Exposición Individualdic 2014 - feb 2015· Por Carolina Lara

Martín Sastre

Museo de Artes Visuales

Inmerso rápidamente y con éxito en el circuito del arte internacional, Martín Sastre (1976) opera como una bomba de racimo que detona a la altura precisa para atacar a todo un sistema. El artista uruguayo desmantela desde el humor y el absurdo. El videoarte, el uso del objeto y de la instalación están revestidos de nostalgia ochentera, de pop y kitsch, acudiendo en forma recurrente a íconos que adoró probablemente en la niñez. Lady D, Michael Jackson, Madonna o Hello Kitty, el cine de la época y su indumentaria de plástico colorido son parte del imaginario, así como líderes políticos de la zona: José Mujica, Barack Obama, Cristina Kirchner, entre otros. Generalmente, en estas operaciones está también él, para poner en una misma superficie, arte, política y espectáculo. Con semblante de modelo o actor hollywoodense, la burla parte de sí mismo sumergido en el mainstream. Sastre ironiza sobre la figura del artista (latinoamericano) cuando es cooptado por el mercado y los medios de comunicación masiva.

Desde el serio, ensimismado y académico arte chileno, estas preocupaciones y estrategias pueden parecer ajenas. Por esto, la exposición en el Museo de Artes Visuales marcó un hito para algunos innecesario. Los nexos no son muy fluidos con lo que pasa afuera y no siempre las salas locales exhiben obras de artistas de circulación internacional, incluso de países vecinos. La obra de Sastre es eminentemente lúdica, fantasiosa y propia del arte de postproducción, dada a la cita, al homenaje, a la copia, tan asumida en la cultura de la entretención que a más de alguien pudo dejar con cierto vacío. Pero todo esto es también parte de una maniobra que –tanto como la ironía– cruza toda su obra: la ficción.

Exposición Individual: Martín Sastre — imagen 1
Martín Sastre. Escultura Hola Michelle, 2014. Fibra de vidrio coloreada y moldeada a mano. 65 x 50 x 45 cm. (25 ½ x 19 ½ x 17 ¾ pulgadas).

Videoclub reunió obras del año 2000 hasta ahora, coronando la entrega una escultura de Hello Kitty que personifica a la presidenta Michelle Bachelet, que fue la pieza más mediática. Sastre apela a la calidad de vestigio histórico del arte actual, inscribiendo en el muro del fondo “Hello Kitty es la Mona Lisa del futuro”.

Como queriendo confundir a los investigadores del mañana, sus operaciones replican el sistema como fantasías que funcionan tanto en el ámbito del arte como de la publicidad y de la vida misma: el perfume hecho con flores del jardín de José Mujica, que se subastó en una suma exorbitante en la 55ª Bienal de Venecia; la Fundación Martín Sastre de Arte Latinoamericano Súper Pobre, que ha reunido fondos vía internet; o sus películas, que el espectador ha podido apreciar en casa tras arrendarlas en el museo.

Porque la exposición era literalmente un videoclub, exhibiéndose al mismo tiempo piezas de merchandising, como afiches, vestuario y objetos usados en sus producciones. También había algunas piezas para ver en sala, como la trilogía Video Art: The Iberoamerican Legend, Montevideo: The Dark Side of the Pop y Bolivia 3: Confederation Next, donde ficciona sobre un futuro en que Latinoamérica es epicentro del poder mundial, con visos posapocalípticos y citas del cine de los ochenta.

Estaba además Miss Tacuarembó, su primer largometraje, protagonizado por la actriz uruguaya Natalia Oreiro, donde las intenciones detonantes del artista se inmiscuyen muy bien en un medio que para él ha sido eminente herramienta de propagación ideológica: la industria del cine. El filme relata la vida de una niña que sueña con ser algún día una artista famosa. Mientras se enfrenta al rígido y pacato sistema pueblerino, a la omnipresencia de la Iglesia católica y –sobre todo– a la sanción castrante de una diabólica catequista, la pequeña Natalia alimenta sus ilusiones con la novela venezolana Cristal, las coreografías de Flashdance y su milagrosa conexión con una figura de Cristo. Sin embargo, en repetidos flashforward, Natalia ya adulta se enfrenta a una realidad que está muy lejos del éxito, trabajando en el staff de un decadente parque de diversiones, Cristo Park. Dos momentos son su pasaje al estrellato: a los 18 años, la posibilidad de ser elegida Miss Tacuarembó, y a los 30, su figuración en el programa de TV tipo reality Todo por un sueño. En ambos momentos, el fracaso se abre como un abismo enfrentándola a la farsa que debe o no asumir para cumplir con su objetivo.

Radicado en España, Sastre ha sido premiado en festivales de cine gracias a esta obra perfilada como un “clásico del futuro”. Pero las estrategias van y vuelven del cine, con la cita a la novela homónima de un autor de culto en Uruguay, Dani Umpi, así como al cine ochentero de Pedro Almodóvar. La elección de la niña actriz fue producto de un casting al que llegaron más de mil niñas entusiasmadas por acompañar a Oreiro en el filme. El propio artista es un personaje. Y la obra se exhibe sin problemas en un museo de artes visuales. Verdad, arte o ficción.

CAROLINA LARA B.

Martín Sastre, por Carolina Lara | artnexus