presidencial entre dos presidentes nuestros”, como si Augusto Pinochet hubiera sido un presidente, y no un dictador. La esquizofrenia de los hechos, codificados y traducidos según quien los interprete, continúa en la actualidad (no hay más que bucear en las redes sociales y ver cómo los hechos se han convertido en materia maleable, difusa). Nicolás Grum habla de que la historia oficial ya no existe, sino que únicamente nos llegan retazos de la misma. Su forma de manejar esta premisa ha sido mediante una injerencia mínima. Para visualizar esta preocupación, se ha servido de la “tridimensionalización” de las noticias y su disposición imitando un museo histórico. No hace falta mayor intervención por su parte para que el espectador, visitante de este museo de la histeria, más que de la historia, se encorve y tuerza el gesto.
JUAN JOSÉ SANTOS
