Por un período de tres meses estuvo abierta en la Pinacoteca de São Paulo la exposición Truth, Fiction (Verdad, ficción), una selección de la producción del artista brasilero Leonilson, con la curaduría de Adriano Pedrosa. Nacido en Fortaleza, en 1957, el artista vivió en São Paulo desde los cuatro años de edad. Posteriormente, estudió artes plásticas. Su producción se destaca en la década de 1980, llevándolo, por ejemplo, a participar en la célebre exposición realizada en la Escuela de Artes Visuales del Parque Lage, en Río de Janeiro, en 1984, ¿Cómo va usted, Generación 80?, y en la edición de 1985 de la Bienal de São Paulo.
Con esa perspectiva, la obra de Leonilson tiende a aproximarse a las características formales y temáticas de la producción artística de la llamada Generación 80: la supuesta primacía de la pintura, la voluntad de experimentar con grandes dimensiones, y el protagonismo de temas que giran en torno a la banalidad (o el uso de materiales precarios), tanto en el sentido de cultura de masas como en el de una fuerza biográfica y ficticia de algunas poéticas que pueden encontrarse en sus imágenes y en las de otros artistas del mismo período. Sin embargo, como cualquier clasificación y estilo artístico, felizmente las obras escapan a las voluntades demarcatorias de historiadores y críticos.

Falleció en 1993 por complicaciones del SIDA; algunos investigadores publicaron libros y organizaron exposiciones con el fin de revisitar su obra. Entre las exposiciones itinerantes, merecen atención las investigaciones y exposiciones de Lisette Lagnado (1995), Ricardo Resende, Renata Sant’Anna y Valquíria Prates (2007), y más recientemente, la exposición organizada por Bitú Cassundé (2011). La exposición de la Pinacoteca continúa en la línea de proporcionar al público el contacto con la obra de Leonilson mediante la reunión concisa de obras que, aunque tengan puntos comunes con exposiciones anteriores, nunca se dan del mismo modo, y ofrecen la oportunidad para que podamos continuar tornando complejo el corpus de su obra.
Truth, Fiction hereda su título de un dibujo de 1990 llamado Juego favorito. El contorno de una figura humana solitaria en el centro de una página de papel, pero desalineada de su centro, trae al lado de sus piernas las palabras que nominan la exposición. De un lado, la verdad y todas las lecturas posibles de un diario a partir de la producción de Leonilson; del otro, la otra cara de la moneda, la ficción inherente a cualquier dato que pretenda ser verdad. Por lo tanto, la producción del artista, desde esa perspectiva, puede ser vista en un movimiento pendular entre documento e invención, así como toda autobiografía es, por qué no, narrativa historiográfica.

Si las palabras están de frente y permiten ser leídas, el rostro de esa figura humana se encuentra vacío –percibimos el órgano genital masculino de esa imagen (¿sería un autorretrato del artista?)–, pero ese rostro vacío nos permite situarnos en su lugar y tomarnos las historias de Leonilson como nuestras. En ese sentido, la relación entre imagen y texto –que se vuelve un dato constante en su trayectoria desde el comienzo de la década de 1980– se hace importante como punto de contacto entre público y obra. Los complejos trabajos de Leonilson nos acercan por la supuesta simplicidad del trazo, de las composiciones y hasta de las frases escritas, pero tengo la impresión de que el observador entrenado es consciente de la dificultad de descifrar imágenes tan concisas que recuerdan, por ejemplo, la frase “noble sencillez y grandeza silenciosa” del historiador alemán Johann Winckelmann, para referirse al arte griego antiguo.
Con enfoque específico en un arco temporal de la “obra madura” de Leonilson, el período entre 1987 y 1993, pensar en parcelas conceptuales, como lo hizo la curaduría, me parece una decisión inteligente. No hay necesidad, en esta perspectiva, de acompañar su producción año a año, como consultando ansiosamente fichas catalográficas, pero sí de una apreciación a partir de la idea de un gran número de trabajos que se repiten formal y temáticamente, así como algunos acontecimientos se dan más de una vez en nuestras biografías. “Mapas”, “Matemática y geometría” además de “Blancos”, son algunos de esos ejes temáticos que circunscriben su obra a partir de perspectivas que salen de cierto lugar común; ¿y si, por ejemplo, en lugar de leer insistentemente a Leonilson por el sesgo del diario, de la sexualidad y de su muerte temprana pensásemos su producción en relación con ideas latentes de expresión y geometría de la producción de la llamada Generación 80? ¿Y si el vacío dejase de ser fondo de sus dibujos y se volviera frente?

Llama la atención la serie de pinturas realizada en 1991, y sobre la cual Adriano Pedrosa conversó con el artista, conversación que será publicada próximamente. Así como es posible alejar fácilmente a Leonilson de un cierto lugar común, de la construcción historiográfica de la producción de los años ochenta a través de sus dibujos, collages o pequeñas apropiaciones de objetos, esas pinturas ya de la década de los noventa son capaces, de nuevo, de crear otro punto de contacto. Por último, mostrar otra vez al público la extensa serie de ilustraciones que el artista hizo para una columna del periódico Folha de São Paulo, entre 1991 y 1993, endosa la importancia y necesidad de que los historiadores del arte comiencen a aclarar y desenredar nuestra producción de la década de 1980.
¿Hasta qué punto el uso del término “Generación 80” no se da como fruto tardío de una historia del arte estilística y, muchas veces, formalista? ¿Cuál es la relación entre esa producción y los medios de cultura de masas, como señala la producción de Leonilson? ¿O se producía en otras regiones de Brasil, lejos del eje Río-São Paulo, en ese período? Por sus imágenes y por su capacidad para plantear esas y otras preguntas (artísticas e historiográficas) es que la producción de Leonilson ha merecido tantas exposiciones monográficas y, ciertamente, aún será capaz de suscitar nuevos debates.
RAPHAEL FONSECA

